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Sábado , 26.05.2018 / 14:42 Hoy

“La imaginación no tiene llenadera”

Salvador Sáenz, nacido en Matamoros, se desempeña en áreas de informática y es de oficio escritor y cantautor, comparte como fue que comenzó a escribir y a involucrarse en el ambiente literario.

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Lilia Ovalle

Las emociones son un auténtico río de aguas turbias. Y tratar de pararlas con las manos desnudas, está un poco cabrón. Si acaso podemos construir pequeñas desviaciones, para que su furia no arrase con nuestros débiles cuerpos: las emociones tienen que ser canalizadas. Si no lo hacemos, tarde o temprano terminarán por destrozarnos.

Cuando yo era un chaval de unos quince años comenzaron a llegar los primeros libros de literatura a mis manos: Ibargüengoitia, Cortázar, Fuentes, Rulfo, Serna. Por supuesto, los devoré por completo, extasiado. Me sumergí en un territorio desconocido y fascinante que me sacudió.[OBJECT]

Esas lecturas fueron decisivas para que yo pudiera cimentar los primeros diques de contención que condujeran mis emociones por sitios más pacíficos. Pero no fue suficiente, porque el río comenzó a desbordarse. Por eso tuve que empezar a escribir. Era inevitable para mí, las historias se me venían de forma natural. Me poseían.

La imaginación no tiene llenadera. Y es que en el fondo, todos somos seres creativos, pero muchos se sienten cómodos en los brazos de la flojera, o se ocupan de cosas prácticas, como sobrevivir o ganarse unos cuantos pesos, y hacen bien. Aunque pienso que si no volcamos en el arte y en el amor lo que verdaderamente somos, el paso por este mundo habrá sido un tanto miserable.

Pero no he venido a dar lecciones de vida sino a hablar de cómo fui seducido por el arte, en particular de la literatura y la música. Yo siempre he escrito cosas que tienen que ver un poco con mi vida. Parten de mi propia experiencia; aunque claro, son historias llevadas a la exageración, con personajes inventados y con una trama más o menos elaborada. Me gusta poner en aprietos a mis personajes.

Me gusta que se encuentren en problemas existenciales y psicológicos, pero sobre todo que les ocurran cosas. Siempre me ha fastidiado la narrativa construida a base de lenguaje poético o con juegos de palabras. No digo que sean malas, sólo me dan una inmensa hueva leerlas; y me gusta la poesía, no lo voy a negar, pero me cagan las historias que carecen de un buen argumento.

La transición de la lectura a la escritura fue para mí un proceso muy natural, que seguro a muchos escritores les ocurre; en cambio, mi llegada a la música fue más bien tramposa.

Tomé la guitarra por necesidad a los veinte años, ya muy tarde, y fue para seducir a una chica: quería conquistarla y no se me ocurrió mejor forma de hacerlo que componiendo una canción.

Así que agarré el manual de Guitarra Fácil, saqué unos cuántos acordes sencillos, le coloqué una letra horriblemente cursi y me animé a cantársela. Fue todo un éxito: ella terminó en mis acogedores brazos, embelesada. Y eso me animó a continuar.

Conforme pasó el tiempo, ya fui tomándomelo un poco más en serio, aunque no tanto como para pretender ser un cantautor profesional.[OBJECT]

Asistí a talleres de composición, escuché buena música y fui puliendo mi estilo, si es que tengo alguno. Ambas formas de expresión, tanto la literatura como la música, son primas hermanas a las que acudo con religiosidad y verdadera pasión.

Llevan en la sangre la misma genética que es “contar” una historia, ya sea con letra o sin ella.

Yo no sé qué sería de mi vida sin literatura y música. Les debo tanto. Me han sacado tantas veces de la miseria y no veo cómo mi existencia pudiera haber sido de otra manera de no haberlas conocido. ¿Y por qué escribo cuentos y canciones? Me permiten conocerme a mí mismo. Me liberan. Son mi única forma de tener contacto con lo sagrado; son mi ventana a otros planos.

Eso es el arte para mí y lo viviré plenamente, hasta que se evapore la última gota de sangre que corre por mis vena.

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