La ciencia de escalar árboles

En la región de Los Tuxtlas un puñado de científicos mexicanos trepa a las ramas de estos gigantes, a más de 45 metros de altura, para investigar su sistema hidráulico y cómo se adaptan.

Veracruz

Este hombre rompe cualquier arquetipo de científico: botas de fontanero, playera negra con estampado de calacas del Día de muertos, sombrero de explorador sobre su ralo cabello rubio; en una mano una resortera, un trozo pequeño de plomo, hilo de pescar y muchos metros de cuerda; en la otra: una garrocha de casi tres metros de largo que termina en sierra en un extremo y en tijeras en el otro.

Sus tareas son igualmente inimaginables, invierte horas en lanzar con la resortera un plomo atado al hilo de pescar, de un lado al otro de un árbol, cruzando por entre las altas ramas gruesas; cuando lo logra, ata otra cuerda un poco más gruesa y luego otra que sea capaz de soportar el peso de un hombre sin romperse. A veces simplemente no lo consigue y regresa de noche, caminando entre la selva. El objetivo de todo ello es armar un arnés, cambiar el sombrero por un casco de protección, y escalar hasta la punta de un árbol de 45 metros. La garrocha sirve para quitar algo del follaje que impide la visibilidad o las maniobras.

“Los árboles son los organismos más grandes de la Tierra, no son como bichos que simplemente los podemos agarrar y estudiar dándoles vueltas, para analizarlos los tenemos que trepar y llegar a la cima. Escalar los árboles cuando ya tenemos la cuerda y todo el equipo es bastante fácil, hasta divertido”, explica el doctor Mark E. Olson Zunica, investigador del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México.

Por su permanente sonrisa y su afán de hacer bromas, además de la agilidad con la que trepa un árbol, es fácil comprender que lleva muchos años realizando esta tarea y que la disfruta al máximo: “No puedes decir que viniste a la selva si no te llevas el recuerdo de un chocho”, dice riendo al señalar una planta en cuyo tronco y en el borde de sus hojas, que parecen espadas, se alinean innumerables espinas que, en efecto, provocan mucho dolor se les toca por descuido o por evitar una caída. Olson investiga árboles de todo el mundo, incluso los sobrevuela en un parapente motorizado, como sucedió en África en 1998, para investigar las 13 especies de la familia de la planta Moringa. En esta ocasión se encuentra en la Estación de Biología Tropical Los Tuxtlas, del Instituto de Biología de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), ubicada en la falda oriental del Volcán San Martín Tuxtla y al Noreste de Catemaco, Veracruz.

Todos los días escala árboles. Atraviesa la espesura de la selva, elige uno, realiza todo el ceremonial ya descrito y, cuando el plomo no cruza el ramaje recurre a otro recurso: pronunciar palabras altisonantes a todo lo que da su imaginación. Entonces lo logra y sube, toma una rama, una hoja o un trozo de corteza. Investigar árboles, como se ve, es muy divertido, pero también es fundamental para conocer el futuro del planeta y el destino de la humanidad debido a que los árboles son los reactores que quizá más energía y materia mueven en los ecosistemas, la cantidad de hojas que tienen van capturando energía del sol y transformándola en otros tipos de energía.

“Nosotros dependemos en gran medida de lo que producen los árboles y las plantas; por ejemplo, el petróleo es resultado de toda esa energía que capturaron los árboles hace millones de años y se quedó enterrado en la tierra hasta ahora que lo estamos aprovechando nosotros. Conforme se va agotando el petróleo estamos regresando a reconocer la necesidad y la dependencia con las plantas y los ecosistemas que nos rodean”, dice el investigador, egresado de la Universidad de California en Santa Bárbara, en 1992.

Una de los aspectos que más ocupan a Olson en estos tiempos en que el cambio climático es inminente, es cómo un árbol distribuye el agua a lo largo de su cuerpo de 40 metros o más de altura. “La respuesta de por qué y cómo las plantas reaccionan a los climas tiene que ver con cómo suben el agua hasta su rama más alta, a través de los tubitos que tienen en su madera”, dice, y muestra en su microscopio cómo varían de grosor esos tubitos, son más anchos mientras más al pie del árbol están y más angostos cuanto más arriba llegan “es como el sistema Cutzamala: a causa de la resistencia que ofrece la tubería, se hace más angosta conforme más cerca de casa está”.

Este proyecto de muestreo, como lo llaman los especialistas, tiene por objeto conocer a detalle estas formas de vida tan exitosas y aprender de ellas frente a los grandes retos que esperan a la humanidad. ”Este intento de entender cómo el clima afecta la atura de la vegetación a través de sus sistemas hidráulicos, forma parte de un esfuerzo de colaboración internacional. “Tenemos colaboradores en Brasil, Chile, Nueva Caledonia, Australia, Sudáfrica, Pakistán, en los cerros del Himalaya, varias partes de México, Estados Unidos y Europa. Todos trabajando juntos para tratar de abordar este problema”, dice Olson.

En este tramo de selva tropical, donde se realizan más de 70 proyectos de investigación, hay muchos científicos en busca de respuestas que también requieren subir a la cima de un árbol. Y para ello hay tantos estilos como personalidades. El maestro en Ciencias Álvaro Campos Villanueva, por ejemplo, escala sin arnés ni cuerda alguna, apenas agarrándose de las lianas y asegurándose con pies y manos. “Los 20 años que llevo de estancia aquí en la estación son los que llevo trepando para muestrear y, por fortuna, hasta ahora no he tenido ningún accidente. Cuando salgo a muestrear llevo garrocha, cámara y prensa, por eso llevar equipo extra como la cuerda y el arnés me parece que es mucho más peso, entonces evito todo eso que para mí es relativamente incómodo”, dice el especialista.

Campos Villanueva es responsable de la colección botánica de la Estación, que se halla en un herbario y un invernadero, se encarga de mantener y enriquecer la colección de más de seis mil plantas y semillas. “Mi área de investigación —enfatiza— es investigar la diversidad”. Este tema es sumamente importante para nuestro país, uno de los más ricos en biodiversidad: México tiene una superficie de 2 millones de km2, lo que representa el 1 por ciento de la superficie terrestre, en ella se encuentran entre 20 mil y 25 mil especies de plantas, la misma cantidad que hay en el territorio que abarca Estados Unidos, Canadá y Groenlandia, lo que significa el 10 por ciento de la diversidad del mundo. Es decir México tiene en el 1 por ciento de la superficie terrestre el 10 por ciento de la diversidad de plantas. Tan solo en las 600 hectáreas de la Estación Biológica Tropical de la UNAM, hay mil especies de plantas.

El muestreo o recolección de diferentes tipos de plantas tiene muchos usos aquí, especialmente en el laboratorio, un cuarto donde a juzgar por la cantidad de ramas, hojas y trozos de corteza pareciera que pasó un torbellino. En un extremo está la doctora Julieta Rosell, que mediante una máquina mide la resistencia, la fuerza y la flexibilidad de una rama. Primero la analiza con corteza, después sin ella y la máquina alimenta de información una computadora que en la pantalla despliega interminables listas de números además de gráficas.

“Observamos —dice la doctora Rosell, quien también estudia el almacenaje de CO2 en los bosques— que en un mismo lugar hay plantas con tejidos muy densos y muy resistentes creciendo junto a plantas con tejidos mucho más frágiles y flexibles. Una de las preguntas centrales en la ecología actual es precisamente cómo pueden darse esas convivencias de formas de ser tan distintas en un mismo espacio”.

En la mesa de atrás está Ciplactli Jiménez, todavía estudiante de biología, que cada cierto tiempo se desconecta de su vida cotidiana para venir por varias semanas a la selva a apoyar la investigación. Ella se encarga de analizar, clasificar, observar y estudiar las cortezas de los árboles, de las raíces, del tronco y de las ramas. “Nosotros creemos que la corteza juega un papel muy importante en el almacenaje de todos los compuestos para las reservas del árbol. Como sabemos, el cambio climático va a aumentar la temperatura en todo el planeta y va a transformar los ciclos de la lluvia. Los animales sí pueden migrar a un lugar más seguro, pero las plantas no, entonces lo que hacen es guardar todas sus reservas y las usan cuando el clima es seco. Entonces queremos saber cómo están haciendo eso de lo que no se sabe nada, bueno al menos de la corteza no”.

Más allá está Matiss Castorena, otro joven ayudante de la investigación. Manipula analizando y clasificando diferentes muestras de los troncos, para “determinar en qué medida el tejido se va muriendo en cuanto más cerca esté del centro del árbol, estrategia a la recurre el árbol con el objeto de mantener vivo el tejido de la madera”, dice.

Es la vida la que así como yergue milímetro a milímetro a estos gigantes de la selva, también despliega este ejército de investigadores en México y todo el mundo, escuadrones que suben y suben árboles, según su propio estilo, para revelar estos misterios de la naturaleza o quizá solo para evidenciar lo que parece habérsenos olvidado, el respeto que exige la vida misma: “Tenemos que darle un profundo énfasis a la importancia del árbol, de no tumbarlo y de conservar los bosques porque son las grandes fábricas, por así decirlo, de movilización de energía y materia que todos estamos aprovechando y no nos estamos dando cuenta”, remata Castorena mientras la lluvia empieza a caer sobre la selva de Los Tuxtlas.