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Miércoles , 19.09.2018 / 22:25 Hoy

¿Quieres mejorar? Dame tu alma

Cuentan que subiendo del lado de la presa hay una cueva en lo más profundo del bosque. El diablo preside la pedregosa estancia y dice: “Todo cuesta, nada es de gratis. Estampa tu mano siniestra en este papel y me cederás tu espíritu”.

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Desde la cocina de humo, al fondo, se divisa el Cerro de la Cocina. Verde en un agosto que hace reverdecer. Dicen que subiendo del lado de la presa de Tepuxtepec, existe una cueva escondida en lo más profundo del bosque, a la que se puede ingresar si quien lo desea remueve la enorme roca que impide el paso, frágilmente asentada sobre cuatro guijarros.

Quien logre trasponer el obstáculo, arriesgando la vida al remover el monolito, mirará con asombro el interior oscuro y fétido; cuando la vista penetre a la oscuridad, verá tras un recodo cómo refulgen piedras preciosas, incontables piezas de oro con forma de monedas, vasijas, collares, lingotes incluso; también plumajes exquisitos, sedas y telas finas, perlas: el tesoro por todos mencionado, anhelado y sin embargo imposible. Porque encima, sentado, el diablo preside la pedregosa estancia, sin ropa alguna, como un berrendo humanoide, de astas enhiestas y profundos ojos centelleantes.

—¿Gustas llevarte algo? Sé que lo necesitas —dicen que dice el Enemigo Malo—. No cosecharás nada, tu siembra se anegó. Los niños reclamarán comida, tus padres son viejos e inútiles: si enferman, ¿con qué los atenderás? Todo cuesta, nada de gratis. ¿Quieres algo, todo? Estampa tu mano siniestra en este papel y me cederás tu alma. No vale nada allá abajo: ni lo de tu jacal, que está por derrumbarse: las lluvias ablandaron el adobe. De lo contrario, ¡largo! Y ese ¡largo! es la muerte, porque la piedra, sin ser tocada, se ladea y aplasta al visitante, así como el tejolote remuele al chile en el molcajete.

Leonardo, cuenta la leyenda, la da por hecho. Tiene 25 años de edad y ha sido aprendiz de todo. Peón de albañilería, jornalero en tierras ajenas y en las de su padre, Ismael, octogenario a quien los pulmones funcionan al mínimo de capacidad por la enfermedad pulmonar obstructiva crónica ocasionada por el polvo del campo, del camino, de los fertilizantes, de la cocina de humo donde ha visto a su madre, hermanas y esposa cocinar, echar tortillas, preparar tamales cenizos...

—No estaría demás visitar la cueva, aunque, ¿quién ha vuelto de ella? Dicen que nadie... Pero qué tal que la pegas y haces trato. De cualquier modo acá abajo ta duro: apenas habrá algo de máiz p'al consumo; mi apá ya no puede ni arrear las vacas; mi amá hace de todo y aunque quisiera ayudar, no se da abasto. Mi hermana con dos chamacos tiene para entretenerse y mi vieja con el de nosotros...

Sembró cinco hectáreas Leonardo. Algunas de riego. Iban bien las matas de maíz, pero se anegaron con las lluvias, que no paraban y no paraban. Chance y algo se logre de calaza, frijol, pero no para el mercado. Ya se le ve al muchacho llevando las matas malogradas al corral:

—De menos pa' los marranos, primo. Tuvo cuatro crías, a ver si se dan. Es la primera camada, ojalá pa' la siguiente tenga de menos ocho; si no, no es negocio: ni la chinga de acarrear el rastrojo desde la Puerta de Golpe hasta acá, trepando la loma...

Lucía, su madre, enciende en el patio una fogata y la nutre con ramas de encino y boñigas. Aroma de campo. De cocina campirana. Bajo la sombra de un pino la bebé de un año, el de tres y Mario, de cinco, juegan con los elotes que Leonardo llevó para asar. "D'acá", arrebata la abuela los elotes a los chiquillos y los va poniendo sobre las brasas. En pocos minutos un aroma dulzón aviva el paladar. Lucía mete mano al fuego y los voltea para emparejar la cocción. Chile piquín en polvo, limón y sal untados, completan el manjar... El viento mece los árboles. Un caballo espanta las moscas con su cola. "Ya está listo pa' que lo montes, tienes que hacerte hombre de a caballo. Deja la ciudá y vente p'acá, ¿qué haces por allá muriéndote entre tanto tráfico, sobrino?", dice Ismael.

La ranchería del Pino se localiza entre Epitacio Huerta, Contepec, Atlacomulco y el balneario de Tepetongo. En el entronque, Leonardo esperaba. Por si acaso, por seguridad: en la cabecera municipal los sicarios cobran derecho de piso a taxistas y comerciantes. A veces se desvalagan y hacen de las suyas en las rancherías. Por eso los rancheros prefieren esperar a los familiares y amigos que se animan a visitarlos en periodo de vacaciones.

—Pásenle a almorzar, sírveles —ordenó Ismael apenas terminaron los saludos. Desayuno: sopa de pasta con cubo de caldo de pollo knorr suiza; guisado: frijoles de la olla; tortillas hechas a mano y cerveza, para el calor que ya cala. Para los frijoles, un albo y diminuto queso ranchero: 18 pesos la pieza. Un lujo, un detalle para agraciar a la pareja visitante—. Ponle más tortillas al comal, m'hija: atiendan a sus primos, que se animaron a visitar a este par de viejos, qué caray, me da gusto...

Lucía ordena a los chiquillos que vayan al potrero y traigan al Prieto, caballo de fina estampa y mansito. "Para que la muchacha monte: dice que le gusta; ¿voy a creer que tú no sepas y ella sí? Ai luego me mandan la foto de los chiquillos, de recuerdito, no se les vaya olvidar".

Lucía e Ismael tienen hijos en California. Cuando se juntaron, cada quien llevaba los suyos, de su anterior matrimonio. Conforme crecieron, hombres y mujeres, enfilaron rumbo al norte, porque en el rancho nomás la vida no alcanzaba para todos. "Ya se avecindaron rete bien", dice Lucía con orgullo y algo de pesadumbre: "Qué más quisiera una tener a todos los hijos juntos, pero aquí la vida no da". Sin ellos allá, la vida en el rancho sería peor: cuando el mal, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica, se le declaró a Ismael, mandaron dinero para una estufa de gas, para echar el piso firme del jacal y comprar los tanques de oxígeno a los que noche tras noche Ismael se conecta.

–Échense otro elotito, ¿no son gente de máiz? —insta Ismael y mira a la lejanía.

El paisaje, desde la loma, nutre, dice Ismael. —Allá en la ciudad cuándo vas a ver tanto verde junto...

Y sí, el verdor deslumbra: el del Cerro de la Cocina desciende hasta las orillas de la laguna y besa la rivera hasta juntarse con el verde de las milpas. Los chiquillos corretean, animan a que los cerditos sean vistos. Es media tarde y hay que volver.

—¿Pues qué visitas son esas de doitor, m'hijo? Ya ni el gasto de la gasolina... ¡Quédense! —ordena Ismael, hospitalario, generoso.

—Quédense —invita Lucía—; pero si no se quedan, apúrense para que viajen con luz de día, ya ven que la cosa no es tranquila como dicen. Como decía mi mamá: "No los corro, pero ya váyanse si no se quedan, y no se arriesguen".

Los marranitos corretean, se disputan el rastrojo. Leonardo juega con su hijo y las mujeres, acodadas en la baranda del porchesito, miran a lo lejos cómo el sol del atardecer pinta de color naranja al cerro donde, según la leyenda, el diablo tiene su cueva y su tesoro, el que mueve la curiosidad de Leonardo.

—Y qué, ¿te animarás a irte al cerro, por el lado de Tepux? —Leonardo sonríe. Besa a su hijo en brazos.

—¿Tú cómo ves? —revira—. Como dije: acá abajo te vas a morir, este año apenititas tendremos algo de máiz... Si no, me jalo p'al norte...

*Escritor. Cronista de Neza

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