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Martes , 19.06.2018 / 14:46 Hoy

De vez en cuando el bodorrio

Un año se aventaron de noviazgo Hilda y Lupillo; sin embargo, seis meses de preparativos para la boda por poco dan al traste con ella, por un detalle que a él nunca le cupo en la cabeza.

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Emiliano Pérez Cruz

Si soy yo quien se casa, yo me pongo a mano con los gastos, hija —adujo Lupillo.

La conoció en una tardeada. Él iba con sus cuates a las fiestas, donde el Sonido Suénala complacía a fanáticos de la cumbia. Hilda, muy amiga de Cintia, la novia del Vampis, logró que ella los presentara.

Dos meses anduvo Hilda con Lupillo rondando. Todas las noches la esperaba a la salida del salón de belleza donde laboraba. Lupillo trabajaba en la fábrica de envases. Ella peinaba a novias y quinceañeras. Decidió darle el yes a Lupillo cuando la dejó hacerle rizos; también, cuando aceptó arreglarse los dientes cariados. Se volvieron a ver y Lupillo sonrió hasta que Hilda se percató de su ida al dentista. Cenaron sopes más rápido que de costumbre; consintió que Lupillo la tomara por los hombros y la besara. compraron chicles de menta para menguar el olor a cebolla.

Lupillo comunicó a su madre sus intenciones de casarse, para que convenciera a su padre y fuera al pedimento. Allá tú, le advirtió don José, al fin yo no los mantendré.

Decidieron elegir el vestido de novia: el que Hilda quisiera y ya, que a la hora de la hora todos critican. Lo mismo harían con los muebles, la búsqueda de un departamento en renta y lo que hiciera falta.

Las diferencias surgieron a la hora de escoger invitaciones. Pospusieron la compra hasta coincidir en la elección de las tarjetas. Fue como una mala señal; ese día, cuando Lupillo llegó a la empresa, supo que habría recorte de personal. Tuvo que recurrir a familiares y amigos que apadrinaran cuanto se pudiera. Visitaron parientes (incluso a los que no pensaban invitar). Casi todos pasaban mala situación económica; los cuates de la banda se apuntaron para ser padrinos de música: conjunto tropical y sonido (el Suénala, claro).

No faltaron agrias discusiones entre ambos, que culminaban en lágrimas de ella y consuelos de él. Luego venían los acuerdos, juramentos y justificaciones:

—Al fin que a la madrina de ramo cuándo la volvemos a ver. Salimos del paso y ya. Si por mí fuera, nos fugábamos. Pero a ti te interesa el qué dirán...

Por fin tuvieron padrinos de arras, cojines, lazo, copas, anillos, pastel, velación (misa y gastos de iglesia), libro y rosario, música, bebidas, fotografía, coche y otros...

Los ahorros se fueron como agua. Hilda gastó lo poco que tenía en ropa íntima; sus familiares insistían que ahora se acostumbra llamar al juez civil para que los case a domicilio, esos detalles la gente los toma en cuenta.

—Me cae que ya les gusté para que me agarren de su puerquito.

Hicieron las paces y un viernes fueron al Registro Civil; a la salida comieron sopes y tacos de chicharrón; los padres de Hilda pagaron, y desataron las habladas:

—Pero verá que mañana sí llenamos el buche, compadre —dijo don José al papá de Hilda, quien renegó de emparentar con el peladaje.

Dos días antes del sábado señalado para la boda religiosa, Hilda exigía dinero para ir al salón de belleza, pa’ qué, tú eres rete buena, siempre te has peinado, ya estoy lleno de deudas, ¿qué tus amigas no te estiman? Sí, idiota, pero iré con cara de palo luego que les dije que iría adonde según nosotras trabajan mejor.

Aunque los gastos mayores estaban cubiertos, la cuestión del pelo de la novia aparecía hasta en la sopa: Mejor hubieras hecho como tus hermanos, se fueron al rancho por sus viejas: esas sí son mujeres. Esto te pasa por querer una de la ciudad, decía don José.

Pese a las diferencias entre las familias, la diplomacia campeó. La ceremonia no fue nada del otro mundo; eso dicen las hermanas de Hilda:

—Tanto se cree tu suegro y no dijo: tenga, flores pa’l altar.

Las tías de Lupillo, después de la misa, se dedicaron a recortar a la novia:

—Qué mal gusto del sobrino, mira: la chamaca se pintó hasta las orejas, caray.

A las siete de la noche el vecindario supo que habría desvelo: el Suénala comenzó a probar sus aparatos: Bueno... sí-sí... Bueno... sí, sí: probando, probando.

La comida —cena, pues— fue en casa de los padres de Lupillo. Convenció a Hilda de que alquilar un salón los dejaría sin comer buen rato. Adentro se congregaron los que recibieron invitación. Para ellos, música del conjunto tropical; para los demás, el Sonido Suénala y su repertorio con rock de los 70. Afuera corría pulque y cervezas; adentro, whisky, ron y brandy.

Hilda y Lupillo se veían felices. Al baile de la novia y su suegro convocó el Suénala. Lupillo hizo lo mismo con las mujeres de su nueva familia, el conjunto abrió con la marcha nupcial campechaneada con el Rascapetate y de ahí pa´l real.

Las creticonas se lucieron: ¿Ya viste qué pinche pastel? Mejor hubieran comprado gansitos para todos, les salía menos caro... Cuándo servirán la cena? Va a ser mole, se nota que bajaron del cerro a tamborazos... Cuando me case, hacemos marinas, ensalada rusa, gelatina y pollo rostizado pa’ no perjudicar el estómago del prójimo, ¿verdad? Ni el bolsillo del yerno, comadre; hay que ver lo caro que está todo.

A la hora de pasar la zapatilla de la novia, “para que depositen lo que ustedes gusten”, se dejaron ver las rivalidades disfrazadas de broma: Hijita, dejé la bolsa en el Rolrois, pero no se me olvida ir por ella. Toma este cheque, disculpa que ya los hagan en servilleta. Ay cuñada, ¿vienes a cobrarnos la cena? Hasta le agrias a una el arroz...

El novio se cambió de camisa, para que quien pusiera un billete prendido con alfiler firmara de recuerdo; los cábulas atosigaron a los parientes de ella: No sea marro, ¿nada más 5 mil? Tiene una boca menos qué mantener. ¿Así de agarrados son en su tierra?

Hay que pasar bajo la cola de la novia, que suene a la víbora, víbora de la mar, de la mar; ella arrojará el ramo y las ligas (alguien pide las pantaletas); a Lupillo le pasan el par de copas y la botella de sidra para que brinden los novios y arrojen a sus espaldas los recipientes, ¡con fuerza!, pues si no se rompen los hijos nacen feyones.

El dance acabó al amanecer. No hubo broncas, pero la feria no alcanzó para rentar el departamento apalabrado: un disgusto más a Hilda:

—Ya sabes el dicho, Guadalupe: el muerto y el arrimado, a los tres días apestan.

Hilda y Lupillo fueron de luna de miel a Cuernavaca; el Vampi se prestó a llevarlos en su taxi hasta allá: ¿Cómo que sin luna de miel? Aquí van a poder estrenar chabochamente?

Al regreso, la pareja se instaló en la recámara del hermano Isaac, quien recaló en la del carnal Pancho. Cinco meses después nació Fernando Daniel. De vez en cuando Hilda insiste en buscar departamento. Lupillo la atrae hacia él, la besa en el cuello y optimista dice:

—Qué te falta aquí, vieja. Mejor ahorramos para un terrenito —ataja Lupillo y empuja a Hilda hacia la cama.

—¡Ohhh, ¿ya vas a empezar?! Tengo que lavar —alega Hilda, aunque al final condiciona—: Pero apaga la luz, ¿sí?

*Escritor. Cronista de ‘Neza’.

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