Migrantes pepenadores

De las 15 mil centroamericanos que migran cada año hacia el sur de nuestro país, muchos encuentran trabajo en el basurero municipal de Tapachula, donde subsisten en situación precaria.

Ciudad de México

A pesar de que apenas son las nueve de la mañana, los rayos del sol se vuelven casi insoportables: el termómetro marca 36 grados centígrados. Al llegar al basurero municipal de Tapachula, Chiapas, domina un penetrante olor originado por la descomposición de alimentos y animales muertos. El hedor atrae a cientos de buitres; algunos pepenadores intentan alejarlos, pero las aves han perdido el miedo. No se mueven, solo vigilan cautelosos en busca de alimento. El sitio es, a simple vista, insalubre: corren las ratas y cucarachas entre los pies de los pepenadores, que intentan caminar sobre las cáscaras de naranja y otras frutas podridas. Alrededor también hay perros y gatos con infecciones en la piel.

En medio de estos olores y calores, Liliana Beatriz —una niña de tres años— intenta aprender a escribir su nombre en la pequeña escuela construida en una de las entradas al basurero municipal. El jacalón con piso de tierra consta de dos salones hechos de palos, tablas y techos de lámina, donde se imparten clases de preescolar y primaria.

La maestra Eulalia Morales, enviada hace un año por la Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), enseña matemáticas, español y educación ambiental, entre otras materias, a sus cuatro alumnas de entre tres y cinco años de edad, todas niñas. Asegura que antes llegó a tener otro alumno; sin embargo, el niño dejó de ir al sentirse incómodo entre puras niñas. La deserción y las inasistencias son las principales dificultades de la profesora, ya que son pocas las veces que asisten a clases todos sus alumnos. Por ejemplo, el día que MILENIO visitó el lugar, Eulalia solo tenía a dos pequeñas en clases.


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Mientras Liliana Beatriz garrapatea las letras que forman su nombre, sus padres escarban entre las montañas de basura en busca de materiales como plástico PET, papel, cartón, fierro, aluminio y cobre. El basurero se ha convertido en fuente de trabajo para los más de 150 recolectores de material reciclable que sostienen a sus familias por medio de esta actividad. La mayor parte son hombres y mujeres provenientes de Centroamérica, principalmente de Guatemala, tienen entre 18 y 50 años y llegaron a México con la esperanza de trabajar.

Federico Ramos, uno de los líderes de los pepenadores de este basurero municipal, aseguró que los guatemaltecos que trabajan en ese lugar decidieron migrar a México, pues las tierras donde sembraban su milpa comenzaron a escasear y se vieron en la necesidad de buscar trabajo fuera de su país de origen. Decidieron establecerse en territorio mexicano debido a que había terrenos donde podrían sembrar. Sin embargo, al llegar a Chiapas se dieron cuenta de que la zona era un basurero en donde podían trabajar libremente, sin la presión de un jefe que los regañara o que les ordenara.

Cerca de 15 mil centroamericanos entre hombres, mujeres y niños, migran cada año hacia el sur mexicano para mejorar su situación económica. Según una encuesta del Instituto Nacional de Estadísticas de Guatemala (INEG), la población total de ese país es de 14 millones y medio de habitantes, de los cuales 53.7 por ciento se encuentra en situación de pobreza (13.3 por ciento de éstos en pobreza extrema).

Las estadísticas de Población Económicamente Activa (PEA), de la Encuesta Nacional de Empleos e Ingresos (ENEI 2-2014), confirma que 38.5 por ciento de los guatemaltecos se dedica principalmente a la agricultura, por encima de la administración pública (20.6%) y el comercio (11.8%), las tres principales actividades de ese país.


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Los pepenadores viven en las colonias que a lo largo de los años se han ido formando en las orillas del basurero. Se trata de guatemaltecos que han comprado pequeñas parcelas para levantar sus casas de cartón, madera y adobe. La tierra alrededor de las casas y del basurero se encuentra lodosa, por los charcos que dejó la lluvia de la noche anterior.

Ya en el tiradero, se complica buscar un lugar de apoyo para no resbalarse o hundirse; las montañas de basura, repartidas en 42 hectáreas de terreno, son removidas por maquinaria pesada que abre nuevos espacios para los desechos que llegarán en los días siguientes. Los camiones de carga llegan desde temprano al vertedero, donde diariamente se deposita un promedio de 300 toneladas de basura de la zona y de otros tres municipios cercanos: Huixtla, Mazatán y Huehuetán.

En un solo lugar hay cuatro vehículos descargando y los conductores saludan a la gente que corre a ver qué les puede servir de la “mercancía” recién llegada. La piel quemada, la frente sudorosa y la mirada cansada, identifican a hombres y mujeres que —algunos descalzos y otros con tenis bañados en lodo— escalan los interminables montones de basura, se apoyan en bastones de madera fabricados por ellos mismos con un clavo en el extremo inferior, el cual ensartan en las latas de aluminio y las botellas de plástico que encuentran a su paso.

La labor para algunos comienza a las seis de la mañana y concluye a las seis o siete de la tarde. Cuando comienza a caer la noche, regresan a sus casas, después de vender por kilo el material recolectado. Algunos venden el kilo de PET a un peso con 40 centavos a personas que los van a buscar al basurero; sin embargo, otros prefieren ir al centro de Tapachula o incluso a otras comunidades donde les pagan mejor. En general, pasan alrededor de 12 horas al día en el basurero municipal para obtener, a veces, solo 30 pesos. En otras ocasiones corren con más suerte y llegan a ganar hasta 150 pesos, dinero que ocupan para alimentar a sus familias y, en contadas ocasiones, para pagar el transporte de sus hijos a las escuelas ubicadas en otros municipios. Una jornada de 12 horas sin prestaciones, en donde en cualquier momento pueden contraer alguna infección o enfermedad. Lacónicos, se resisten a platicar con la reportera o dejarse grabar por la cámara de televisión.

A pesar de pertenecer a tres grupos distintos de pepenadores, se ayudan unos a otros; se organizan para pedir al gobierno estatal apoyos para sus familias, como una escuela, la pavimentación de algunas calles o la oportunidad de pertenecer a algún programa de asistencia social como Prospera. Además, los migrantes guatemaltecos buscan que sus hijos puedan ser registrados como mexicanos, para que en un futuro no tengan problemas para buscar trabajo, ya que las autoridades chiapanecas les prohibieron poner a trabajar en el basurero a menores de 18 años y a mujeres embarazadas.


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En la frontera entre México y Guatemala existe una amplia gama de modalidades migratorias: migrantes transfronterizos, trabajadores temporales y migrantes en tránsito rumbo a Estados Unidos. Según cifras de la Secretaría de Gobernación, en 2014 México registró a 46 mil 863 centroamericanos que entraron al territorio de forma ilegal y fueron puestos a disposición de las autoridades migratorias.

El Programa Frontera Sur incluye dos tipos de permiso: el permanente y el temporal. La primera modalidad se refiere a un permiso que permite a los guatemaltecos ir a trabajar a cualquiera de los 81 municipios de los estados de Chiapas, Tabasco, Campeche y Quintana Roo; este permiso también les permite instalarse ahí con sus familias. Pero también pueden acceder a la tarjeta de visitante regional, en donde los migrantes guatemaltecos tienen permiso de permanecer hasta tres días y transitar libremente por esos 81 municipios.

El líder Federico Ramos asegura que a la fecha se han regularizado 54 permisos permanentes y que esas personas ya pudieron registrar a sus hijos como mexicanos. Los permisos surgen de un programa migratorio que consideraba que ciudadanos guatemaltecos pudieran recibir permisos para ingresar al territorio mexicano, una medida con la que ambos gobiernos buscan evitar la entrada ilegal de migrantes al país y mejorar el flujo de personas entre los dos territorios. Este programa se acordó en julio del 2014. Y es que los migrantes guatemaltecos casi nunca tienen la intención de cruzar el país hacia la frontera norte; aseguran que prefieren llegar al sur de México, pues se sienten más cerca de su país de origen y de sus familias en caso de que hayan inmigrado solos.


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La tierra del suelo de la escuelita se levanta con el aire que entra por los huecos de las tablas de las paredes. En tiempos de lluvia, asegura la profesora Eulalia, es fácil que el agua penetre por los agujeros del techo de lámina, las ventanas y por el hueco de la puerta inexistente. En las improvisadas aulas, no hay pizarrón, libreros, ni pupitres, solo una caja de madera, de las que utilizan en las verdulerías, con algunas hojas, libros de primaria y la mitad de una botella de PET, que es utilizada como lapicero. Los niños asisten cuatro horas a la escuela, pero solo toman tres de clase ya que media hora se utiliza para el desayuno y la otra mitad en el receso.

Los papás de los alumnos tienen que pagar una cuota de 800 pesos anuales para que los niños puedan asistir a clases. Además, aportan 35 pesos semanales para el transporte y la alimentación de los profesores. Los útiles escolares en ocasiones son donados por personas externas al gobierno y a la comunidad.

Ajenas a la precariedad, Liliana Beatriz y su compañerita se concentran en terminar la plana donde escriben su nombre. La maestra Eulalia dice que aún no saben leer y que solo copian los trazos que ella les colocó al inicio de la página.


PIE DE FOTO

1.- La escuela del lugar, hecha de palos y tablas con techo de lámina.