Dragones aerostáticos 'toman' Teotihuacán

El quinto Festival Nacional del Globo tuvo por primera vez como escenario este centro ceremonial prehispánico.

Teotihuacán

Esta vez, a Pedro Ángel Corona no le tocó elevarse hacia el cielo abordo de una de esas coloridas criaturas. Él es como su domador. Desde hace unos ocho años aprendió a dirigir los globos aerostáticos que en ese entonces volaban solo como una herramienta de publicidad y que ahora se han convertido en una nueva atracción turística y que ocasiona largas filas de visitantes desde la madrugada para abordarlos.

Anclados en el terreno contiguo del centro ceremonial prehispánico de Teotihuacán, Estado de México, los enormes globos aerostáticos bambolean sus cabezas conforme se van llenando de aire caliente.

Apenas dan las 6 de la mañana y los visitantes van entrando a este predio, que en esta ocasión funciona como escenario del Festival Nacional del Globo. Es su quinta edición, pero la primera que se instala junto a las pirámides de Teotihuacán. Para esta ocasión se estimó una asistencia de 13 mil personas durante las 18 horas que duró.

Después de los vuelos vendría una barra de conciertos que duraron desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, con el cierre de un Dj, y por la noche algunas exhibiciones de globos que, aunque anclados, se elevarían algunos metros para beneplácito de los asistentes.

Las criaturas inflables rugen y arrojan llamaradas. Tan pronto se llenan de aire con un ventilador gigante, se encienden las flamas que calientan su interior, lo que les da el aspecto de dragones alistándose para despegar.

El tiempo apremia. La atmósfera del amanecer es la más indicada para que los 40 globos de esta edición del festival se eleven. En las mañanas, antes de las nueve, hay estabilidad y poco viento, explica Daniel Vázquez, piloto de 38 años que alista uno de los globos.

El alba es el ambiente perfecto para que las criaturas inflables, que pueden adoptar formas de mariachi o de calavera, se deslicen sobre los sembradíos de la región.

“Siempre vas a saber dónde vas a despegar, pero nunca vas a saber dónde vas a bajar. Ahorita vieron varios globos que despegaron y todos van a distinta ruta; arriba hay capas de viento, entonces puedes agarrar una que te lleva a otra dirección”, platica Pedro Ángel, que esta mañana viste una playera descolorida, pero que deja ver los dibujos de globos aerostáticos que la estampan. “Soy un aficionado”. Después de trabajar como chofer, ser piloto de una nave de este tipo le cambió la vida.

“Vine en Uber desde la Ciudad de México, solo para ayudarles con el evento” platica el hombre que a sus más de 60 años ya se pensionó de la empresa en la que aprendió a volar “más allá de las nubes”, como describe una de sus más grandes experiencias, en Puerto Vallarta.

Conforme el Sol va asomándose, los globos se elevan. Toman rumbos distintos, según los lleve el aire. “Solo podemos controlar la altura a la que volamos, pero no el camino”, explica Vázquez. Por lo tanto, no se sabe con exactitud en dónde van a aterrizar. Y solo cuando se desea, se apaga el calentador y se deja que el aire frío haga lo suyo. El globo descenderá en algún sitio amplio que se visualice desde arriba, pero que no había sido planeado. “Eso es lo más bonito de este trabajo, no sabes adónde vas a llegar”.