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Domingo , 19.08.2018 / 21:00 Hoy

Monchito, el rescate imposible en el terremoto de 1985

El esperado rescate de una niña en el colegio Rebsamen trajo a la memoria el caso de Luis Ramón, un niño que supuestamente estaba sepultado y que jamás fue hallado.

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Los esfuerzos y la angustia que estuvieron presentes en el anhelado rescate en el Colegio Enrique Rebsamen de "Frida Sofía", de quien después se informó que no existía, trajo a la memoria de los mexicanos el caso de "Monchito", un niño que, supuestamente, murió sepultado en el terremoto de 1985.

Hace 32 años, toda la sociedad se mantuvo expectante durante semanas a la historia del rescate de "Monchito"; pero, a pesar de todos los esfuerzos, el niño jamás fue hallado. ¿Un invento familiar, gubernamental o mediático? ¿Un caso de histeria colectiva? O, simplemente, ¿una vida más que se perdió en la tragedia?

Recordemos los pormenores de esta historia.

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La mañana del 19 de septiembre de 1985, un violento terremoto sacudió la Ciudad de México hasta sus entrañas, causando multitud de derrumbes y miles de muertos, cuyo número exacto jamás fue revelado por el gobierno o por institución alguna.

Numerosos edificios se colapsaron, aplastando a muchos de sus habitantes. Otros, en cambio, lograron permanecer vivos hasta ser rescatados por los heroicos topos, por cuerpos de emergencia y por la ciudadanía que, en un hecho sin precedentes, arriesgaron sus vidas para salvar al mayor número posible de supervivientes.

Entre esos edificios que se vinieron abajo estaba una vecindad en el número 148 de la calle de Venustiano Carranza, en una porción del Centro Histórico ubicada entre la Plaza de la Constitución y el barrio de La Merced. En esa casa, según clamaban voces, se encontraba un niño llamado Luis Ramón, luego conocido como Monchito, quien, afirmaban, estaba sepultado bajo los escombros de la añeja vecindad en que pasó la noche junto con su abuelo.

Según narra un reportaje del periódico El País, publicado a los pocos días de la tragedia, la familia de Monchito decía que el niño estaba de paso en la casa del abuelo, pues venía de Cozumel y se dirigía a Zihuatanejo y había pasado la noche en el lugar del desplome.

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A las pocas horas del sismo, cuerpos de emergencia y miles de voluntarios unieron esfuerzos para rescatar de la muerte a la mayor cantidad posible de gente. Y la derruida vecindad de Venustiano 148 no fue la excepción: hasta ahí llegó —según el reportaje de El País— un ingeniero argentino de nombre Carlos Marbrán, un voluntario que primero sirvió como intérprete de los rescatistas italianos y después continuó la labor por cuenta propia.


Tras incontables días de esfuerzos sobrehumanos, rescatistas italianos, israelíes y de la Marina concluyeran que ahí no había ningún sobreviviente, y se retiraran del sitio, grupos de voluntarios prosiguieron los trabajos para encontrar a Monchito, cuyo nombre a esas alturas ya estaba en los medios y en boca de todos los mexicanos que, atentos a sus radios y televisores, se unían en oraciones por el rescate con vida del pequeño.

Marbrán recuerda que "no tenían certeza de vida ni certeza de muerte", pues no habían detectado malos olores ni presencia de moscas, pero tampoco había pruebas concretas de que Monchito siguiera con vida.

Fue un hecho el que alimentó las esperanzas —o, como creyeron muchos después, la psicosis colectiva— de millones de mexicanos: el tío de Monchito alertó a los rescatistas de su sobrino sepultado, y algunos de ellos se metieron entre los escombros y preguntaron: "¿Quién es'".

Se oyeron ruidos varios, pero ninguna voz. Los rescatistas pensaron que quizá no podría hablar, y por ello le pidieron que diera un golpe si era un adulto, o dos si era un niño. Los rescatistas afirmaron oír dos golpes. Ahí empezaron los trabajos para rescatar a Monchito.

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Ayuda internacional, nacional, voluntaria, oficial y hasta "sobrenatural" —por ejemplo, un zahorí y una santera—, héroes anónimos y celebridades, todos fueron desfilando por la vecindad derrumbada para ofrecer su ayuda en la localización y el rescate de Monchito. Pero a medida que pasaba el tiempo, las probabilidades de encontrarlo con vida se desvanecían.

Según reportes de la época, el sábado 5 de octubre se acordonó la zona y autoridades amenazaron con demoler usando maquinaria pesada. La familia, junto con toda la sociedad civil que siguió el caso, protestaron. El ingeniero Julián Abed, del Departamento del Distrito Federal, descartó la posibilidad de que hubiera sobrevivientes.

Un psiquiatra que siguió de cerca de las labores de rescate afirmó que todos habían sido víctimas de "un caso de psicosis colectiva". Voluntarios siguieron las labores luego de que el apoyo oficial se hubiera marchado, pero todo fue inútil: jamás se encontró siquiera el cuerpo de Monchito.

A los pocos días de la tragedia, circularon teorías sobre lo que había sucedido. Algunos sostenían que todo había sido un montaje mediático para explotar la nota o disfrazar la lentitud con que el gobierno de Miguel de la Madrid había reaccionado a la tragedia; otros, que en realidad no existía un niño llamado Ramón y que la familia había inventado su existencia para manipular la búsqueda de una caja fuerte que había quedado enterrada.


Al final, una de las explicaciones que circuló con mayor fuerza fue que los dos golpes que los rescatistas escucharon, o creyeron escuchar, se debieron al impacto o la vibración sobre tuberías que habían transmitido el sonido hasta la superficie, y que casualmente sonaron justo cuando los rescatistas formularon la pregunta. Pero la verdad quizá yazca para siempre enterrada en la calle de Venustiano Carranza.


FM

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