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Sábado , 26.05.2018 / 05:40 Hoy

“El cambio no lo va a hacer el gobierno”: Las patronas

Norma Romero, vocera del grupo, deja claro que no buscan dinero, sino el apoyo de corazón para seguir dando la mano a quienes huyen de sus países en busca de empleo.

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Gabriela Jiménez

Sin ningún interés más que el de ayudar, hace 23 años Las Patronas iniciaron su noble labor.

Han sido reconocidas por múltiples organizaciones nacionales e internacionales de derechos humanos, pues todos los días brindan alimento y asistencia a los migrantes mexicanos y centroamericanos que pasan por Veracruz a bordo de La Bestia.

De visita en Monterrey, Norma Romero, vocera del grupo de voluntarias, deja claro que no buscan dinero ni recursos, sino el apoyo de corazón para seguir dando la mano a quienes huyen de sus países en busca de empleo o por inseguridad.

Ella ha sido testigo de la precaria situación de estas personas, a quienes siempre se refiere como “hermanos”. Violencia sexual, robos y accidentes es el pan de cada día para ellos. Pero un vaso de agua puede aliviarles el rato.

Usted habla de que inicialmente hubo un rechazo de la comunidad hacia los migrantes que ustedes ayudaban. En Nuevo León también vemos esa discriminación. ¿Cómo han lidiado ustedes con ello y cómo ha cambiado la mentalidad de las personas que les rodean al ver su labor a través del tiempo?

Al principio la comunidad estaba muy renuente. Empezamos a tratar el tema haciéndoles conciencia, diciéndoles: “mira, él es migrante, no tiene familia aquí, nosotros somos su familia”. La comunidad tiene mucha gente que se ha ido a Estados Unidos a trabajar, así que les pregunto: “¿cómo puedes decir que es un delincuente cuando tú tienes un hijo que se ha marchado, y no porque fuera un delincuente?”. Nuestros familiares se van por la falta de oportunidades, entonces no podemos ponernos en ese papel.

No fue fácil, tardamos unos añitos, pero luego la gente empezó a ver al migrante de una manera diferente. Lo que yo digo es que no les quita el tiempo cuando ya se paró el tren, sacar una jarra de agua, o simplemente nos sobra un taquito de frijol, un taquito de huevo. Con solo uno que comparta, la experiencia le va a cambiar la vida.

También hay algunos que solo nos ven, y piensan que esa es nuestra responsabilidad. No es así, lo que queremos es que se involucren. Una cosa es ir a misa, y otra cosa es entender lo que el Evangelio me está invitando a hacer.

Resulta contradictorio que mientras en México nos quejamos del racismo de Donald Trump contra nuestros paisanos en Estados Unidos, aquí hacemos lo mismo incluso con migrantes de otros estados de la República…

Deberíamos empezar a cambiar nosotros aquí. ¿Cómo voy a pedir que Estados Unidos respete al mexicano, si México por todos lados le da duro a los migrantes? Hay violaciones a sus derechos, maltrato…

Fui a Roma y estuve en Londres para dar mi testimonio, mi vivencia, y me digo: “¿yo qué vengo a hacer a Roma si el problema lo tenemos en México?”. Pero llegas y ves a los migrantes correr porque son perseguidos también en Roma, y te das cuenta de que allá también hay trabajo que hacer, compartiendo con las organizaciones que tienen miedo porque las leyes son diferentes en su país.

¿Qué opina del papel de caridad de la Iglesia ante estas problemáticas sociales? ¿Se ha desentendido?

Yo lo veo como una costumbre, de “vamos al templo” y hasta ahí. Como persona yo doy gracias a Dios por lo que tengo. Tengo una familia que amo, un trabajo con el cual mantengo a mi familia, tengo una familia sana, ¿qué más puedo pedir? Si yo tengo todo eso, voy a tratar de ayudar al migrante o al enfermo, al preso, al niño de la calle.

Muchas veces escucho el “tuve hambre, tuve sed…”, pero solo se dice, no se practica. Vemos los problemas que existen, pero nos hace falta actuar. Si las diferentes iglesias que existen en este país hicieran conciencia de que el migrante es tu hermano, al migrante hay que ayudarlo, esto ya hubiera cambiado.

¿Cómo percibe a los jóvenes de las nuevas generaciones? Aparentemente ahora tienen más apertura e interés en colaborar con estas causas.

Nunca me imaginé tener tanta convivencia con la juventud. Hoy no solo veo menores y jóvenes en el tren, sino que la comunicación que existe con las universidades, el compromiso de los que han aceptado y han dicho: “yo quiero vivir la experiencia, quiero ser voluntario”. Pues vente a vivir la experiencia. Salen tan cambiados, porque piensan: “yo me quejo de algo y ellos están tan amolados, y aún así tienen una sonrisa”. Eso también nos falta, aprender de ellos. No se trata de qué les vas a dar, sino de qué vas a recibir.

Yo considero que el cambio está en Dios y está en la juventud. Si trabajamos con ellos, y los hacemos conscientes de la realidad, esto va a cambiar… porque el cambio no lo va a hacer el Gobierno.

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