México, un sincretismo cosmopolita

La llegada de inmigrantes a nuestro país ha generado una cultura múltiple que puede percibirse en nuestras manifestaciones artísticas, intelectuales y populares; este mínimo recuento de personajes ...
Jorge González Camarena
Jorge González Camarena (Museo Nacional de Historia)

México

Con el descubrimiento de América en 1492, no solo el mundo europeo se enfrentó a su finitud, sino que el resto de ese mundo se interconectó exhibiendo no solo la redondez de un pensamiento hasta entonces plano, sino la diversidad natural, cultural y humana. La configuración de ambos mundos debía reinventarse, y eso fue lo que sucedió.

Quizá desde entonces nos quedó la costumbre y México se asumió cosmopolita, pese a la guerra de castas, la necesidad de algunos criollos de defender su identidad europea y la discriminación a los indígenas. Por fortuna, paralelamente se desarrolló una visión capaz de sintetizar ambas perspectivas. Sincretismo cosmopolita que ha sido vital para la construcción del México moderno. La inmigración ha sido parte de un ejercicio de conocimiento de sí y del otro. Esta convivencia es también una forma creativa de trazar nuevas sociedades.

México fue la joya de la corona española, su valor —además de sus riquezas naturales— estaba en lo que representó del siglo XVI al XVIII: la conexión entre la visión europea, Oriente y el aparentemente “nuevo” continente, que abría la posibilidad de ser otro. El mundo se hacía redondo y la Nueva España se convertía en el ombligo de esa nueva configuración. Por ello fue el sueño de viajeros, que más que pensar en el regreso, añoraban la travesía sin retorno para así reconstruirse en otro espacio y contribuir a la edificación de otra identidad. Sumarse al lugar. Desde Hernán Cortés, Manuel Tolsá y Alexander von Humboldt, pasando por piratas británicos, ingenieros holandeses y mineros ingleses, hasta los peregrinos de comunidades en éxodo perpetuo por motivos religiosos, políticos o económicos, y de ahí a los aventureros que deseaban recomenzar y sostenerse en raíces profundas como las del México antiguo. Así, muchos llegaron para quedarse en estas tierras fundadas por dioses mesoamericanos, y seducidos por el clima, la vegetación, la fauna, la diversidad cultural y, sobre todo, por una cosmovisión distinta y mágica, decidieron quemar sus naves y no solo mezclarse, sino compenetrarse en este territorio, donde se practicaba otra forma de entender la vida.

Los mexicanos somos producto de la mezcla, nuestra identidad es sincrética, híbrida, fundada en la diferencia, y esta certeza es a la vez nuestra gran cualidad y nuestro gran defecto. Las dos caras existen: una apunta hacia la discriminación y la otra, a la conciliación, invitando a ser partícipe de la continuidad de un relato multicultural. De esta manera se han integrado a la cotidianidad mexicana un sinfín de inmigrantes de distintos orígenes que han sido cruciales para el desarrollo de México. Sobre todo las migraciones de los siglos XIX y XX, han contribuido en la definición de la identidad moderna de México. Nuestra hoy riqueza cultural e intelectual, es obra de mexicanos de sangre y mexicanos de corazón.

Existe un sinnúmero de personajes que más allá de apellidos, genéticas diversas y herencias multiculturales, con sus visiones y universos propios han construido a este país hacia adentro y hacia afuera. Frida Kahlo y su padre Guillermo Kahlo forman parte del ideario internacional sobre México, sus raíces alemanas florecieron con identidad mexicana; al igual que las de su compatriota B. Traven, cuyo historia personal es un enigma, y que como pocos escritores ha sabido captar la riqueza cultural mexicana, basta leer su libro Canasta de cuentos mexicanos, o ver las películas El Tesoro de la Sierra Madre, con por Humphrey Bogart y dirigida en 1948 por John Huston, o Macario, dirigida por el mexicano Roberto Gavaldón y nominada al Oscar por la mejor película extranjera en 1961.

Otros ejemplos son los hermanos O’Gorman, hijos de padre irlandés y madre mexicana; la obra de ambos es definitiva en el México contemporáneo; Juan, desde las artes y la arquitectura, es creador del hermoso mural de mosaicos que cubre la biblioteca central de Ciudad Universitaria, Patrimonio Mundial de la Humanidad, y Edmundo, desde las humanidades, es autor de una de las obras fundamentales para entender la idiosincrasia mexicana: La invención de América, de 1958. También de origen binacional: Pedro Armendáriz, hijo de gringa y mexicano, fue la imagen del macho nacional en la Época de Oro de nuestro cine, y un mexicano en Hollywood: fue coprotagonista de James Bond (Sean Connery) en la película From Russia with Love, en 1963.

La lista de los inmigrantes que han hallado en México no solo un hogar, sino una identidad, es larga; entre algunos grandes que han enriquecido la cultura están los alemanes Mathias Goeritz, Walter Reuter y Juan Guzmán (Hans Gutmann Guster); Joy Laville, Leonora Carrington, Helen Escobedo y Melanie Smith de origen inglés; Francis Alÿs, de procedencia belga; el ruso Ivan Illich… pero este es apenas un brevísimo listado que se suma a las historias de olas migratorias como la libanesa, que no solo transformó barrios, como La Merced sino que ha llenado la pantalla del cine, los teatros y las letras mexicanas. Desde Joaquín Pardavé, quien dejó clara esta evidencia en los filmes El baisano Jalil (1942) y El barchante Neguib (1946) —aunque él es de ascendencia española— pasando por los el dramaturgo Héctor Azar, en cuya casa se comían enchiladas con pan árabe o frijoles con jocoque, hasta la actriz Salma Hayek. De igual manera, la llegada de judíos de distintas nacionalidades, ha dejado una estela en el mundo intelectual tan honda como la llegada por los españoles que huían de la Guerra Civil Española, o los argentinos y chilenos que escapaban de las dictaduras… Los nombres, de distintas nacionalidades, continúan: Jacobo y Abraham Zabludovsky, Ludwik Margules, Ramón Xirau, Vicente Rojo, Federico Álvarez, Álvaro Mutis, Augusto Monterroso, Gabriel García Márquez, Juan Gelman… y una lista interminable.

Así también, están esos otros personajes que sin renunciar su nacionalidad, su paso por México marcó su obra: Luis Buñuel, Malcom Lowry, Susan Sontag, Jimmy Durham, John Huston, William Burroughs, D. B.C. Pierre y Roberto Bolaño, entre muchos.

La mirada del otro ha sido imprescindible en la gestación de una identidad mexicana siempre en movimiento.