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Estrategia para bajar violencia y adicciones

Karina García y Brisa Aguilar viven en el cerro de Palmitas, en Pachuca, Hidalgo; durante mucho tiempo un conflicto entre vecinos generó que vivieran en un contexto de agresiones, drogas y alcohol.

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Karina, una niña de 15 años tiene guardada en su mente el recuerdo de una de las tantas peleas que hubo en su barrio. Ese día salió de su casa, una de las que hoy están pintadas de colores y es parte del Macromural de Pachuca, vio cómo parte de su familia se peleaba con otros vecinos. Era una batalla campal y recuerda cómo la calle estaba llena de sangre. “Fue algo traumático”, dice, mientras hace un gesto de desaprobación.

“A veces los de acá arriba tomaban y los de abajo igual; entonces, algunos decían un mal comentario y los de mi familia se la llevaban muy a pecho. Empezaban a agarrar piedras, botellas y las lanzaban hacia abajo y los de mi familia hacían lo mismo. Incluso llegaron a hablar a ambulancias, a bomberos, todas las unidades, pero ninguno quería llegar aquí porque sabían que era un barrio muy pesado”, recuerda, mientras conversa sentada en una de las escalinatas en la parte superior del cerro de Palmitas, en donde ya suman siete personas muertas por estos conflictos.

[Foto: Héctor Téllez]

En el barrio la violencia se había generado por un añejo conflicto entre dos familias.

“Les dicen Los Gatos y a los de mi familia de abajo por parte de mi abuelita que ya falleció, nos decían Los Pichoneros”, cuenta Karina, que cuando sea adulta sueña con ser modelo y actriz.

—¿Qué sentías cuando se peleaban?

—Me daba miedo, pero ya con tantas peleas que se fueron dando yo ya las veía normal, o sea me acostumbraron a los pleitos desde pequeña.

Lo mismo sucedía a Brisa una niña de 12 años que se angustiaba cuando desde su casa veía las peleas entre ambas familias. “La primera vez que lloré fue cuando estaba chiquita y se siente feo. Un papá con otro se empiezan a pelear, porque pues quieres mucho a tus papás y no quieres que les pase nada”.

Ella se sentía mal, pero no lloraba porque su madre le ha enseñado que no debe de llorar, aún cuando otros niños sí lo hacían al ver los golpes entre sus padres.


[Foto: Héctor Téllez]

***

¿Pero cómo fue la estrategia para mediar este conflicto? ¿El arte prevención, el Macromural realmente logró incidir?

Roberto Robles es uno de los coordinadores de las cuadrillas que han pintado los más de 40 mil metros cuadrados de casas. Es la tarde de un viernes y junto con un grupo de jóvenes sigue con su misión de pintar muros y no dejar que el mural se deslave.

“Cuando llegamos los invitamos a los vecinos a colaborar con nosotros a pintar, les dimos empleo, porque te comento: cuando llegamos aquí los encontrabas en la esquina, ninguno de los jóvenes trabajaba”, dice Roberto en tanto pinta con un enorme rodillo.

En 2015 comenzó el proyecto del Macromural con el talento del colectivo de artistas de Germen Crew y con el propósito de regenerar el tejido social. Hablaron con las dos familias en disputa y los convencieron de aceptar los empleos y pintar el barrio.

“Al paso del tiempo, cuando menos se dieron cuenta ya estaban juntos trabajando uno con el otro”, cuenta Roberto, que está muy orgulloso de cómo luce el barrio ahora con todas esas franjas de colores intensos que simulan los vientos de Pachuca.


[Foto: Héctor Téllez]

Para pintar el Macromural multicolor en tres años se ha dado empleo a 135 personas, se han utilizado 30 mil litros de pintura y se han invertido más de 10 millones y medio de pesos para colorear 650 casas de 950 familias. Colores en paredes y calles también.

Pero la estrategia no solo era llegar y pintar.

La elaboración comunitaria del Macromural era una herramienta para recuperar el espacio público, que la gente volviera a salir a la calle bajo la premisa de que si los vecinos ocupan el espacio disminuye el riesgo de delincuencia. También se buscaba generar procesos en los que los habitantes del barrio se reunieran para hacer cosas positivas. Por eso la estrategia incluía que la comunidad participara en talleres. La palabra clave era mejorar la convivencia a través de actividades entre vecinos.

“Estaban todos los niños y pintábamos máscaras, pintábamos macetas. Entre nosotros los niños no teníamos problema, los problemas eran entre los grandes; entonces, ellos vieron que nos juntamos, que los niños tuvimos una buena conexión, y ya se fueron calmando”, dice Karina.

Eunice Rendón relata: “Las familias tuvieron una mayor tranquilidad, porque, literal eras o naciste en gatos o en pichoneros, y ya eras enemigo por naturaleza. Ahora ya se unieron un gato y un pichonero y tenemos ya un pequeño bebé que es El gato volador”, dice entre risas.


[Foto: Héctor Téllez]

La pintura del mural comenzó con el apoyo del gobierno federal, a través del Programa Nacional para la Prevención del Delito, pero el proyecto quedó abandonado por falta de recursos. Lo mismo sucedió con todos los planes de prevención de delito a escala nacional. Se pasó de un presupuesto de 2 mil 500 millones de pesos a cero pesos.

La Red Viral y el colectivo de arte Germen Crew, con el apoyo del municipio de Pachuca y la iniciativa privada lograron continuar con esta obra artística y social.

“Vamos a hacer que el país se transforme gracias al arte, al muralismo, a la cultura y sobretodo invitando a las personas y a las comunidades a ser parte de esta transformación”, dice motivado Enrique Gómez, líder de Germen Crew.

Ahora Karina, Brisa y el resto de los niños del barrio viven más tranquilos.

“Como ya está más tranquilo, incluso pasan personas, nos saludan, me siento más familiarizada con las personas de la otra familia porque son muy buena onda, las he tratado y son de lo mejor”, dice Karina.

“Yo me siento bien, porque ahora todo es de colores, es más bonito y ahora es más tranquilo, porque antes no, ni podíamos salir aquí enfrente porque luego luego te empezaban a corretear”, dice Brisa.

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