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Sábado , 26.05.2018 / 07:33 Hoy

El mimo Alfvén camina por el Eje Central

Reunir 500 pesos cuando llegue la noche es su máxima esperanza. Se conformaría con 260; no se quejaría si son 180. Y con esos números en la cabeza, comienza a caminar.

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Hugo Roca Joglar

Un mimo. La cara cubierta con pintura gris muy claro; dos estrellas negras le rodean los ojos y labios rojos. Overol sin camisa —todos los botones abrochados; la piel del pecho pintada de blanco—; montoncitos de paja le salen de los brazos y de las gruesas botas cafés para subir montañas. Sombrero de mimbre y las manos desnudas; en la derecha lleva un cuervo de trapo. Un mimo sin guantes vestido de espantapájaros.

—Me llamo Alfvén —el mimo levanta al cuervo y lo pone sobre su cabeza—, y él es Revueltas.

Brillan en el Eje Central las luces rojas de los dos semáforos que detienen el tránsito del Eje 2 Sur, a un costado del Museo del Juguete, y Alfvén corre en la calle entre las despintadas rayas para peatones. Revueltas, el cuervo, a través de algún ingenioso mecanismo de hilos invisibles, vuela sobre la cabeza de Alfvén trazando círculos cada vez más cerrados y de pronto baja como kamikaze una y otra vez para atacarlo; le arranca el sombrero de un picotazo y le pica la cabeza, la nuca, el cuello y los hombros. Alfvén corre, agita inútilmente los brazos y sus labios trazan desesperados gritos mudos. El cuervo —negro azabache, rabiosos ojos sanguíneos y brutal pico largo y afilado como espada— cesa repentinamente su ataque y permanece inmóvil arriba de Alfvén, quien sonríe puerilmente, con alivio y pena, como si fingiera no haber sentido miedo. Limpia su overol con afectados movimientos de manos, recoge el sombrero de la calle y se lo ajusta en la cabeza. Y justo cuando se dispone —tranquilo y ufano— a emprender su regreso a la banqueta, el cuervo se le lanza sobre la cara y le arranca el ojo derecho de un picotazo.

La escena es de un naturalismo descarnado: en efecto, un perfecto ojo de vidrio cae y rueda por la calle, y cuando Alfvén destapa su herida, muestra una cuenca de plástico ensangrentada y vacía. Y así, sin un ojo, el mimo comienza a pedir, coche a coche, monedas a los conductores. El acto duró medio minuto exacto. El cuervo, Revueltas, ha quedado inerte en la calle.

Treinta y siete coches aguardan el siga. Pita el claxon de una camioneta azul. Alfvén se acerca a la ventana del conductor; una mano de mujer le da tres pesos en monedas de uno. Y eso es todo. No hay más dinero para el mimo en este alto. Se encienden las luces naranjas de los dos semáforos. Alfvén regresa a la banqueta y de pronto, justo cuando cambian a verde, brinca hacia la calle; un camión de gas frena en seco a 10 centímetros de su cuerpo y Alfvén rescata de la calle su cuervo y su ojo de vidrio. El conductor le mienta la madre con el claxon. Alfvén sonríe y se vuelve a subir a la banqueta.

—Trabajaré en la calle… —dice Alfvén con voz suave y Jadeante. Jueves 6 de octubre. La una y media de la tarde.— …pero no he perdido mi dignidad de artista circense: en todos mis actos juego al filo del riesgo.

Ha sido un día largo y lo peor aún está por venir para Alfvén: desandar hacia el sur el Eje Central, semáforo a semáforo, con su ropa de espantapájaros, 51 cuadras: desde el Museo del Juguete hasta la calle Necaxa, donde está su casa. Reunir 500 pesos cuando llegue la noche es su máxima esperanza. Se conformaría con 260; no se quejaría si son 180. Y con esos números en la cabeza, en sentido contrario a los coches, el mimo Alfvén comienza a caminar en Eje Central. Lleva a su cuervo, Revueltas, en la mano derecha.

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