El largo y sinuoso camino hacia la décima fosa

Unos 20 forenses, dos unidades de búsqueda canina, un dron no tripulado, dos pelotones de Marina, un helicóptero de la Policía Federal, tres agentes de Interpol forman parte del despliegue.

Cocula, Guerrero

La décima fosa clandestina en aparecer en un mes en Guerrero yace en un barranco al final de un largo y sinuoso camino de terracería en el que revolotean miles de mariposas y flores amarillas. El sendero transcurre en medio de una densa cobertura de árboles de cacahuananche y tepehuaje y desemboca en un desfiladero repleto de desperdicios como bolsas y botellas. Al fondo, a unos 15 metros de profundidad, está el tiradero de basura.

Desde la orilla del precipicio, aun a la distancia, se puede observar que algo fue quemado ahí: hay una clara delimitación entre el pasto verde y un manchón de ocho metros de largo por tres de ancho que luce chamuscado. Por alguna razón, justo en la parte quemada la tierra fue removida y está acumulada en varios montículos. Entre el tizne de la combustión hay restos de plástico derretido y algunas piedras lucen ennegrecidas por fuego. Arriba, en el aire, es posible ver águilas y zopilotes dando vueltas. Se les puede distinguir por la forma de sus alas y porque unas chillan y los otros no.

“Casi nadie nunca viene aquí”, dice uno de los pocos ejidatarios que transitan por los alrededores de la zona y que, como muchos otros habitantes de la región, prefiere omitir su nombre. “Esto es muy callado y aquí vivimos pocas personas dedicadas a la milpa y la ganadería”.

Desolado es un adjetivo que aplica para describir el paraje. Remoto es otro. Casi nadie viene porque nominalmente nada más se usa para tirar basura. En Cocula lo utilizan para deshacerse de desperdicios de forma ilegal aunque no clandestina, porque todos saben que para eso sirve desde que el basurero municipal oficial El Papayo se saturó. El actual tiradero a cielo abierto no tiene ni siquiera nombre. Pero desde hace dos días, la confesión de dos presuntos operadores de los Guerreros Unidos ha reorientado las pesquisas de la Procuraduría General de la República a la zona. No se sabe si es porque contiene los cuerpos de los 43 normalistas desaparecidos hace un mes o si es otra más de tantas fosas que han aparecido, de forma macabra, en las últimas semanas.

Pero por el tamaño del despliegue oficial, lo que es evidente es que el gobierno federal ha puesto en escena toda su maquinaria de ciencia criminalística para peinar la basura de los coculenses, donde ya aparecieron huesos y una osamenta cuyo origen es incierto. ¿Son de un animal o de un humano? No se sabe aún. Los restos fueron enviados ayer a un laboratorio móvil de la PGR para su análisis por parte de peritos del equipo argentino de antropología forense.

Es una operación crucial de cuya respuesta depende mucho. Y para la que el Servicio Médico Forense de Iguala ha sido descartado: se trata de una casa funeraria que fue acondicionada por el gobierno estatal. De su trabajo deficiente se originan muchas de las dudas en torno a la identidad de los primeros cuerpos descubiertos hace ya varias semanas.

Por lo pronto, del interés que suscitó entre las autoridades el paraje a las afueras de Cocula se puede desprender la lectura de que por alguna razón al gobierno federal el lugar importa, y mucho. El tiradero fue visitado el lunes por el director de la Agencia de Investigación Criminal, Tomás Zerón y se asegura que el propio procurador Jesús Murillo Karam estuvo en el sitio. Es una atención de primer nivel que no generaron las otras fosas descubiertas entre septiembre y octubre.

Ayer, 20 forenses vestidos con trajes blancos Kleengard, dos unidades de búsqueda canina, un dron no tripulado, dos pelotones de infantes de Marina, un helicóptero de la Policía Federal, tres agentes de Interpol, 12 camionetas y una veintena de ministeriales formaban parte del despliegue gubernamental en el paraje.

De forma poco habitual, la PGR también hizo algo diferente respecto a las otras fosas que han sido halladas a lo largo de este mes: invitó a la prensa. Permitió a un grupo de fotógrafos y camarógrafos, traídos ex profeso desde la Ciudad de México, captar imágenes de los trabajos de criminalística. En grupos de dos en dos, los periodistas fueron llevados a la orilla del desfiladero para ver lo que ocurría abajo.

En la planicie, entre una maraña de bolsas, cajas y otros desperdicios, había varios forenses. Uno cortaba la maleza con un machete y otros tres tomaban notas. Un grupo más nutrido esperaba en la sombra y manipulaba algunos instrumentos. En la tierra ennegrecida por el fuego resaltaban banderillas rojas, generalmente utilizadas para marcar el hallazgo de alguna evidencia. Había diez.

Otra de las especialistas forenses que pasó junto al grupo de periodistas, llevaba en las manos una libreta en la que había trazado un diagrama, reproduciendo la escena del crimen.

Y ahí es donde yace una posible clave: “Escena del crimen” fue el título que le dio la propia PGR al tiradero. Los peritos desplegaron tiras amarillas de plástico con esa leyenda en letras negras para delimitar el área.

                         II

En términos de distancia, el tiradero semiclandestino se encuentra a 40 kilómetros de Iguala. Se abre el espacio para dos supuestos. Primero: si es cierta la versión manejada por la PGR sobre que a los estudiantes se les trasladó desde el sitio en el que fueron levantados en un vehículo de redilas —y si a ellos se les llevó al tiradero, algo no comprobado aún—, quiere decir que el camión habría bordeado Cocula, tomado hacia el este, llegado a la colonia Vicente Guerrero y luego doblado a la derecha en la Benito Juárez junto a una casa de lámina.

Después, habría quebrado a la izquierda en la Francisco I. Madero, donde comienza la subida al cerro. Es un ascenso pronunciado en terracería en el que las llantas se patinan en cuanto las calles pierden sus nombres y el pavimento se acaba. El trayecto es tan estrecho en algunas partes que las ramas arañan las portezuelas.

El sendero, largo y sinuoso, se encuentra oculto a la vista por la distancia y el bosque. No hay casas a la redonda. De noche es una boca de lobo. Y este es el segundo supuesto. El más duro: ¿recorrió ese desolado camino de terracería el camión con los jóvenes esa madrugada, los faros iluminando la grava, ellos atrapados rumbo al matadero?