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Jueves , 16.08.2018 / 07:42 Hoy

La identidad que da el ser: un 'Pachuco' en tiempos modernos

Colores vivos y una apariancia extravagante, son los sellos representativos de Miguel Compean Acosta, que desde hace muchos años comparte y defiende el estilo de vida, que lleva de la mano al baile.

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Los colores de su vestimenta lo hacen resaltar, entre las personas que llegan para convertir la Plaza de Armas en la pista de baile más grande de Torreón.

Dos hombres se hacen cargo del sonido, otros se preparan con sus parejas y eligen el lado de la pista que harán relucir con sus mejores pasos.

Él aguarda cerca de una jardinera, su porte llama la atención de los curiosos, que se acercan con botana en mano para presenciar el espectáculo.

Y es que su apariencia parece aferrarse a otros tiempos, su forma de vestir desafía a la época actual, mientras todos lucen prendas comunes, él se trasporta a otra década.

Una pluma adorna su sombrero, en su saco y pantalones holgados se mezclan en forma de cuadros los colores azul, café y gris, que contrastan con una camisa roja que luce perfectamente fajada.[OBJECT]

Otros detalles como los tirantes, el collar de cruz, unos zapatos de charol bicolor y anillos en ambas manos, lo hacen lucir como él mismo se hace llamar: "El Pachuco Bailarín".

Lanza una sonrisa antes de comenzar la charla, no sin antes presentar a su pareja de baile y de vida, como también a unos amigos provenientes de Juárez, que al igual que él los rige la identidad de ser pachucos.

El hombre detrás del pachuco

Miguel Compean Acosta tiene 47 años y baila desde que tenía 8, relata que practicó la danza folclórica de primaria a preparatoria, pero fue hasta hace poco que retomó el baile como una filosofía de vida.

Al preguntarle quien está detrás del pachuco, saca las manos de los bolsillos de su holgado pantalón, una de ellas la coloca en su barbilla y expresa: "Hay una persona común y corriente, pero con un pensamiento diferente, con un pensamiento de pachuco, sí de rebeldía más no de desmadre".

Eleva sus brazos y reitera: "una persona que busca su propia identidad".

Comenta que es encargado de un almacén en donde trabaja de lunes a viernes, pero reitera que la verdadera identidad, la encuentra bailando cada fin de semana vestido como realmente le gusta.

Platica que le nació ser pachuco porque dice, existe la necesidad de que vuelvan los buenos bailes, la buena música y el buen vestir.

"Y de revivir los buenos años. Que se vaya quedando atrás toda esa porquería que ha estado llegando actualmente", reitera quitándose el sombrero y limpiándose el sudor.

-¿Por qué pachuco y no otra cosa?

-Porque desde muy joven yo tuve la inquietud de vestirme así, yo siempre tuve la idea de vestirme como la gente de antes.

A esas alturas de la conversación la música ya comienza a sentirse, algunas parejas ya 'pasean el callo', como se diría en un leguaje pachuco: empiezan a bailar.

Sobre su vestimenta comenta que él mismo realiza sus trajes, pues asegura que en La Laguna no hay gente que fabrique ese tipo de ropa.

"Yo me hago mis propios modelos, saco los patrones y comienzo hacerlos". Comparte que los sombreros los manda traer de Zumpango, México, por Internet y los zapatos los adquiere en Ciudad Juárez o México.

Sobre los costos, comentó que los zapatos los encuentra desde 600 a mil 200, según el modelo y los sombreros entre 300 y 400 pesos.

Hasta el momento sus manos han fabricado 15 trajes diferentes, los cuales combina con 14 sombreros. Para Miguel ser pachuco es una cultura diferente, que tiene su propia identidad y su propia manera de pensar.

"Los pachucos nos llamamos carnales, no sé si hayas escuchado a Tin Tan que decía 'Mi carnal'. La carnalidad es algo mucho más allá de lo que es una amistad, es el protegerse las espaldas unos a otros, es ayudarse cuando alguno se encuentra en tiempos malos".

Comenta que él es el único pachuco de La Laguna, pero reitera que al menos dos jóvenes lo han contactado porque les llama la atención serlo.

Con el baile 'va a estar bien piocha la cosa'

'Va a estar bien piocha la cosa' es una expresión que utilizan los pachucos para referirse a que algo se pondrá bueno y es algo que Miguel sabe desde el momento que comienza a deslizarse en la pista, pues considera que el baile le da más color a la vida.

Tomándose el pecho con ambas manos y moviendo la cabeza confiesa que: "cualquier pieza de música que sienta que me gusta, porque no me gusta solo el danzón, yo soy de géneros muy amplios, es algo que mis pies me mueven intuitivamente, yo no lo hago forzado".

Apuntándose al corazón expresa: "tengo una efusión que me sale desde aquí, desde el pecho que no la controlo, hasta que mis pies comienzan a bailar, es cuando empiezo a sentir que la puedo controlar".

Contando con los dedos de sus manos informa que los géneros que baila el pachuco son el danzón, mambo, swing, chachachá, rocanrol, etcétera.

Al solicitarle que describiera en tres palabras que era para él el baile, su respuesta fue directa, rápida y contundente: "emoción, sentimiento y corazón". Su rostro expresa la sensación de que no pudo haber contestado mejor.

Reitera que no existe ninguna actividad que lo haga sentir como el baile, "yo no tengo otra forma de hacerlo más que bailando, no siento que lo desquite de otra manera, porque te digo que si encontrara otra manera, tendría que tener esas tres cosas que te acabo de mencionar".

Miguel también encontró el equilibrio con su pareja actual. Relata que su primera esposa no compartía su pasión, ahora la mujer que lo acompaña sigue sus pasos al ritmo de la música y se pasea con él en la pista.

Ella aguarda sentada en una silla, Miguel voltea a verla en repetidas ocasiones, se muestra inquieto, incontrolable, escucha atento la próxima pregunta, pero él sabe que es momento de liberarse y en tono apenado lanza una petición:

"¿Me permites bailar una pieza o dos?", la curiosa que lo aborda le sonríe y le dice que adelante, saca su libreta para apuntar esa acción y se dispone a observarlo.

El baile gobierna en la Plaza de Armas

Después de solicitarlo, 'El Pachuco Bailarín' se aproxima a su pareja y lentamente la encamina a fusionar sus pasos de baile en el suelo de ese espacio público.

Sus sombras se proyectan en el pavimento hasta volverse uno, no queda más que vincular las palabras que Miguel mencionara anteriormente para referirse al baile, pues ahí estaba la evidencia de la emoción, sentimiento y corazón que se reflejaban en cada delicado movimiento.

'El pachuco' mira fijamente a su pareja mientras permiten que la música los guíe, él se queda estático con la punta del pie derecho clavado en el piso, ella hace lo suyo al tomarle la mano y hacerlo girar caminando alrededor de él.

De pronto surge la solicitud para una foto, 'el pachuco bailarín' sonríe y abraza al hombre que se acerca con dos niños que también posan ente la cámara para inmortalizar el momento.

Miguel vuelve al baile y toma de la mano a la mujer de vestido negro que lo acompaña desde hace 4 años.

Los testigos de esa escena no apartan la mirada de la pareja que parece rendirle tributo al pasado.

Un baile con fin social

Ya iban a dar las 7 de la tarde cuando en la bocina se deja escuchar: "Pachuco bailarín baila el mambo, pachuco bailaron baila el mambo", pareciera estar sobrentendido que esa pieza es sólo para Miguel, pues pocas parejas permanecen en la pista, las demás se apartan para observar bailar al pachuco.

Así él gobierna la pista, se desgasta los zapatos bicolores, mide el espacio para dar volteretas, se para de puntas, juega con su saco, su sonrisa es parte del disfrute, no hay nadie que se lo impida.

De pronto otro pachuco se planta en aquel piso, se trata de Sergio Carrillo Salas, un carnal de Miguel proveniente de Juárez, que a pesar de sus canas conserva el entusiasmo de presentar sus mejores pasos.

Con un traje café impecable, adornado con una flor roja del lado izquierdo de su saco, un sombrero bien colocado y unos zapatos relucientes, se lanza al escenario y entre risas y aplausos transporta al público, junto con Miguel, a la década del reconocido pachucho de oro: Tin Tan.

Sergio se cansa pronto y decide dejarle la conclusión a Miguel, quien poseído por el ritmo sigue el curso de lo que su corazón le dicta, la canción está a punto de terminar, el pachuco sabe que merece un buen final, mide el espacio y al terminar la canción abre sus piernas para caer como resorte al piso, se levanta y el público se le entrega en aplausos.

Terminando la pieza Miguel sabe que ha dejado una charla pendiente, se limpia el sudor, toma un poco de agua y busca con la mirada a quien quiere contar su vida.

Y en el calor de su último baile y sabiendo que sus palabras serán registradas, reconoció a Sergio Carrillo Salas, como un pachuco de años que nunca ha perdido su identidad.

En ese tenor contó que ambos son parte de la "Asociación Pachucos de Juárez", que encabeza David Villar.

Relata que desde hace tres años realizan eventos para apoyar a personas que lo necesiten, ya sea por una enfermedad o por una carencia, bailan con una función social. Confiesa que él se traslada aquella ciudad "cada vez que la nube tiene agüita".[OBJECT]

Para Miguel ser pachuco es una cuestión de orgullo, expresa que vestirse como tal no es un acto de pena sino de heroísmo, de creer en algo y defenderlo, dice que por si él fuera, se vestiría así todos los días, por lo pronto lo hace cada fin de semana, que es cuando baila en las plazas de Gómez Palacio, Torreón y Lerdo.

"De lunes a viernes para trabajar, y los fines de semanas para bailar", se quita el sombrero y agradece que alguien quiera contar su historia.

"Esta chido que nos volteen a ver", expresa mientras se acomoda un poco el saco. Se despide cordialmente y se aleja para seguir gobernando la pista con su esposa y sus carnales, los pachucos de Juárez.

danielacervantes90@gmail.com

JFR

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