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Domingo , 27.05.2018 / 01:12 Hoy

La generación del 26 de septiembre llega a México…

Familiares de los normalistas desaparecidos fueron acompañados por cientos de personas durante su recorrido desde el Auditorio Nacional hasta el Zócalo para exigir al gobierno que dé respuesta a su demanda: saber qué pasó con sus hijos.

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Juan Pablo Becerra-Acosta M.

Mojada, chorreando agua de lluvia por el rostro como le sucedía a otras miles de personas que se congregaron en el Zócalo al concluir la marcha por el primer aniversario de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, una de las madres de los normalistas tomaba un micrófono y, desde un templete, decía con voz firme:

—No venimos a llorar...

No iban a llorar los padres y madres mutilados de sus hijos aquella noche de Iguala del 26 de septiembre de 2014, pero la verdad es que en sus caras compungidas por el dolor los ojos enrojecidos evidenciaban que las lágrimas sí escurrían de nuevo, como hace un año.

—No venimos a llorar. Venimos a exigir justicia...

Ella y los demás padres, con consignas coreadas por cientos de contingentes, habían repetido una y otra vez lo mismo durante la manifestación: quieren saber qué fue de sus hijos hace 365 días. Quieren saber exactamente qué pasó con cada uno. Quieren saber por qué. Y quieren saber quiénes lo hicieron.

Ya les han dicho lo que supuestamente sucedió, ya les han explicado la llamada "verdad histórica", pero ellos dicen que no. Y por eso no visten de luto. Ataviados en colores ocres, aferrados a una esperanza que se mira inasible, aún aguardan a sus hijos, incluso aquí, en la urbe: miran hacia todos lados, como si los rostros de los normalistas pintados en decenas de pancartas les fueran a devolver la vida a los suyos. Como si de las fotografías sin vida sus hijos desaparecidos fueran a renacer de pronto. Miran y miran con dolor las caras de tantos jóvenes que no son los suyos.

Impertérritos, reiteran a coro mientras caminan: vivos se los llevaron, vivos los queremos. E insisten: lo que llaman "justicia", para ellos significa saber. Estar seguros de qué pasó. Su incredulidad a la narrativa oficial es lo que los hace marchar de nuevo con las imágenes de sus desaparecidos en sus regazos. Eso dicen: "No creemos". Es la negación colectiva lo que los mueve de nuevo a arrastrar sus pies por el asfalto.

Y ahí van, junto a miles de personas que los arropan, la mayoría jóvenes estudiantes de universidades públicas y privadas (UNAM, Poli, normales, ITAM, Ibero), pero también organizaciones sociales y familias, muchas familias de todas clases sociales.

¿Por qué marcha tanta gente? ¿Quiénes son todos estos rubios, morenos y trigueñas? ¿Y estos seres altos y chaparros que protestan por una desgracia ajena? ¿Quiénes son estos gordos y flacos? ¿Quiénes son estas jóvenes de ropa carísima, hipster, o aquellas otras chavas de tenis roídos y playeras de tianguis? ¿De dónde salen estos hombres y mujeres de sombreros y rostros campesinos? ¿De dónde vienen estos adultos jóvenes con pinta de asiduos a restaurantes de Polanco? ¿Qué hacen estas decenas de miles de personas caminando lentamente bajo la lluvia de un sábado cuando podrían estar haciendo otra cosa?

"Es empatía", alega una estudiante del ITAM.

"Es reconocerse a uno mismo en ellos", filosofa un chavo del CCH.

"El 2 de octubre siempre le había quedado muy remoto a la mayoría que protesta en las calles. Era cosa de libros. O de papás. O de abuelos. Ahora tienen su 26 de septiembre", sintetiza un hombre de gafas y bigotillo que dice ser maestro de la UNAM.

"Su dolor es nuestro dolor", se lee en una cartulina que lleva una mujer mayor.

"¿Que si acaso son mis hijos? No, no son mis hijos, pero si fueran tus hijos también los buscaría", se lee en otro papel rectangular que yergue un hombre cincuentón.

Eso es. Ahora un par de generaciones de mexicanos ya tienen su propia desgracia en las venas. Cada año, a partir de hoy, el 26 de septiembre será el día en que los mexicanos que nacieron de 2000 para atrás marcharán por las calles para repudiar todo aquello que huela a sistémico. Y así lo irán haciendo también, al paso de los años, quienes nacieron y nacerán de 2000 en adelante. Así lo están haciendo hoy: marchan y cantan y bailan y lanzan consignas enardecidas contra todo lo que huela a poder: políticos, gobernantes, medios de comunicación.

México ya tiene a sus hijos del 26 de septiembre, a esos miles y miles que dentro de un año, un día como hoy, pero un lunes (el 2016 es año bisiesto), volverán a salir a las calles a gritar y llorar por la desgracia de los 43 estudiantes de Ayotzinapa y sus padres mutilados...

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