Al grito de "¡no queremos ilegales!", cierran refugio en Chiapas

El párroco de Huixtla, en Chiapas, consiguió el apoyo internacional y nacional, en dinero y especie, pero no ha convencido a sus fieles.
El lugar está cerrado con cadenas y custodiado por un vigilante.
El lugar está cerrado con cadenas y custodiado por un vigilante. (Héctor Téllez)

Huixtla, Chiapas

La propuesta del párroco católico de Huixtla, Heiman Vázquez, convenció casi de inmediato a los donantes internacionales: ¿por qué no tomar una capilla abandonada al norte de esta ciudad de fuerte tránsito de migrantes y convertirla en un refugio temporal para indocumentados en ruta a Estados Unidos?

El dinero llegó del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. La Organización Internacional para la Migración donó camas. El Vaticano envió muebles. Familias prominentes de Chiapas entregaron cemento y varilla y ayudaron con la instalación de regaderas para hombres y mujeres. Para el 3 de mayo pasado, el refugio estaba listo para ser inaugurado y recibir a sus primeros centroamericanos. Invitaciones fueron giradas al gobernador, el alcalde, representantes internacionales y diplomáticos.

"Queríamos atender a los migrantes que pasan por la ciudad. Cuando llegan a Huixtla ya son 80 kilómetros desde la frontera con Guatemala. Ya vienen muy cansados y necesitan donde descansar, recuperarse y después retomar su camino", explicó Vázquez.

Eso no ocurrió. Días antes de la inauguración, una muchedumbre de vecinos tomó la capilla al grito de "¡no queremos ilegales!". Desde entonces, el refugio se encuentra ocupado y clausurado con cadenas. Al interior, un vigilante impide el paso. Las camas de la OIM aún están envueltas en plástico.

En medio de la más grande ola migratoria que haya visto la región en años, en Huixtla se palpa un sentimiento antimigrante poco habitual. "Es un brote xenofóbico que preocupa", dijo Vázquez, quien en dos ocasiones ha tratado de mediar con los vecinos para permitir la apertura del refugio. En ambas ha sido, literalmente, echado a gritos.

El refugio se encuentra en la colonia Santa Cruz, una de las más golpeadas por el huracán Stan en 2005, entre casas abandonadas y dañadas más allá de reparación. Aunque vive al otro extremo de la ciudad, Audiel Blas, presidente de los colonos, ha encabezado la oposición vecinal al proyecto. Acusa a Vázquez de poner en riesgo a la comunidad.

"No queremos a esa gente aquí", dijo.

—¿Por qué no?

—Por la inseguridad. Como barrio, como colonia, tenemos a niños, a nuestras hijas. Los migrantes que pasan son tanto buenos como malos. No es que seamos antimigrantes, pero luego vienen cometiendo ilegalidades.

Por ahora, sin un refugio formal, los migrantes que logran llegar a Huixtla pasan la noche en el atrio de la parroquia. A las mujeres con niños se les permite descansar en un anexo a la iglesia. Los hombres deben arreglárselas como puedan.

El padre Vázquez admite que hasta el momento no ha habido forma de negociar con los colonos y que su oposición no se ha reducido. Lejos de ello, se endureció: los argumentos han llegado a lo visceral, a un discurso tenso, un tono que se escucha mucho en el sur de Estados Unidos, pero que es novedoso en esta parte del país, acostumbrada históricamente a ser paso de migrantes.

"Dicen que los indocumentados van a violar a sus hijas. Que se van a meter a sus casas. Las señoras me dicen que no se sienten seguras con estas personas llegando al pueblo", lamentó el párroco.