• Regístrate
Estás leyendo: En el amor y en la guerra, ¡póngale como quiera!
Comparte esta noticia
Lunes , 24.09.2018 / 16:50 Hoy

En el amor y en la guerra, ¡póngale como quiera!

Los padres, sencillos seres que nunca esperaron preguntas rudas, hacen que no oyen.

Publicidad
Publicidad

No lo supo de cierto Jaime Sabines, pero supuso que una mujer y un hombre/ algún día se quieren,/ se van quedando solos poco a poco,/ algo en su corazón les dice que están solos,/ solos sobre la tierra se penetran,/ se van matando el uno al otro.

Suposiciones como la de Sabines se convierten en imágenes, palabras, acciones que se documentan en todos los medios y encienden/incendian el imaginario colectivo, y cansan a Onán, Afrodita, Lesbos, en los primeros escarceos; a diario aparecen y ocultan más de lo que muestran, y entonces, con ustedes: amor, Eros, sexualidad, ternura, lealtad, compromiso, cornudo, tortillera, cachagranizo, plenitud, languidez, orgasmo, estrujo, ensarto, reviro, chupo, apachurro, mojo; deseo, placer, Tanatos, libido, me tiro al suelo y recojo, babeo, mamo, mato al oso a puñaladas, porque nos queremos y amamos y nos damos por donde nos miamos y, como elefantitos, caminamos agarrando la cola con la trompa y, con respeto al derecho ajeno: coso, destapo, lavo, plancho, no despeinamos… y cuidamos chiquitos a domicilio.

Octavio Paz, en La llama doble, escribe de “experiencias de la conjunción del sujeto y del objeto, del yo soy y el tú eres, del ahora y el siempre, el allá y el aquí. No son reducibles a conceptos y solo podemos aludir a ellas con paradojas y con las imágenes de la poesía”, y afirma Paz que “una de estas experiencias es la del amor, en la que la sensación se une al sentimiento y ambas al espíritu”.

Enajenados, se niega a decir el poeta. A cambio, para él, vivimos “la experiencia de la total extrañeza: estamos fuera de nosotros, lanzados hacia la persona amada; y es la experiencia del regreso al origen, a ese lugar que no está en el espacio y que es nuestra patria original. La persona amada es, a un tiempo, tierra incógnita y casa natal, la desconocida y la reconocida.”

Cuando vivimos “la experiencia de la total extrañeza”, la curiosidad lleva a la búsqueda. Los padres, a quienes planteamos primeras dudas, se cimbran. ¿Qué es estar enamorados? Si acaso refieren cómo se conocieron, caminaron por el parque de manita sudada, hubo besitos a hurtadillas, pero ninguna referencia a sus sensaciones, fluidos, desmayos placenteros... ¿Qué es el amor? Se referirán al enamoramiento, sin alusión al oscuro objeto del deseo. Quizá frotaron su libido en lo oscurito, pero ¿comentarlo con los hijos? Allá ellos, a ver cómo averiguan. ¿De dónde vienen los niños? La puerca verdad tuerce el rabo, se esconde “hasta que tengas la edad”. ¿Sabes lo que es coger, mami? El colmo, en vano la escuela, el catecismo. ¡Lavas esa bocota con estropajo y jabón!

Los padres, sencillos seres que nunca esperaron preguntas rudas, hacen que no oyen. En el caso de Puberto, su madre —indígena otomí que devino en auxiliar de enfermería hechiza— superó con facilidad la respuesta a ¿de dónde vienen los niños? De abajo del colchón sacó un libro que conservaba envuelto en un pañal de franela. Manual de sexualidad, se titulaba. Localizó el diagrama donde aparecía el feto dentro del útero: “De aquí vienen, de la panza de mamá”. ¿Y cómo se metió ahí? Metió reversa, usó la sobada imagen de la abejita que de flor en flor va y poliniza y la fecundación, como dando respuesta a la pregunta de Foucault: “¿Cómo, por qué y en qué forma se constituyó la actividad sexual como dominio moral?”

Conforme Puberto crecía se incrementaban las dudas: los grandulones se jactaban de sus novias y el cinco letras, donde hubo “chico, grande y mameluco”. Puberto ponía cara de ¿juat? Una visita a la peluquería dio luz sobre el asunto. El fígaro colocó la bata al cliente, y una revista sobre las piernas del chiquillo de nueve años. Mientras el zip zip zip de las tijeras devastaba la pelambre, en la revista el galán llama a la puerta. Ella abre, se arroja en su pecho; él la desnudó y manos faltan para estrujar y ella grita ahhh, logra zafarse, sobre la cama abre las piernas y suma los ahhh, ughhh, auchhh, tiende los brazos y, oh my god, pide: ven. Y en seguida: mama. Mámame... y él no se hace del rogar y ella centra atención y labios, es la Devoradora de Sables y luego al departamento arriban más parejas, y es batalla campal, relevos australianos, ellos con ellos, ellas con ellas; ellas por ellos ocupadas sin temor a perder anginas o almorranas, y al mismo tiempo atendiendo a sus semejantas.

¿Entendería Puberto a qué se referían los grandulones cuando describían posiciones sexuales como: de a perrito, el 69, el chivito mirando al precipicio, el palito encebado, las piernas de corbata, y tirarse a matar hasta la empuñadura? Tal vez. Después de la historieta porno, nada fue igual. Perdió inocencia, magia, imaginación. Salió conturbado, alelado, más turbado y temeroso que excitado porque, contaba la leyenda urbana, los peluqueros gustan de los pubertos.

Los toscos dibujos le hicieron comprender que las abejitas polinizadoras eran abejorronones mostachones que se introducían entre la selva negra y de ahí emergía aquel chipote chillón que en nueve meses se gestaba. Dudas: ¿José, su marido, no se dio por ofendido cuando María concibió al Salvador? ¿La pareja no es exclusividad de nadie? ¿La homosexualidad se lleva con lesbis y ésta con la bisex? Sí. Nada fue igual.

Salió de la Secun. El CCH Azcapolanco era territorio donde florecía lo que la gente llama libertad. Más lecturas aparecieron. Un día vio a Paola clavadísima en el texto Introducción a la teoría de conjuntos. En realidad leía otro: Fanny Hil. Memorias de una cortesana, novela del inglés John Cleland, según la Wiki, de los libros más perseguidos y censurados, obscenidad en forma de novela. Paola prometió: mañana te lo presto, manis. Puberto lo devoró en el WC, sostenido con la zurda: la diestra rendía culto a Onán. Más que la educación escolarizada, la literatura daba más saber acerca del antiguo mete y saca, del deseo, placer y quereres erotizados y preferencias inusitadas.

A Fanny Hill siguieron: Loto Dorado; Las mujeres de Hsi Men; Grushenska, tres veces mujer; Memorias de una pulga; Obras Completas del Marqués de Sade, ejerciendo los principios de la lectura dinámica: ve a lo hard, lo que de esos libros impresionaba: que hay mucho más allá de la pareja hetero, y que piel y la genitalidad tienen facetas sin fin, como las que explotan los sitios de internet que divulgan el quehacer de profesionales y amateurs porno, lucen sus destrezas en honor al lema: en el amor y en la guerra, todo hoyo es trinchera, aunque en la realidad esas prácticas se invisibilizan y tratan de insanas, “corregibles” con apoyos psicoterapéuticos, médicos, clínicos. La literatura confirma que somos máquinas deseantes, aunque el capitalismo todo lo privatice. Como han señalado Deleuze y Guattari: El hombre es naturaleza. El deseo es revolucionario, cuestiona el orden establecido. El deseo es activo, agresivo, artista, productivo, conquistador. La literatura es también esquizofrenia, proceso de producción sin fin.

*Escritor. Cronista de "Neza".

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.