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Lunes , 22.10.2018 / 03:43 Hoy

“No puedo aceptar que me discriminen”

ESPECIALES MILENIO/REPORTAJE

A pesar de las diferencias raciales y culturales, muchos migrantes de Haití han podido abrirse camino porque la mayoría tiene estudios y habla varios idiomas. Antes de asentarse en Tijuana trabajaron en otros países como Brasil.
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¡Qué, pinche negro!, ¿qué estás haciendo aquí? —lanza despectivo un desconocido a Lesly Tessier, un haitiano que camina por las calles de Tijuana, Baja California. Él respira para dejar pasar el insulto y sigue a su destino.

“No puedo aceptar que me discriminen”, dice con un español que suena un poco atropellado. Algunas personas, relata Lesly, dicen: ‘Ese negro viene acá para tirar nuestro trabajo’, pero yo no quiero tirar el trabajo de los mexicanos”.

Lesly es uno de los miles de haitianos que llegaron hace dos años a Tijuana para pedir asilo en Estados Unidos y allá comenzar una nueva vida. Su sueño se esfumó cuando en septiembre de 2016 el gobierno del entonces presidente Barack Obama restringió la entrada de haitianos. Con la llegada de Donald Trump al poder, el acceso fue aún más complicado.

El portazo de Estados Unidos derivó en una crisis migratoria en Tijuana que tenía los albergues desbordados, la gente dormía en la calle o en improvisados centros de atención donde montaron tiendas de campaña. Las autoridades y la sociedad civil se esforzaban por alimentar a los extranjeros, que por semanas esperaban su turno para presentarse ante las autoridades estadunidenses. Después, cuando se dieron cuenta que el acceso al sueño americano estaba cancelado, voltearon hacia México como opción.

Sin la posibilidad de obtener asilo en Estados Unidos, Lesly decidió instalarse en Tijuana, rentar un departamento con otros migrantes y comenzar a buscar empleo. Lesly es uno de los 4 mil 224 haitianos que consiguieron una visa por razones humanitarias para quedarse legalmente en México y ahora trabaja como técnico dental en una empresa de la ciudad fronteriza. A pesar de que a veces sus compañeros de trabajo se burlan de su color de piel, está contento en el país.

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Son muchas las anécdotas de cómo los haitianos se han sentido bienvenidos en México, pero también han encontrado actitudes discriminatorias como las que viven sus connacionales en Estados Unidos.

Lazarre Johnarold también llegó hace dos años a Tijuana y cuando se enteró que estaba abierto el proceso de selección para primer ingreso en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC), se ilusionó con estudiar negocios internacionales.

“Quiero superarme para encontrar un buen trabajo. Hay que tener un título para cobrar y vivir bien”.

Con esa mentalidad formó parte de un grupo de 17 haitianos que intentó ingresar a la UABC. Al conocerse la posibilidad, algunos tijuanenses mostraron su descontento.

“Ay, pobre mexicano, que está aquí no puede estudiar, no se puede meter en una universidad, pero a un haitiano se le da la oportunidad”, recuerda Lazarre los comentarios.

En las redes sociales había posturas encontradas.

“Pienso que no deben ingresar a la UABC, es para nuestra gente. Yo pago impuestos, y bastantes, para mis mexicanos y mexicanas, no para extranjeros”, publicó Bertha Rodríguez en su perfil de Facebook. Mientras que Miguel Lozano los defendía en Twitter: “Si te indigna que los migrantes haitianos entren a la UABC, tienes prohibido que te indigne que encierren a los niños migrantes en jaulas”.

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A pesar de las diferencias raciales y culturales, muchos migrantes haitianos han podido abrirse camino porque la mayoría tiene estudios y habla varios idiomas, antes de asentarse en México trabajaron en otros países como Brasil.

Paul Ladouceur sabe cuatro lenguas y es técnico en computación y telefonía celular. Asesorado por un mexicano, hace un año logró poner su propio local en una nueva plaza comercial en el centro de Tijuana y ya no anhela vivir en Estados Unidos.

“Voy a querer tener una visa (estadunidense) nada más para poder visitar y comprar mercancía y vender aquí para poder crecer mi negocio”.

En poco tiempo nacerá su primogénito y él, por ser padre de un mexicano, tendrá la opción de obtener su residencia permanente. Hasta ahora el Instituto Nacional de Migración ha entregado 513 permisos de residencia por vínculo familiar. Esto significa que se han otorgado los papeles a los padres haitianos de niños nacidos en territorio nacional y a personas que han contraído matrimonio con algún mexicano o mexicana.

“Es un país que tú sentir bien”, dice Paul, mientras arregla minuciosamente un teléfono celular con unas pinzas. Y remata orgulloso y agradecido con México: “No tenía hijo, ahorita voy a tener uno; ya tengo mi negocio y puedo cuidar de mi pequeño”.

Además, Paul es presidente de la Asociación Visión de los Migrantes, que tiene como objetivo la defensa contra abusos y discriminación, pero sobre todo ayuda a reunificar familias.

“Nos unimos para apoyar a la comunidad y agradecemos al gobierno de México que nos ayude mucho”, dice acompañado de Lesly, Lazarre y otros migrantes, que se reúnen todos los sábados para tener asambleas.

Ahora los haitianos tienen problemas para renovar sus visas humanitarias.

“Hay como 700 a quienes los patrones les dijeron que serían despedidos porque los documentos vencieron. Para renovar les tardan como cuatro o cinco meses y los rechazan: les dicen que no pueden tener más esa residencia y que deben salir del país”, señala Paul.

Lesly no ha podido renovar su visa y eso le ha ocasionado problemas para enviar remesas a su familia. Teme perder su empleo y anhela que la renovación de la visa esté lista pronto para buscar que su esposa y su hija vengan legalmente a vivir con él a México.

Independientemente de los permisos migratorios o las solicitudes de refugio, cada día miles de haitianos echan raíces en Tijuana.

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