El pederasta Eduardo Córdova, sacerdote de los poderosos

En San Luis Potosí, el ex religioso celebró las primeras comuniones de niños de las familias más prominentes, casó a hijos e hijas de capitanes de industria y confirmó a sus herederos.
Durante varios años abusó de menores de edad en la oficina de su parroquia.
Durante varios años abusó de menores de edad en la oficina de su parroquia. (Jesús Quintanar)

San Luis Potosí

Si el gusto de Eduardo Córdoba por los menores era un secreto, su cercanía con el poder no. El que probablemente sea el pederasta de la Iglesia mexicana que abusó de más niños, fue el cura preferido de la élite.

Córdova construyó su carrera cerca de los poderosos. Ofició bodas repletas de políticos y las primeras comuniones de niños de familias prominentes. Casó a hijos e hijas de capitanes de industria y confirmó a sus herederos, al tiempo que, a lo largo de varios años, drogaba con barbitúricos a menores y los violaba en la oficina de su parroquia.

El abogado de las víctimas, Martín Fas Mora, considera que la cúpula social potosina calló ante las atrocidades del religioso.

“Aquí tenemos un caso de triple encubrimiento: eclesiástico, político y social. Córdova estaba en la cumbre del poder... era representante legal de la arquidiócesis. Este no era un cura de rancho, tenía un trato privilegiado con la élite política local y federal”, afirmó.

Entre políticos

Una de las tantas bodas que ofició sirve para dar una idea del tipo de audiencia a la que llegaba el ex cura investigado por 20 casos de abuso sexual contra menores.

La ceremonia fue el 22 de junio de 2011; casó a la hija de Alejandro Zapata Perogordo, senador y ex candidato a la gubernatura. Acudieron senadores, gobernadores y empresarios: mil 500 invitados en un festejo tan exclusivo que las revistas locales dedicaron todo recurso posible a su cobertura.

Santiago Creel, José González Morfín y Ernesto Cordero estaban en las primeras filas, junto con el gobernador de Baja California José Guadalupe Osuna. Casi frente al púlpito, dos espacios se dejaron libres por si Felipe Calderón y Margarita Zavala asistían; fueron invitados como testigos de honor.

Como muchas nupcias de la élite potosina, ésta ocurrió cuando las acusaciones sobre pederastia ya eran públicas, incluso en 2008 enfrentó un primer juicio eclesiástico; proceso que fue sobreseído “por falta de evidencias”.

La boda ocurrió pese a que se sabía que fue despedido del Instituto Potosino en los 80 por abusar de alumnos de secundaria, pese a que numerosas cartas de víctimas habían llegado a los escritorios de los arzobispos Antonio Szymanski y Luis Morales desde 1996.

Humberto Abaroa fue víctima de Córdova cuando era su prefecto en dicho instituto. “A él lo corren de la escuela. ¿Y luego qué pasa? Nos lo encontramos oficiando misa. Me sentí muy mal... Pasó lo que nunca pensamos. ¡Se hizo padre!”, lamentó Abaroa.

La influencia de Córdova es fácilmente documentable. Basta recurrir a las secciones de sociales de medios locales para verificar cómo tejió sus redes. Dejó tras de sí un largo rastro fotográfico.

Foto junto al gobernador Marcelo de los Santos en la inauguración de una calle... Oficiando la boda del auditor superior del estado... Como integrante del Consejo Ciudadano de Transparencia de SLP, palomeando proyectos de millones de pesos, un personaje al que había que agradar, pues podía bloquear un negocio clave.

Una foto más, 22 de junio de 2012, tras vencer un primer juicio eclesiástico, Córdova organiza una fiesta a su benefactor, el arzobispo emérito Antonio Szymanski.

Hombre de poder

Córdova fue encargado por años de la oficina de relaciones Iglesia-Estado de la arquidiócesis.

La monumental caída de Córdova y su capacidad de capotear durante años las sospechas no pueden entenderse sin dimensionar quién fue: un cura que detentaba el poder y no temía utilizarlo.

La anécdota que sigue es reconstruida por Alberto, un joven al que tomó como asistente y que hoy sufre problemas psicológicos; es uno de sus denunciantes.

En oficina, década de los 90, Córdova colgó el teléfono y se dirigió a Alberto. “Acompáñame a poner en orden al pendejo del secretario de Gobierno”, dijo.

En el Palacio de Gobierno no hubo ni siquiera que hacer antesala para ingresar a la oficina de Jaime Suárez, brazo derecho del gobernador Horacio Sánchez.

“Irrumpió en la oficina así, nada más”, recuerda Alberto. Minutos después, emergió contento. “Para que aprenda este imbécil”, dijo.

Como apoderado legal de la arquidiócesis, Córdova era el rostro y firma de la Iglesia potosina ante la Secretaría de Gobernación. Viajaba regularmente a las oficinas de Bucareli y se hospedaba a pocas cuadras, en el hotel Casablanca.

Ahí, entre reuniones con la subsecretaría de Asuntos Religiosos, violó al menos a tres jóvenes. “Platicando entre nosotros, después supimos que a varios les había hecho algo en ese hotel”, dijo Alberto, quien por primera da su testimonio.

Cadena de silencio

Un factor en la cadena de silencio fue el miedo generado por Córdova. Sus ex compañeros le describen como iracundo, autoritario, calculador. Se recuerda su predilección por aplastar con rudeza a quienes cayeran de su gracia. El vocero de la arquidiócesis, Juan Jesús Priego, enfatizó esta semana: “nosotros también fuimos víctimas”.

Aún ahora se filtra la reserva que genera la leyenda del puño de hierro de Córdova. “Yo sabía de los rumores, de los mensajes de Whatsapp que comenzaron a llegar diciendo que era un pederasta”, admitió Priego. “Pero… ¿qué podía hacer? No le podía decir. Imagínese a lo que me estaba exponiendo”, acotó.

En el camino quedaron varios curas. El hoy obispo de Tampico, José Luis Dibildox, intentó derrotar a Córdova pero fue enviado al otro extremo del país, a oficiar misas en el Golfo de México. El padre Juan Martínez, su férreo enemigo, vive en el exilio, en una pequeña parroquia de Río Verde.

Córdova solía zanjar las discusiones con una frase que significaba que era peligroso seguir peleando. “Se hace por derecho canónico”, solía decir.

La otra frase de cajón, una que escucharon muchas de sus víctimas, remite la imaginación a los peores momentos.

—Te ves tenso... ¿No quieres una pastilla?