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Lunes , 22.10.2018 / 22:39 Hoy

Martes 19 de septiembre: el día en que casi pierdo mi casa

"Por un momento desconocí el lugar en el que he vivido desde siempre, el aroma era tan desagradable que mareaba", cuenta un colaborador de Milenio Digital.

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Pensé que el edificio se caería. El 19 de septiembre, la redacción de Milenio Digital trabajaba en las cosas habituales, pero el terremoto nos interrumpió. Al pasar lo peor, los problemas para contactar a familiares y conocidos me inquietaron. Para calmarme tuve que mantener mi mente ocupada.

Recorrí partes de la colonia Doctores para tomar fotografías de los posibles daños. Los edificios que vi tenían algunas grietas, pero ninguno parecía estar en riesgo de caer.

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Caminé durante un buen rato sin saber cómo estaba la situación en mi casa o con mi familia. Tampoco había transporte. Me encaminé rumbo a mi hogar por la avenida Cuauhtémoc.

[OBJECT]Me impactó ver a grupos enormes de personas caminando por la calle, como si fueran pájaros que migran durante el invierno, divulgando rumores sobre lo que habían escuchado, sin poder asegurar lo que realmente había sucedido.

En la calle Morena vi por primera vez una zona gravemente afectada. La gente estaba absorta ante los edificios con fachada destruida. En la calle Enrique Rebsamen vi algo cercano a un milagro de la arquitectura: un edificio seguía de pie, pero el primer piso estaba completamente destruido.

Seguí avanzando, cada vez con mayor velocidad. No sabía en qué condiciones encontraría mi casa, a unas cuantas cuadras de esa zona. Había caminado durante tres horas. Al llegar, vi a mis vecinos reunidos en la calle. Lucían preocupados; dijeron que no sabían qué tan dañado estaba el edificio.

Entré a revisar y por un momento desconocí el lugar en el que he vivido desde siempre. No había luz, pedazos de la pared estaban en el suelo y los muros estaban agrietados. Un olor a alcohol se percibía desde los pisos inferiores. Casi todas las botellas se habían caído; el aroma era tan desagradable que mareaba.

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No hubo tiempo para saludar. Vi cómo mi familia guardaba ropa para salir de ahí. Entré a mi recámara para recolectar algunas cosas. Estaba completamente destrozada. Sentí ganas de vomitar. Mis cosas estaban regadas —muchas de ellas rotas— y un mueble había caído sobre mi cama.


Recolecté lo que pude y partimos a casa de mi abuela, a pocos metros, donde nos quedaríamos provisionalmente.

Una vez ahí, por fin pude abrazar a mi familia, angustiada porque había tardado más de lo normal en regresar a casa, pero la tranquilidad duró un instante. Con los nervios de no saber con exactitud la condición de la construcción, tuvimos que regresar al departamento para acarrear agua.

Subimos y bajamos unas diez veces. La adrenalina ayudó a evitar el cansancio: nos sentíamos atletas de alto rendimiento.

La casa de la abuela, que usualmente no recibe tantas visitas, se llenó con 14 personas. Parecía una fiesta familiar. Llegó la hora de la comida, pero nadie tenía hambre. Todavía faltaba contactar a algunos familiares.

Luego de un pequeño plato de sopa y de compartir algunas historias de lo visto, salí con mi novia —que había llegado poco antes— para ver si se necesitaba ayuda. Un edificio en la lateral del Viaducto y Medellín se había derrumbado. Necesitaban gente para mover escombros.

Ahí había una cadena humana, difusa por una nube de polvo que se desprendía de los escombros, se extendía hasta el edificio derrumbado.


Repartimos cubrebocas y luego nos incorporamos a las filas. Las cubetas llenas de piedras y ladrillos pasaban de mano a mano. Mientras tanto, otros recorrían la inmensidad de la fila repartiendo botellas de agua.

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Cuando se llenó el último camión de carga, cuando ya no se podía hacer nada más, miré los escombros: pude ver teclados de computadora, pedazos de platos, algunos documentos en folders y un pequeño mameluco de bebé.

Volví a caminar a casa, pero esta vez el trayecto fue diferente. Por primera vez me di cuenta de lo frágiles que somos. Al llegar, me tiré en el primer sillón que encontré. Sin electricidad, lo único que podía ver eran las luces de los autos en la calle. De fondo, el ruido helicópteros y sirenas no cesaba.

Cerca de la una de la madrugada la luz regresó. Cientos de mensajes comenzaron a llegar a mi teléfono. Fue entonces cuando vislumbré la verdadera magnitud del desastre.

El cansancio era demasiado, el dolor en las piernas me impedía caminar bien y la sensación de no poder hacer más para ayudar me atormentó por el resto de la noche, pero el día más largo había llegado a su fin.


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