Los llantos por el carpinterito de Ayutla de los Libres…

Mauricio ingresó a la normal rural hace unas semanas; unos días después, desapareció en medio de la balacera.
Eulogia, tía del normalista.
Eulogia, tía del normalista. (Daniel Cruz)

Guerrero

Mauricio tiene 19 años. Su papá es un campesino pobrísimo que vive en la región guerrerense de La Montaña. Él no quería pasar su vida en el duro trabajo de las milpas: deseaba alejarse de la marginación del remoto lugar. Por eso se fue a vivir a la ciudad más cercana con la hermana de su padre. Ahí, desde hace siete años, su tía lo acogió. Lo tomó como un hijo más para que estudiara la secundaria y luego la preparatoria. La mujer lo educó. Se convirtió en su tutora. Para sus primos-hermanos Mauricio era uno más de la familia. Su tío le enseñó el oficio de carpintería. Mauricio se volvió el carpinterito de Ayutla de los Libres. Luego se empeñó en avanzar, en buscar una mejor vida y, este año, apenas hace unas semanas, ingresó a la normal rural de Ayotzinapa. Unos días después, desapareció. Desapareció en medio de la balacera ocurrida en Iguala.

Eulogia, su tía, su segunda madre, quiere hablar de él. Reparte tortillas con arroz rojo a los jóvenes normalistas y a los demás padres de los estudiantes. Les ofrece plátanos y naranjas, pero lo que quiere en este momento es hablar de Mauricio, su otro hijo. Eulogia se sienta en una sillita frente a un altar que los normalistas han colocado justo al centro de una cancha deportiva y techada de la escuela normal Raúl Isidro Burgos, y ahí, a la vista de todos, tiene una fortísima catarsis que, menos de cuatro minutos después, hará imposible continuar la entrevista:

“Yo soy como su mamá, porque su padre es muy pobre. Y hoy que no está con nosotros, queremos encontrarlo y decirle tantas cosas. A lo mejor nosotros pensamos que hemos fallado como padres, pero es por la pobreza, señor, no es por otra cosa, es por la pobreza extrema que se vive en Guerrero, por eso mi niño se vino a estudiar aquí. Su papá es campesino. No tiene dinero para que él estudie en otra escuela privada, o como estudian los ricos. Hoy él es la esperanza. Lo queremos vivo porque somos su padres, somos su familia que queremos verlo. Yo tengo otros hijos, pero a él siempre lo he visto como mi propio hijo. Me duele igual como mi hijo. Y mis hijos todos están desesperados por encontrar a su primito. Él está vivo. Está en un lugar. Él está vivo, solo le pedimos a ese gobierno que nos entregue a nuestros hijos, porque si fuera su hijo de él, le iba a doler también. Que se ponga en nuestro lugar. ¡Cómo nos duele! Que no sean así, porque ellos también son padres…”

—¿Están enojados y tristes?

—Así es. Estoy enojada con el gobierno porque no es un gobierno humano, es un gobierno que no siente lo que sienten los demás pobres de Guerrero. Si es posible, que ese gobierno se quite de nuestro estado, porque no lo queremos.

—¿Mauricio cómo es?

—Mauricio es un joven muy trabajador. Le hemos enseñado la carpintería. Él sabe de carpintería, él sabe de ese trabajo. Cuando vino acá, a Ayotzinapa, le dijimos: “Hijo, no te vayas, si quieres, sigue la carpintería”. “No, tía, yo voy a ir porque quiero seguir adelante, yo quiero ser mejor, por eso voy a buscar la forma de seguir en esa normal”. Él es un muchacho muy trabajador. Nunca ha andado en la calle. Yo siempre le he dado esos consejos: que él siempre siga delante de buena manera como nosotros le hemos enseñado.

—¿Es una pesadilla para ustedes?

—Así es, no dormimos, hacemos oración para que a nuestro niño lo encontremos vivo (se empieza a quebrar)… Porque… ¡Es un dolor muy grande (prorrumpe en llanto, alza la voz y el eco de su dolor resuena en la cancha deportiva techada, provocando que los demás papás se estremezcan)!... Perder a un hijo… No encontrarlo… Yo amo a mi sobrinito… Yo lo quiero… Encontrarlo… No quiero verlo allá afuera…

No puede más. Se estremece, casi convulsiona de dolor, le tiemblan las manos, mueve los dedos a toda velocidad. Detengo la charla, pido que mi compañero camarógrafo Miguel Naranjo apague ya la cámara. Solloza. Respira con dificultad. No puede levantarse de la silla. Ya, ya habló de Mauricio. Ahora solo necesita que la abracen, que la consuelen, porque el carpinterito de Ayutla de los Libres desapareció justamente hace dos semanas, como otros 42 jóvenes estudiantes de Ayotzinapa.

Los padres van a iniciar un rosario ahí, frente al altar. Los periodistas no pueden permanecer en el lugar. Los familiares, pudorosos, exhaustos, piden intimidad en su dolor. Es demasiada la devastación que surca sus rostros para grabar imágenes. Demasiada.