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Martes , 17.07.2018 / 22:46 Hoy

El "señor" de Donceles 24

Cuentan que Joaquín Dongo se paseaba en él por las noches, lo habían asesinado, ¿busca a los asesinos?, alguna vez escuché sonidos muy temprano contra el pavimento, tal vez soy demasiado miedoso, las historias de mi abuelo no las olvidé.

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Susana Iglesias

Santa Veracruz comienza en la esquina con Valerio Trujano, la calle tiene el nombre de un arriero que se unió a las tropas Insurgentes, acompañó a Morelos hasta Acapulco, como buen hombre de campo, curtido por la dureza del sol, el hambre, el trabajo, resistió con menos de 400 hombres el llamado “Sitio de 111” días en Huajuapan, Oaxaca, organizó el Batallón de San Lorenzo levantó turbas en la mixteca. A todas horas Valerio Trujano luce casi desierta; hace esquina con Reforma. La Santa Veracruz es una calle larga de belleza en ruinas, aquí todavía se respira ese aroma a ciudad vieja, más vieja que el moderno Eje Central, la calle termina antes de cruzar el Eje Central, cruzando se convierte en Donceles: una de las más viejas, en algunos tramos se llamaba: Cordobanes, Chavarría, Puerta Falsa, Montealegre. El nombre de Donceles tiene sus orígenes en 1524, calle brumosa. Farolitos negros por todas partes, el Museo Nacional de Arte con esa pesada armadura reposa como un gigante de piedra labrada que asoma la nariz por la Calle Marconi. Dicen que en estas calles asustan, que se aparece un señor cuya casa está en Donceles, cuentan que muy temprano o por la madrugada sale a caminar bajo la luz de la Luna porque le da baños de amor, porque la Luna está ligada al interior de todos los que habitamos la tierra, no existe una teoría exacta sobre su nacimiento, me gusta pensar que la Luna es un astro independiente que quedó atrapado orbitando. No creo que sea parte de la Tierra, no tendría sentido, no tendría una cara tan luminosa, no es de este planeta, no podría ser un fragmento de un planeta horroroso, ninguna fuerza centrífuga es capaz de formar un astro tan brillante. El Universo con planetas desconocidos, rocosos, lleno de nebulosas es un misterio, tan grande como los secretos que estas calles encierran. Creo en la teoría de que la Luna era un astro independiente que se formó en un lugar alejado, distinto al tiempo que vivimos, lejos del Sol, cerca de Mercurio. Los efectos gravitacionales de planetas más grandes tal vez alteraron todo el sistema expulsándola de ese sitio alejado. Viajó sola durante mucho tiempo, tal vez una noche, ignoro cómo se cuente el tiempo en el espacio, no sé si una noche signifique allá lo que significa aquí la noche, creo que ella se quedó por compasión a observar las desgracias de la Tierra, a darnos un poco de consuelo, es reconfortante mirar la Luna. Los gatos viejos nos conformamos con trago de ron mientras vemos la luna en azoteas de edificios ajenos, ronroneamos en cualquier regazo, vagamos libremente, no somos como los perros, los pateas y vuelven.

Desde mi cuartel la veo todas las noches, cuando se puede claro, a veces llego demasiado cansado. Vivo cerca del Eje Central, en la calle de Violeta, puedo ir y volver caminando del trabajo, me gusta pasar por un ron al Osito, uno de los pocos bares que quedan en la zona, todos los buenos bares nos los acaban de cerrar argumentando mentiras, dicen los díceres que Slim compró el estacionamiento abandonado del Eje Central cerca de Ecuador, no tiene llenadera, ¿qué chingaos hará con tanto dinero?, de todas formas se va a morir, como cualquiera, cenizas o cuerpo podrido, igual que el teporocho que duerme afuera del Mariscala: se voltearán sus ojos mirando la muerte, solo. La librería ubicada en el número 12 de Donceles baja sus cortinas después de las 7:30 de la noche, “La última y nos vamos”, reza un letrero que ofrece 50 por ciento de descuento. En el número 98 de Donceles ocurrió el asesinato múltiple más terrible del que se tenga noticia en la ciudad, antes era el número 13 de la calle de Cordobanes; tal vez por esa razón la calle y sus librerías tienen un ambiente oscuro. El valor de los libros es relativo, hongos, polillas, descuido, aumentan su valor. Buscándole bien encontrarás algunos que valen la pena, con paciencia, debes tener tiempo, horas para rebuscar en los libreros, montones, estantes, de otra forma te desesperarás. Las librerías fueron mi refugio, llegué a sexto de primaria, escogieron darle escuela a mi hermano el más grande, a mi me enviaron a trabajar. Encontré en esos montones de libros todo lo que jamás conocería. Un día me compré un libro de Polonia , traté de hacer el mapa de la Ciudad de México comparándolo con una ciudad que no conozco, en cada esquina trataba de imaginar qué calle sería en Varsovia, al Zócalo lo nombré Krakowskie Przedmiescie. Tengo dos tesoros, ese libro y uno de astronomía que todavía huele a orines de gato, por 8 pesos me mostró el universo, entre libros de recetas de cocina lo encontré, estaba debajo de uno de peinados de los años 70. No hay día en que no agradezca mi suerte, todo se lo debo al señor, nunca me ha dejado. Desde que me encontró, no lo encontré, él me encontró llorando en los baños. Ese día me habían regañado porque una taquillera me acusó de robarle el monedero, después lo encontró, nadie me pidió disculpas. Hoy llegué temprano, el Callejón del 57 está desierto como aquel día que me corrieron. La fiesta de ayer terminó en la madrugada, el suelo está pegajoso de cerveza, un fuerte olor a mezcal inunda el lobby. El piano se ha quedado solo otra vez, vasos de plástico regados. Bolsas negras inmensas se desbordan que crujen cuando las apilo, los objetos que ayer fueron fiesta hoy yacen muertos, todo se apaga. Ya me acostumbré a la soledad. Llegué a principios de 1975, tenía 12 años. El Teatro Virginia Fábregas abrió en 1907, llamado así en honor a una famosa actriz mexicana, mi bisabuelo limpiaba, le heredó abuelo su lugar, después a mi padre, al final me tocó porque no iba a la escuela, en ese año lo renombraron como Teatro Fru Fru. Era un chamaco, no me importaba nada, como el día en que le barrí las patas al Presidente que llegó a buscar a la señora Irma Serrano, sigo enamorado de sus piernas, la miraba escondido desde el último piso mientras bailaba la Venus de Fuego, todavía recuerdo aquella canción que resonaba en el teatro. A veces cuando limpio el recibidor siento que su retrato me vigila. Dejaron un tiradero, se ve que estuvo buena la fiesta, tengo sed, salgo, todavía está la de los jugos, me da tiempo de una torta en La Vasconia, abre a las 7 de la mañana, casi nadie camina por Donceles a estas horas, con miedo me persigno, no vaya a ser, mi abuelo me contaba sobre el asesinato de la familia Dongo, a veces de niño me imaginaba el carruaje, dicen que era elegantísimo. Cuentan que el señor Joaquín Dongo se paseaba en él por las noches, lo habían asesinado, ¿busca a los asesinos?, alguna vez escuché sonidos muy temprano contra el pavimento, tal vez soy demasiado miedoso, las historias de mi abuelo no las olvidé. Recuerdo cuando el señor me encontró llorando, esa mañana no me alcanzó para comprar el desayuno.

—¿Por qué lloras?

—Tengo hambre.

—¿Quieres no tener hambre nunca más?

—¿Por qué?

—Tienes que responder

—Sí.

—Dame tres monedas.

—No se burle de mi, le estoy diciendo que no tengo para el desayuno.

—Tienes tres monedas, dámelas.

—Mire, no le doy nada, se tiene que salir porque ahorita no hay función, ¿cómo se metió?

Y así como llegó, se fue. Durante los siguientes días sufrí mucho, me resbalé en los baños, casi me mato en el último piso, está tan empinado que pude caer desde ahí, tiré el trapeador al escenario. Fue cuando volví a verlo, estaba sentado en un palco, lucía más joven que la primera vez que lo vi.

—¿No te cansas de limpiar?

—No.

—Dame las tres monedas y te cambiará la suerte.

—Y si se las doy… ¿qué?, ¿en qué pueden cambiar las cosas?, déjeme trabajar.

—Si no me das las tres monedas no te dejaré salir.

Ahí lo dejé, seguí limpiando el teatro hasta muy tarde, cuando acabaron las funciones fui al baño, al intentar abrir la puerta no pude, “pinche ruquito”, me dejó encerrado, grité para engañarlo, “te voy a dar las tres monedas”, escuché unos pasos, después silencio, pude abrir. Dejé las monedas en el palco. Días más tarde mientras limpiaba volví a verlo sentado en el mismo lugar.

—Ya lo reporté, lo van a sacar si lo vuelven a ver, mejor váyase.

—Nadie puede sacarme.

—Mugre viejo, ¿crees que me espantas?, ya sé que me dejaste encerrado el otro día en el baño, me abrió el maquillista, ya me dijo.

—El maquillista trabaja conmigo, pregúntale. Parece que eres el único que no sabe quién soy. No eres muy observador.

—Déjeme trabajar.

—Limpia bien el palco.

Se levantó, desapareció en la puerta del palco. Terminé de limpiar los primeros pisos, cuando llegué a su palco, al meter la escoba sentí algo duro, primero pensé que era un gato, después pude ver una bolsa, pensé que el ruco me había dejado basura, al abrirla encontré monedas, eran muchas, de épocas distintas, de países distintos, me las llevé poco a poco, escondí la bolsa en unas cajas de escenografía. Todas las mañanas antes de entrar al teatro le dejo tres monedas. Puedes ver su figura de bronce antes de subir las escaleras que te conducen al lobby, te extiende la mano como un amigo, si tienes suerte podrás verlo en su palco.

Escritora. Autora de la novela "Señorita Vodka" (Tusquets).

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