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Ex presos cambian drogas y delincuencia por autoempleo

Integrantes de la Organización Bandas Unidas, en la colonia Consejo Agrarista, en Iztapalapa, han elegido un camino distinto a la violencia y la drogadicción; hoy venden productos hechos de madera o papel maché. Esta es su historia.

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Las drogas, asaltos y peleas callejeras mantuvieron nueve años en prisión a Filiberto Ramírez Villegas, mejor conocido como El Lobo. Ahora, alejado de las 32 bandas que existen en la colonia Consejo Agrarista Mexicano, Iztapalapa, dedica su energía a las artesanías en madera. Junto a él están dos muletas y una bicicleta que pedalea con la pierna izquierda.

Permaneció preso en los reclusorios Oriente y Sur. Cerca de un año tres meses anduvo en silla de ruedas, pues una balacera le dejó la columna vertebral casi desecha. Acepta que era “el más cabrón” de la colonia Agraria. Contra él iban las balas.

El Lobo forma parte ahora de la organización Bandas Unidas Iztapalapa (BUI), cuyo objetivo es rescatar a jóvenes y niños que consumen droga o que son delincuentes. Para ello promueven la formación de microempresas de arte, con apoyo de la diputada Dione Anguiano.

Según datos oficiales, esa colonia, conocida entre la banda como “La agro”, se formó por invasiones en la década de los setenta y ahora está considerada como de extrema pobreza y alta inseguridad.

Pese a ello, los niños que ahí viven solo cuentan con tres espacios infantiles con cuatro columpios. El resto está inservible desde hace más de cinco años.

DROGAS A TEMPRANA EDAD

Los integrantes de las BUI se reúnen en el denominado Deportivo Chavos Banda, que cuenta con una cancha de futbol rápido de empastado artificial, completamente destruido, desde hace más de siete años. La zona aledaña también está sin mantenimiento.

En tanto, niños y jóvenes de la colonia “buscan refugio y juego en las drogas”. El deportivo siempre huele a mariguana y hay niños de nueve años que ya andan moneando (inhalando thinner), afirma Aldo Omar Sánchez Valdez, de las BUI.

“Las autoridades no hacen nada por impulsar propuestas de diversión o trabajo, nosotros tenemos que jalar a los chavos”.

El coordinador general de las BUI, Enrique Reyes Lugo, recuerda que el deportivo donde ahora trabajan hace 17 años era un “tiradero de carros robados, basurero y zona para peleas entre bandas. Nosotros lo rescatamos”, dice.

Afirma que muchos de sus compañeros han estado en el reclusorio. Unos han pagado y otros siguen allá adentro.

“Dentro de la banda hay chavos buenos para pintar, tatuar y tallar madera, entre otras manualidades”, especifica.

Reyes señala que al salir de prisión los jóvenes tienen complicaciones para conseguir trabajo. Por ello se dedican a generar sus propios productos artísticos, que venden en locales comerciales de Santa Cruz Meyehualco y Pericoapa.

Su primera microempresa se denomino AeroArte y trabajan dibujos de aerografía en cofres de vehículos, playeras, corbatas o tenis.

Igual que el resto de sus compañeros, entrevistados por separado, señala que las autoridades, incluido el jefe delegacional en Iztapalapa, Jesús Valencia, “no nos ayudan”.

Orlando García, El Killer, afirma que dormía y despertaba con la droga. Ahora aprendió la aerografía en Los Ángeles, Estados Unidos, y encabeza la venta en Santa Cruz Meyehualco. Antes tatuaba y grafiteaba.

Dice que todo lo aprendió en las calles, tanto de La agraria, como de la Hank González. “En la calle me drogaba con mariguana y coca y ya supe los que es tocar fondo. Solo vivía para drogarme día y noche. Cuando tatuaba me pagaban con mariguana”.

Afirma que en Iztapalapa es más fácil conseguir piedra, que otra cosa, porque “en la calle hay mucha droga”.

“QUE SE NOS RECONOZCA”

Javier González, El Calas, trabaja el papel mache y vende sus productos en el extranjero, y Ángel González talla madera bajo la técnica de “boleado”.

Javier le ganó la batalla a las adicciones y ahora resalta la enseñanza que le legaron sus padres, quienes hacían piñatas; ahora fabrica calaveras y demonios en papel maché. Informa que cuenta con varios reconocimientos en el extranjero, salvo en México.

“En mi país he tocado puertas en distintos organismos que promueven la cultura para dar a conocer mi trabajo, pero nada. Mis obras fluyen y se venden bien en el extranjero, pero me gustaría un reconocimiento de México, de Iztapalapa y más apoyo”, afirma El Calas.

El caso de Ángel fue diferente, pues ha estado preso dos veces, acusado de fraude con tarjetas de crédito y robo. Su trabajo con la madera lo aprendió cuando estaba preso, lo que lo mantuvo con vida en la prisión.

Ahora todos ellos se dedican a jalar del hoyo (drogas y delincuencia) a los jóvenes de La Agraria.

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