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Jueves , 18.10.2018 / 17:56 Hoy

[El Santo Oficio] Era tan bella…

Treinta años después del 19 de septiembre de 1985, el amanuense camina por Avenida Juárez y piensa y refrenda su infinito amor por la ciudad.

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El 20 de febrero de 1985, el jefe del Departamento del Distrito Federal, Ramón Aguirre Velázquez, ante un grupo de ecologistas habló de los grandes problemas de desarrollo urbano en la capital del país. Si no se enfrentan oportunamente —dijo— "puede ocurrir una catástrofe". Siete meses después, a las 7:19 del 19 de septiembre, la catástrofe sobrevino para cambiarle el rostro a la Ciudad de México, para llenarlo de oquedades y cicatrices.

El monje revisa monografías, guías turísticas, carteleras cinematográficas y teatrales, anuncios de salas de conciertos, de salones de baile, de bares y centros nocturnos de aquel año. En ellos encuentra imágenes de una ciudad desaparecida; son su pasaporte al reino de la memoria. Recuerda, como si fuera hoy, los momentos de destrucción y muerte, pero también los años, los meses y los días antes de la tragedia. Recuerda los versos de José Emilio Pacheco: "Era tan bella (nos parece ahora)/ esa ciudad que odiábamos y nunca/ volverá a su lugar".

Otros harán en estos días, como en cada aniversario de la catástrofe, el recuento de los muertos y los edificios destruidos; señalarán la ineptitud de las autoridades y el surgimiento de una sociedad civil solidaria y crítica; hablarán de la demagogia de los políticos —de la misma ralea generación tras generación— y de los usufructuarios del dolor humano, los vividores de siempre. Evocarán, tal vez, las palabras proféticas de Efraín Huerta en su poema Avenida Juárez: "Todo parece morir, agonizar, / todo parece polvo mil veces pisado. / La patria es polvo y carne viva, la patria/ debe ser, y no es, la patria/ se la arrancan a uno del corazón/ y el corazón se lo pisan sin ninguna piedad".

Otros volverán la mirada a todo eso, y harán bien. El monje no. Vio la destrucción de su ciudad y quisiera beberse una pócima para borrar esa mañana de espanto, para quedarse solo con aquellos días y, sobre todo, con aquellas noches cuando todo parecía para siempre, cuando a deshoras deambulaba de un lado a otro para escuchar a cancioneros ahora olvidados o ver los espectáculos de las vedettes cuyos nombres resplandecían en las marquesinas de cabarets como el Capri, en la esquina de Juárez y Balderas, en el legendario Hotel Regis.

Quisiera revivir aquellas tardes de verano en el bar del cabaret Nicté Ha, en el Hotel del Prado, con la vista puesta en el mural de Diego Rivera y en las mujeres hermosas —"tan cerca de sus ojos, tan lejos de su vida", como diría Tablada—, mientras bebía ron con coca y fumaba su inevitable Del Prado. Quisiera no olvidar nunca aquellas madrugadas en el Salón Romano, en el cuarto piso del Hotel Alameda, frente al Hemiciclo a Juárez, ni los días de búsqueda incesante de libros de la colección Austral a precio de remate en la vieja librería del Sótano.

Treinta años después del 19 de septiembre de 1985, el amanuense camina por Avenida Juárez y piensa y refrenda su infinito amor por la ciudad.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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