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“Nadie te prepara para ver morir a tu familia”

ESPECIALES MILENIO/HISTORIA/A UN AÑO DE LOS SISMOS

Yadira perdió a su esposo y sus dos hijas el 7 de septiembre de 2017 tras el sismo que afectó Oaxaca; aún siente dolor y evita regresar al pueblo que la vio crecer. Ahora vuelve para reencontrarse con un pasado que ha intentado olvidar.
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Mientras camina por las nuevas recámaras de su casa, Yadira Ramírez recuerda aquella noche del 7 de septiembre de 2017, cuando el sismo que sacudió Oaxaca provocó que el techo de su antiguo hogar colapsara y matara de forma instantánea a su esposo Cristian y a sus dos hijas, Nahomi, de 7 años, y Frida Sofía, de 4 meses.

A un año de la tragedia, la joven de 29 años ya no vive en ese lugar. Sin embargo, el aniversario luctuoso de su familia está cerca y ha tenido que volver para reencontrarse con un pasado que durante 365 días ha intentado olvidar.

“Es extraño, cuando uno es niño nos enseñan a celebrar la vida. Año con año un pastel adorna la mesa de los cumpleañeros. También hay globos, flores y gorritos de colores. Yo misma celebraba de esa forma el ver crecer a mis hijas, pero este año será diferente, porque no estoy aquí para festejar su vida, sino para conmemorar el haberlas visto morir; para eso nadie nos prepara”.

Se ve cansada, pálida, y a diferencia de hace un año, está mucho más delgada. Tiene 29 años, pero su aspecto es de alguien mayor, puede aparentar 35 o inclusive 36. Aunque para ella eso ya no importa, pues asegura que “se siente muerta”.

“Duermo mucho y vivo poco”, platica mientras ve a los albañiles colocar las vigas que sostendrán un nuevo techo en lo que antes era su cocina. No ha sido sencillo “reconstruirse”, pues “cuando esta pesadilla inició me aferré a seguir viviendo entre los escombros de mi casa.

“No quería marcharme, ni despegarme de los cuerpos de mis hijas. No deseaba enterrarlos y tampoco aceptar que Cristian no volvería. Dormía todo el día, ya que imaginaba que al despertar los vería a todos jugando en el patio, mientras la abuela les cantaba”.

Lidiar con estos pensamientos y con los recuerdos que le traía permanecer ahí no fue fácil. En reiteradas ocasiones la invadió un sentimiento suicida, pero fueron su fe, sus suegros y sus padres quienes más de una vez la detuvieron.

“Sentía culpa, pensaba en los miles de ‘hubiera’, en las cientos de formas en las que pude haber evitado que todos murieran. Que si no me hubiera quedado dormida, o haber sentido el movimiento para salir corriendo; eso era lo que no me dejaba tranquila.

“Pero volvemos a lo mismo, a uno le enseñan a respetar la vida y lo que siempre nos han inculcado es que si uno atenta contra ésta no vas a lo que llaman el cielo, sino al infierno y sé que mis hijas están con Dios”.

Seis meses después del sismo, Yadira decidió abandonar la casa en ruinas y se marchó a vivir primero con sus suegros y más tarde con sus padres, pero al final decidió comenzar a vivir en la ciudad de Oaxaca, donde la contrataron como consejera. Ahí, dice, el convivir con los niños le ha hecho más llevadera su propia reconstrucción.

“No puedo decir que se me olvidó. Hay momentos en que estás a solas y vienen los recuerdos; o cuando tiembla, otra vez los fantasmas de aquellas horribles horas regresan. Mi vida ha sido la escuela y mi cuarto, no me llama la atención salir, siento que no estoy lista. Uno como padre siempre se imagina que es a ti a quien van a enterrar tus hijos, nunca piensas que tu vas a enterrarlos a ellos”.

Ahora, a un año de la muerte de su esposo y sus hijas ya controla más el llanto. Sin embargo, el dolor sigue presente.

Sus ojos evidencian las noches de insomnio y confiesa que desde aquel día solo espera que caiga la noche para poder dormir y soñar que habla con ellas.

“Sueño que les digo que las amo y aprovecho para hacerles saber que siempre van a ser lo mejor de mi vida, y que si en algún momento fui una mala madre, que me perdonen”.

Hoy aquella casa que mató a su familia está siendo reconstruida. El escombro ha sido levantado y nuevas paredes sustituyen a aquellas que no resistieron la sacudida de 8.4 grados.

“Aquí estaba la cama de nosotros dos con la bebé y donde quedamos todos fue por aquí”, señala mientras contiene el llanto y continua.

“Se nos vinieron encima prácticamente las tres paredes y el techo, porque la cocina no se cayó. Aquel día la doctora me dijo que las nenas murieron instantáneamente, pero a mi esposo todavía lo escuche vomitando. El peso le destrozó los intestinos y era lo que sacaba con cada esfuerzo”.

Al igual que Yadira, aquella noche de septiembre de 2017 al menos 76 familias más lloraron la muerte de uno de sus seres queridos y otras 72 mil despertaron de entre los escombros de sus casas. Como ella, esas familias no solo han tenido que enfrentar la pérdida material, sino además han tenido que reconstruir(se).

El regreso al pueblo que la vio crecer siempre es difícil. El solo hecho de abordar el camión le eriza la piel y le hace recordar aquella pesadilla.

“Siento feo, y por lo regular evito venir. Prefiero quedarme allá donde estoy porque pasar por aquí, hacia donde viven mis papás, es difícil, era aquí donde estaba mi vida, el lugar que había decidido para hacer una familia y donde tenía un hogar.

Son las cuatro de la tarde, a Yadira se le ha hecho tarde y debe regresar a la ciudad de Oaxaca; antes pasará al cementerio donde fueron enterrados su esposo e hijas.

Es el panteón municipal, un lugar donde las criptas quedaron igual o peor de dañadas que las casas. A lo lejos un hombre de piel oscura de aproximadamente 65 años nos dice: “Ni los muertos se salvaron de la sacudida”.

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