“Sueño que llega y me abraza. Se lo dejamos a Diosito...”

En el municipio guerrerense solo hay pobreza. Por eso ocho jóvenes buscaron un lugar en la Normal Raúl Isidro Burgos; a 38 días de no saber nada de ellos, sus familiares cuentan cómo eran.

Guerrero

En las localidades de Tecoanapa, Guerrero, de donde salieron ocho de los 43 desaparecidos de Ayotzinapa, solo hay pobreza. Eso motivó a los jóvenes a buscar un espacio en la Normal Rural Raúl Isidro Burgos. Todos querían ser maestros y dar a sus familias mejores condiciones de vida.

Abel García, Jorge Aníbal Cruz, Alexander Mora y los hermanos Jorge Luis y Dorian González Parral tienen mucho en común. Al igual que a los otros tres jóvenes originarios de ese municipio, de los que no se sabe su paradero desde hace 38 días, les gustaba el futbol. Sus familias viven en casas de adobe y piso de tierra. Sus familiares comparten el dolor de no saber dónde están sus hijos, pero también la esperanza que están con vida.

Los maestros de Tecoanapa se organizan para llevar despensas a las casas de los jóvenes. El fin de semana regresaron casi todos de la guardia en la normal. Todos celebran el Día de Muertos y piden a ellos por el regreso de sus hijos.

Las brigadas que acuden a las manifestaciones y a la búsqueda en las comunidades cercanas a Iguala y Cocula también regresaron a sus casas, a la espera de retomar los esfuerzos el lunes. Una semana que para ellos será decisiva.

En los caminos que llevan de Tierra Colorada hasta ese municipio, el más próximo a Ayutla y resguardado por las policías comunitarias, las escuelas están cerradas en apoyo a los padres de familia que buscan a sus hijos. En las bardas y los medallones de los carros se pueden leer todo tipo de consignas de apoyo: ¡Nos faltan 43!, ¡Vivos los queremos!

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La historia de los hermanos Jorge Luis y Dorian González Parral es quizá la más triste. Su mamá, doña Oli, tiene a dos hijos desaparecidos. A 38 días de no saber nada de ellos, todavía tiene fuerza para dar cabida a las lágrimas de tristeza, de impotencia. Ella sabe que están vivos y así pide que se los regresen.

Se enteró de la desaparición de sus hijos un día después, el 27 de septiembre. En su casa no hay teléfono, mucho menos televisión. Un familiar que vive en el centro de Xalpatláhuac le avisó. Ella no lo creyó hasta que no pudo comunicarse con él. Sus hijos habían sido atacados por unos policías, así narra brevemente lo que pasó.

Con los ojos hinchados de tanto llorar, se lamenta por apoyar que sus hijos se fueran a estudiar a Tixtla, pero "¿quién más que uno de madre no va a querer que sus hijos salgan adelante?

"¿Cómo dice el gobierno que son delincuentes? Mis niños no son delincuentes, por eso me arrepiento, para qué los apoyé", expresó.

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En la casa de Abel García el olor a leña es penetrante. La cocina y la letrina están al aire libre. En un improvisado fregadero hay veladoras con la imagen de San Judas Tadeo. Algunas gallinas y dos cerdos permiten a doña Micaela dar de comer a su familia. Su hija Edith traduce las palabras de su madre que habla mixteco. Su hijo no es un delincuente. Asegura que es un muchacho sin vicios que quiso dar mejores condiciones de vida a su familia y por eso se fue.

Los pocos ahorros de la familia se usaron para comprar material escolar y pagar su transporte a la Normal Raúl Isidro Burgos.

"Yo sueño que llega y que me abraza. Se lo dejamos a Diosito, que es el único poderoso que puede traerlo de regreso", dice su hermana mientras se limpia las lágrimas.

La familia de Abel trata de no ver más las noticias, aseguran que ahí solo se dice que los jóvenes están muertos y los buscan en fosas. Como ellos no lo creen, prefieren mantener la fuerza de la esperanza.

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En la casa de Jorge Aníbal Cruz faltan dos personas, el joven y su madre, quien no ha puesto un pie ahí desde que su hijo desapareció. Carmelita, como le dice su papá, Floriberto Cruz, cuenta que su hija es madre soltera y desde que Jorge Aníbal nació trabajó para mantenerlo. Se fue a Estados Unidos y el muchacho se quedó con sus abuelos. Carmelita enviaba el dinero que ganaba. Así construyeron la casa en la que vivió hasta que se fue a la Ciudad de México, cuando regresó de EU.

Jorge Aníbal decidió estudiar en la Normal de Ayotzinapa. Hoy su abuelo recuerda las palabras que le dijo a su hija, "ni te culpo ni te culpes, era lo que él quería y va a regresar con nosotros".

Floriberto Cruz estuvo en Los Pinos y así como lo dijo aquel día en la reunión con el Presidente, hoy lo repite.

"Hablamos con Peña Nieto y pues estuvimos hablando de frente, se le dijo que él tiene que entregar vivos a esos niños, le pusimos ese caso en sus manos. Confiamos en él y si no cumple, pues lo mismo que al gobernador (Ángel Aguirre) le va a pasar, porque no están haciendo las cosas bien. No están cumpliendo él ni su gabinete y se van a tener que ir".

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La liga juvenil de futbol en El Pericón tuvo su auge gracias a Alexander Mora. El joven estudió un año la licenciatura en desarrollo regional a unos cuantos pasos de su casa. Dejó los estudios ahí cuando lo aceptaron en la Normal Raúl Isidro Burgos. Su sueño era ser maestro.

Huérfano de madre, su padre, Ezequiel Mora, conmemora este sábado el Día de Muertos en el panteón. Ahí fue a recordar a su esposa, pero también a velar al abuelo de Alexander, don Rafael, quien murió el viernes. Dicen que de impotencia, que no estaba enfermo y cayó muerto frente a la televisión, de donde recibía las noticias sobre los avances en la búsqueda de su nieto.

"Encuentran fosas, por eso nunca estamos contentos; yo sé que está vivo mi hijo y en el momento que me digan una pinche pendejada de esas no sé qué voy a hacer y qué vamos a hacer los padres de familia", dice con lágrimas interminables y la resaca etílica del funeral.