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Sábado , 22.09.2018 / 02:35 Hoy

Los niños que juegan a la impunidad en Azcapotzalco

Tres niños juegan en la plaza del centro: ¿no se dio cuenta de que iba a 200 kilómetros por hora?, ¿cómo podemos arreglarnos?, que sean dos billetes.

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Tres niños juegan en la plaza. El cielo amenaza con lluvia. Un ciego canta. Mediodía nublado en el centro de Azcapotzalco.

Rubén, Marisol y Lalo.

Marisol conduce un cochecito eléctrico; Lalo la persigue, y Rubén observa sentado en un banco.

El ciego canta “Cucurrucucú” con grave voz bamboleante; usa lentes de redondos vidrios negros y con la mano derecha sostiene el extremo de una correa que ata el cuello regordete de un perro dorado, mezcla de labrador con callejero.

El juego se vuelve frenético. Marisol comienza a dar vueltas alrededor de una fuente. Maneja temerariamente; da giros bruscos y busca ejecutar la exhibición teatral del derrape. Lalo corre con la lengua de fuera detrás del pequeño coche. Sin dejar de correr, saca su celular y grita: “¡Pareja, tenemos un CV29!”, su voz es una gangosa ambigüedad sin centro que anuncia la prematura pubescencia, “repito: ¡tenemos un CV29!”. Entonces Rubén se levanta de su banco y se une a la persecución salvaje. Marisol —cada vez más excitada, cada vez más intrépida— casi atropella a una joven de boina y falda corta que salva el impacto con un ágil brinquito de bailarina. Entonces cae la primera gota.

La mujer de boina y falda corta se acerca al ciego y deposita una moneda de dos pesos en un bote de pintura adaptado como alcancía. El perro mueve la cola. El ciego musita algo incomprensible y voltea afanosamente la cara para seguir el cuerpo de la muchacha que se aleja.

En un café adyacente a la plaza, Gonzalo Gutiérrez Herrera ha sido testigo del fraude.

—¿Ya viste que el ciego resultó no ser ciego? —le dice a Marcela, su hermana.

—¿Cómo sabes?

—En cuanto vio a una mujer atractiva le regresó la vista para poder verle el culo.

—¡Qué estúpido! —responde Marcela distraída; que a un ciego falso lo haya desenmascarado la lascivia no es algo que le interese demasiado—, ¿pedimos la cuenta?, ya comenzó a llover…

Gonzalo siente que ser el grande le da derecho a opinar sobre cómo su hermanita debería educar a su hija. “No debes ser tan estricta con Marisol”, le dice con autoridad y condescendencia, “la regañas por todo…”. Marcela no puede soportar que un hombre —por más hermano suyo que sea— le diga cómo ser madre. “Tú ocúpate de criar a tus hijos, ¿sale?”. Y siempre su discusión —a veces más soez, a veces más educada— gira en torno a los mismos argumentos.

Una circunstancia curiosa: los dos hermanos Gutiérrez Herrera están solos. Gonzalo, a los 40 años, es viudo y Marcela, a los 37, divorciada. Por eso viven en el mismo edificio (a un costado del Metro Camarones) y por eso sus hijos casi todos los días juegan juntos.

Rubén ha visto que su papá pagó la cuenta y decide apurar las cosas: corre en sentido contrario para encontrarse de frente con el cochecito (que sigue dando vueltas alrededor de la fuente). Marisol frena en seco.

Lalo, Marisol y Rubén.

Lalo: 11 años. Ojos miel, cabello castaño y piel avellana. Come de todo. Odia las animaciones japonesas. Su cara adquiere cierta expresión de roedor cuando se ríe. De grande quiere ser mimo y acróbata.

Rubén: 10 años. Defensa central zurdo. Una marca de nacimiento en forma de óvalo en el centro de la frente le da un acento misterioso a su cara. Prefiere a los gatos que a los perros, aunque nunca ha tenido una mascota. De grande quiere ser detective antiguo (con pipa y gabardina).

Marisol: 10 años y medio. Cabello negro y trenzas. Aretes grandes con forma de mariposas blancas. Odia a las niñas aburridas que no sudan ni se ensucian. De grande quiere ser abogada o piloto de carreras.

—¿Qué hice oficial? —pregunta Marisol con fingida sorpresa.

—¿Cómo que qué hizo? —pregunta Lalo con sorna y luego se dirige hacia su hermano— ¿cómo ves, pareja: que la señorita me está preguntado que qué hizo…”

—Además de velocista nos resultó cinica” —Rubén pronuncia la palabra esdrújula como si fuera grave— ¿qué no se dio cuenta que iba a 200 kilómetros por hora señorita?

—No oficial, no me di cuenta. Le pido una disculpa, pero es que mi abuelita está muy enferma y me acaban de llamar para que le lleve estas medicinas —Marisol saca de su bolsa un paquete de chicles y se los muestra a sus primos.

—La ley es la ley, señorita, y la ley se respeta —dice Lalo con gravedad— vamos a tener que remitir su unidad al corralón.

La lluvia arrecia, aunque aún no es violenta. El ciego recoge el bote de pintura habilitado como alcancía y ejecuta la farsa de dejarse llevar por su viejo perro flaco de cuello regordete.

—Niños, vengan, ¡no se mojen! —grita Marcela desde la entrada del café.

—¿Ves?, ¡eres mandona! —Gonzalo necesita aleccionar a su hermana; es algo que le sale del alma— ¿por qué no van a poder mojarse un poco?

—Mira, ¿sabes qué? —los ojos de Marcela se han convertido en dos pistolas— consíguete una vieja nueva y cuando la tengas hazte el machito con ella.

Marisol sonríe dentro de su coche; una sonrisa de expresión tan retorcida —entre sardónica y ladina— que de su rostro desaparece cualquier rastro de niña.

—¿No hay manera de arreglar esta situación entre nosotros?... mi abuelita se muere… y tampoco voy a dejar que ustedes se estén mojando por mi culpa…

Lalo intercambia una mirada alegre con su hermano.

—Pues tampoco vamos a dejar que se muera su abuelita… pero si la dejamos ir, usted entenderá que tendrá que ser agradecida…

—¿Un tostón? —Marisol saca un billete de 20 pesos y se lo extiende a su primo.

—Que sean dos: uno por cabeza—Lalo empuja la mano de su prima dentro del cochecito—pero démelos aquí, en el interior del automóvil… por eso de las cámaras y las redes sociales...

La lluvia ya es violenta. Marcela grita:

—Vengan ya, ¡carajo!

Marisol arranca su coche de juguete y, obediente, lo dirige hacia el encuentro con su madre. Lalo y Rubén ignoran a su tía y se quedan parados al lado de la fuente.

—Mira —dice Lalo mientras toma una piedra plana del piso que avienta de abajo hacia arriba, con la mano volteada, de tal manera que la piedra hace un patito en el agua de la fuente.

—A ver, voy yo—dice Rubén y recoge otra piedra del piso— te apuesto a que conmigo hace dos patitos…

*Crónica construida con información adicional aportada por el trabajo reporteril de Francisco Alejandro Ruiz y Mauricio Gómez.

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