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Sábado , 20.10.2018 / 04:43 Hoy

Recuperó cuerpo de su hija y se lo llevó en brazos

En San Gregorio Atlapulco, Nahomi y su padre fueron aplastados por una barda que cayó durante el terremoto del 19 de septiembre; ella murió al instante, él perdió una pierna.

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Al saber que su hija había muerto entre los escombros de la barda de la iglesia de San Gregorio Atlapulco, Ivonne corrió para cubrir el cuerpo de la pequeña Nahomi.

Envuelta en una sábana, la mujer tomó el cadáver entre sus brazos y caminó varias calles. Dice que en ese transitar recordaba las sonrisas de su hija más pequeña, los bailes en las fiestas familiares y los sueños de ser doctora para vivir en Paris.

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Aquella tarde del 19 de septiembre, la niña salió de la escuela primaria del poblado de la delegación Xochimilco para reencontrarse con su padre y sus dos hermanos. Cuando se disponían a comprar verduras en el tianguis comenzó el terremoto.

El papá de los niños tomó la mano de Nahomi y corrió para ver a sus otros dos hijos que lo esperaban en la plazuela trasera de la iglesia. "Qué pasa papito, qué pasa", preguntaba la niña.


"Corre, corre, vamos a ver a tus hermanos", respondía el hombre, pero al transitar por la calle Insurgentes, la barda construida de adobe y piedra colapsó. Nahomi quedó sepultada y la pierna de su padre también.

En el caos, los vecinos ayudaron a las víctimas. Por teléfono, por mensajes, por las redes sociales todos clamaban auxilio. La respuesta de los servicios de emergencia y de las autoridades siempre fue "no hay ambulancias".

La niña murió instantáneamente, mientras que a su papá le pusieron un trapo para que no se desangrara. En una camioneta lo llevaron a un hospital del mismo pueblo donde no lo recibieron. Luego se dirigieron al Hospital de Tláhuac donde se declararon incompetentes. No había equipo.

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El hombre, padre de otros cuatro hijos se desangraba. El único lugar donde le brindaron ayuda fue en el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR). Llegó sin signos vitales, no tenía pulso, tampoco sangre. La cirugía duró ocho horas. Hoy, los médicos le dicen que su pierna se hubiera salvado, si la atención hubiese sido inmediata.

Mientras eso ocurría, la madre de Nahomi no dimensionaba lo que pasaba a su alrededor. Con el cadáver de su hija en brazos llegó a su casa en el barrio de San Andrés, en la zona de la montaña de San Gregorio Atlapulco.

Recuerda que solo ella vio las condiciones físicas en las que quedó la niña de seis años. Y es que al llegar, pidió a su familia una sábana limpia. Nuevamente envolvió el cuerpo y lo colocó en la cama. Hasta ahí llegaron los peritos, el servicio forense.



Hoy, una semana después, los recuerdos de Nahomi persisten. En el altar contiguo a la habitación donde se recupera Pedro, tras ser dado de alta del INR, está el altar que le colocaron en su memoria.

Sus juguetes con los que solía maquillarse, sus muñecos de Peppa Pig y diversas fotografías provocan nostalgia en todo aquél que llega a dar el pésame a la familia.

Por tradición, su tía decidió comprar un arreglo floral con algunos chocolates para dejarlo justo en el lugar donde quedó tendida Nahomi. Ahí también estaba una veladora. Una mujer pidió hacer una oración para acompañar el camino que emprendía la pequeña.

Al conocer la tragedia de la familia, la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno capitalino visitó a los papás de Nahomi para apoyarlos emocionalmente y anunciarles su adhesión a diversos programas que les garanticen los estudios y el bienestar a los cuatro hermanitos de la pequeña.

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A Pedro, el jefe de la familia, le entregaron una silla de ruedas y diversos enseres para reconstruir su situación. Y es que no hay ayuda suficiente. La familia se enfrenta a la incertidumbre.

El diagnóstico de los médicos prevé que el hombre tarde al menos un año en volver a caminar, los primeros seis meses para que cicatrice el muñón de la pierna derecha y otros seis para comenzar la rehabilitación.

Pedro es agricultor, con la cosecha de lechuga daba manutención a su esposa y a sus cinco hijos antes de la tragedia. A temprana hora iba a las chinampas para estar listo a mediodía y recoger a los niños en la escuela, la misma dinámica que lo llevó a estar aquella tarde del 19 de septiembre cuando colapsó la barda de la iglesia y su hija más pequeña quedó atrapada entre rocas y adobe.





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