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Martes , 17.07.2018 / 02:49 Hoy

'Patricia': a un año de la cacería

Junto a Josh Morgerman, quería y sentía la obligación de reportar y testimoniar el desenlace de la historia del “huracán más intenso jamás observado”.

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Erik Sereno Trabaldo

Escribo estas líneas desde Guadalajara. Afuera hace sol y sopla una ligera brisa, una plácida y típica tarde de octubre en la Perla Tapatía. Pero hace un año, la historia era diferente.

Desde el 20 de octubre del 2015, el Centro Nacional de Huracanes (NHC) de Miami pronosticaba un huracán para ese fin de semana cercano a Manzanillo, Colima, cuando apenas se gestaba una depresión tropical a 330 kilómetros al sur-sureste de Salina Cruz, Oaxaca.

Las condiciones ambientales en esa zona propiciaron que 18 horas después se convirtiera en la 18ª tormenta tropical de aquella activa temporada de ciclones del Pacífico Oriental; entonces adquirió el nombre de Patricia.

Al día siguiente inició una fase de rápida intensificación gracias a un ambiente muy favorable de alto contenido de humedad y elevada inestabilidad en la atmósfera, baja cizalladura o cortante de los vientos (la diferencia en la velocidad del viento o su dirección entre dos puntos de la atmósfera), y la presencia de aguas anómalamente cálidas. Situado al sur de Acapulco, Patricia se fortaleció a huracán la tarde-noche del 21 de octubre.

Ese mismo día en la tarde recibí un telefonazo de Josh Morgerman, uno de los cazadores de huracanes más reconocidos, a quien yo había conocido meses atrás durante una investigación conjunta sobre el famoso huracán del 59 que azotara en aquel entonces a Manzanillo. Me invitaba a cazar a Patricia… posiblemente, se decía entonces, un categoría 2 o 3 para cuando llegara a tierra. Yo no lo podía creer, pues era mi sueño desde pequeño que se hacía realidad: presenciar y estar dentro de un huracán de esa categoría.

La mañana del 22 de octubre, recogí a Josh en el aeropuerto de Guadalajara y nos dirigimos hacia la costa… ninguno de los dos nos imaginábamos lo que nos esperaba.

Mientras conducíamos por la autopista a Manzanillo, la presentación satelital de Patricia cambió dramáticamente. Una enorme banda de nubes de tormenta, cuyas cimas registraban temperaturas de -80° a -90° C, se organizaba ciclónicamente sobre el centro del ciclón y evolucionaba hacia un CDO (nublados densos centrales) casi perfectamente simétrico alrededor de un ojo de 18 kilómetros de ancho.

Un avión caza-huracanes de la NOAA que lo alcanzó al mediodía pudo determinar que Patricia ya era un huracán de categoría mayor, con vientos máximos estimados en superficie de 213 km/h.

Haciendo una escala para comer y surtirnos de víveres en Manzanillo, nos abocamos a plantear y afinar la estrategia de intercepción de este poderoso huracán. Caía la tarde en la Bahía de Manzanillo y el oleaje comenzaba a notarse, bajo un cielo gris y una calma chicha que parecía prevenirnos del arribo de una gran tempestad.

Basándonos en los avisos del Centro Nacional de Huracanes, y asistidos por los modelos numéricos de pronóstico que nos ayudaban a interpretar varios amigos meteorólogos mexicanos y estadunidenses, Josh y yo coincidimos que la próxima parada sería Punta Pérula, un pequeño pueblo de pescadores, a casi tres horas de la Costalegre jalisciense. Justo cuando estábamos por salir del restaurante salió el boletín de las 6 de la tarde, y nos quedamos pasmados… Patricia había alcanzado la máxima categoría de 5 en la escala Saffir-Simpson de huracanes, con vientos máximos sostenidos de más de 278 km/h y una presión mínima central de 920 milibares; sabíamos que un huracán de esa magnitud era capaz de causar daños catastróficos a su paso.


A los fanáticos de la meteorología nos encantan los récords. De chico, y mucho antes de la llegada del internet, me entretenía mucho mirar la sección del estado del tiempo en los periódicos nacionales – mostraban las temperaturas pronosticadas para el día y la imagen de satélite de un día antes; sin embargo, con un poco de suerte y ayuda de mis papás, ocasionalmente caía en mis manos el USA Today y esa era otra historia: en su contraportada aparecía un enorme mapa multicolor de Estados Unidos, Alaska, Puerto Rico y Hawai, con las curvas de temperatura pronosticadas (isotermas) cuidadosamente representadas mediante colores, junto con el pronóstico del estado del tiempo para las ciudades más importantes; en la parte inferior de la página, justo debajo de la mitad de México que estaba “mochado” de Sinaloa para abajo, aparecía una sección a manera de tabla con las temperaturas máximas y mínimas registradas del día anterior de toda la región; algunos de ellos podían ser récords o registros extremos para esa fecha.

Para los entusiastas, detectar un récord de este tipo es cómo encontrar un billete de 2 dólares. Pero aquellos récords sin parámetros son, en el mundo de la meteorología, el equivalente a encontrar una aguja en un pajar. Sólo el pronunciar la frase “el huracán más intenso jamás observado” es prácticamente sagrado. Y fue precisamente esa aguja, un verdadero hito en la historia de la meteorología, la que estábamos por encontrar Josh y yo en la inevitable y prevista colisión de este mega huracán hacia la costa mexicana.

Había manejado por casi tres horas y llegamos a Punta Pérula ya entrada la noche del jueves. Aún no llovía y el calor era agobiante; una impresionante tormenta eléctrica se cernía a poca distancia de la costa iluminando el cielo que parecía de acero. Había que buscar alojamiento. Nuestra primera opción fueron unos bungalows situados a corta distancia de la playa y antes de la entrada al pueblo. Terminamos por desechar esa opción pues no ofrecía las condiciones mínimas de seguridad: el lugar no contaba con un segundo piso – vital para resguardarse durante la marea de tormenta; éramos los únicos huéspedes y sus amables dueños estaban por abandonar el lugar – no es muy listo quedarse sólo en caso de requerir ayuda; y el tiro de gracia: había que cruzar un vado en el camino para poder entrar y salir del hotel, el cual era fácilmente susceptible de inundarse, según los propietarios –no queríamos quedarnos aislados por días si el huracán entraba por ese punto.

Nuestra segunda alternativa, uno de los pocos hoteles grandes de dos pisos en el pueblo, situado justo en la playa, tampoco resultó viable: la gerencia tenía instrucciones de no recibir a ningún huésped más, pues sería utilizado como albergue o refugio provisional.

La tercera fue la vencida: encontramos un pequeño cuarto en un hostal de dos pisos a una cuadra de la playa justo en contra esquina de la plaza principal del pueblo. Esa noche, bajo una leve llovizna, Josh y yo devoramos unos deliciosos tacos de asada que nos supieron casi a gloria. Mientras cenábamos, estábamos optimistas y a la vez nerviosos con este huracán, comentábamos que podría ser uno de los huracanes más intensos en una década.


El avión caza-huracanes nuevamente iba en ruta a investigar exactamente cuan fuerte se había vuelto Patricia, y lo sabría en el transcurso de la madrugada. A la media noche y cuando estábamos apagando nuestros celulares y tabletas, la región de altas nubes que rodeaban el ojo de Patricia (algo que los meteorólogos llaman nublados densos centrales) se veía muy atemorizante. De hecho, era la más impresionante que habíamos visto desde el huracán Wilma de 2005, el cual en su momento fue el huracán más intenso jamás registrado. Sabíamos que un monstruo estaba desarrollándose en el mar y a pocos kilómetros de nosotros: no conciliaríamos mucho sueño esa noche.

Poco antes de la 1 am del 23 de octubre, el avión caza-huracanes penetró la parte más fuerte del huracán. Vientos de 331 km/h a nivel de vuelo ¡Sin precedentes! Otro cruce a través de la pared del ojo una hora más tarde. 355 km/h a nivel de vuelo con 321 km/h estimados en superficie. Patricia fácilmente era el huracán más intenso jamás observado. Su presión atmosférica siguió el ejemplo, cayendo a 879 mb, la cual era no solamente la más baja medida en un huracán, sino también la menor presión jamás registrada en todo el hemisferio occidental. (Meses más tarde, el reporte oficial del NHC determinó que a las 6 am del 23 de octubre, escasas 12 horas antes de tocar tierra, increíblemente Patricia se intensificó aún más, alcanzando vientos máximos estimados de 342 km/h, y rachas superiores a los 400 km/h, así como una presión mínima central de 872 mb).

Esa es la clase de tormenta, equivalente a un tornado de categoría F-5 (de 5), pero multiplicado cientos de veces en envergadura y área de afectación, que es capaz de destruirlo todo a su paso causando serios daños a construcciones de concreto reforzado, elevando autos por el cielo y derrumbando árboles de cuajo: completa devastación.

Ante este escalofriante y dantesco escenario, parecía una misión increíble y suicida a la vez: cazar, introducirnos y documentar el corazón de este huracán de categoría nuclear – absolutamente lo más peligroso de la tormenta – sin importar por dónde tocara tierra. Era una mezcla de emociones y sentimientos, por un lado queríamos y sentíamos la obligación de reportar y testimoniar el desenlace de esta historia, pero no queríamos morir en el intento.

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