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Martes , 17.07.2018 / 08:59 Hoy

De Tlaxiaco a Francia, previo Detritus Defecal

El artista pinta para ser y entre sus trazos vamos, viajamos. La felicidad, para ser verdadera, debe ser compartida, dicen. Por lo que da a quienes se enfrentan a sus cuadros, se nota feliz en su estudio de la colonia Santa María la Ribera.

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Emiliano Pérez Cruz

El ser artista le viene a Jorge González Barrios desde la infancia. Barrios, como firma sus óleos, gouaches, dibujos y grabados, nació en Tlaxiaco, Oaxaca, y reside en la Ciudad de México desde la adolescencia, a donde arribó para estudiar electromecánica.

En Tlaxiaco vivió su infancia y ambas aparecen como anécdotas y recuperación de la memoria. Jorge universaliza a través de sus creaciones el alma, sentimiento y tierra donde aprendió el oficio de panadero.

Su vocación se impuso: abandonó la ingeniería, cursó estudios de Comunicación Gráfica en la UAM Azcapotzalco (1980-1982) y en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado La Esmeralda (1983-1989). Barrios ha obtenido menciones honoríficas y acumula participaciones en muestras individuales y colectivas, en México y en el extranjero.

Barrios pinta para ser y entre sus trazos vamos, viajamos. La felicidad, para ser verdadera debe ser compartida, dicen. Por lo que da a quienes se enfrentan a sus cuadros, se nota feliz en su estudio de la colonia Santa María la Ribera. Desde el 6 de mayo y hasta el 4 de junio Jorge se maltratará en Ollioules, Francia, invitado por la Boutique Echos d'Art para exponer en su Galerie de l'Olivier el colorido, el humor y la magia de su pintura en la muestra Recuerdos para iluminar.

Jorge acompaña la plática con café negro, chanatón, o un mezcal tobalá o espadilla o ya de perdis y con el pretexto de la calor, unas cervatanas bien muertas, helodias. Barrios se decide por las artes plásticas, dice, por el placer de los colores; por ver y convivir directamente con la naturaleza:

"Me acuerdo de cuando niños en la panadería de mi hermano en Tlaxiaco, previo a los Días de Muertos: hacíamos pinceles con espigas secas de maíz, machacábamos una punta y decorábamos el pan que llenaba las tablas. Era cosa de tirarse a pintar rápido el pan, con distintos colores. Hacía lo que se me ocurría; de ahí me viene lo artesanal en la plástica, el barroco que a fin de cuentas trae uno.

"Fuimos cinco hermanos y trabajamos el pan para subsistir; estudiábamos, llegando amasábamos y a eso de las nueve de la noche, con la última hornada, nos íbamos a dormir. Ninguno se dedicaba al arte, me nació el gusto en la infancia: tenía un álbum de la historia de México con estampitas; quería rehacer esas imágenes, integrarles otros dibujos: paisaje y la fauna vecinas. En lo que pinto revivo mi infancia: nahuales que se transforman en gente, bolas de fuego que volaban de un cerro; uno lo relacionaba con el mal. Nahuales y chamanes y brujos y curanderos me quedaron como herencia cultural, por tradición oral. Luego leí Las enseñanzas de Don Juan, de Carlos Castaneda, y reviví esa etapa, los conocimientos del pueblo, los curanderos que atendían a la gente con hierbas, ritos. Algo de eso capturo en mis lienzos.

"Vine a México, DF, porque en la mixteca no había escuelas de arte. Algo chusco: mis primeros dibujos salieron en Santo, el Enmascarado de Plata, historieta que editaba José G. Cruz: convocaba concursos de dibujo. Gané mi máscara. En otra, El Valiente, gané 25 pesotes, el primer lugar. Eso me incentivó: dibujaba sobre los bultos de harina mientras esperaba que el pan soltara, fermentara, esponjara. Dibujar es mi gran placer de perder el tiempo.

"En la ciudad visité una primera exposición, de Saturnino Herrán; fue un gusto ver que a partir del dibujo se podían hacer muchas cosas. Luego conocí obra de Paul Klee, Kandinski, Picasso, Alechinsky... Conjuntan lo emocional y lo informal, nomás por el puro placer de sentir la pintura, la materia a fin de cuentas, sin academicismos.

No pensaba sobrevivir del oficio de pintor. Estudié en una escuela de mi pueblo electromecánica: me esperaba una ingeniería afín. Pero me gustaba el dibujo y entré a trabajar al Crea en Diseño Gráfico como aprendiz de ilustrador. Conocí a quien me llevó a la Escuela de Pintura La Esmeralda. Hice el examen. Había maestros muy buenos: más que a pintar te enseñaban a ver, a entender la pintura, a desarrollar la sensibilidad. Estudié grabado, porque en la escuela existían talleres bien equipados y la pintura podía hacerla en casa.

"Había que aprender cómo grabar en metal, el tiempo de los ácidos, de los barnices... Es un laboratorio para experimentar, sentir la textura de la madera, tallar; captar los aromas del cedro y la caoba te dan libertad.

—En tu pintura se advierte gran carga de humor, erotismo.

—El color me atrae, el óleo en especial. Y sí, hay cierto humor: involuntario; cierta ironía. Y la música: es determinante; estoy metido en la pintura que el disco se acaba y sigo escuchándola, me da ritmo; me incita, sugiere tonalidades, imágenes. La literatura también: formas, elementos, conceptos. Más que nada te sugiere libertad. La temática sigue siendo paisajes con figuraciones. En mis cuadros pinto zanates, en una época abundaron en mi pueblo... Llegaban en parvadas y el cielo ennegrecía, arrasaban la milpa, el maíz tierno. De niño me ponían a espantarlos y le valía gorro a los pájaros. La música depende mi estado de ánimo. Con frecuencia me inclino por la minimalista. Mucho. Bach me gusta, Mahler. Daniel Santos, la Sonora Santanera, la Matancera. Surge la necesidad de música para seguir pintando.

"El erotismo es importante, me viene de convivir mucho con la naturaleza; cuando niño veía ayuntarse a los animales, de lo más natural; el parto de una vaca. Me la paso en casa pintando, oyendo música; creo que la ciudad no me afecta en gran medida... Casi siempre estoy recordando, y con mucha frecuencia a mi pueblo.

—Vives para tu vocación, haces supremos esfuerzos para tu manutención...

—El diseño gráfico y la ilustración me permiten trabajar de free lancer; he colaborado lo mismo en revistas para adultos que en publicaciones para niños. Es toda una experiencia, por la variedad de las solicitudes; difícil separar la ilustración de la pintura cuando está uno dedicado a ella; tiende a dársele un trato diferente; tiene que ser realista para ser entendible, independiente, valer por sí misma y apoyar al texto, pero es muy importante.

—¿Los editores aprecian y respetan el trabajo artístico?

—Algunos son muy abiertos y otros sin mayor justificación rechazan el material, sin tomar en cuenta el tiempo invertido. No te pagan anticipo y al final salen con que la ilustración fue agresiva, inmoral... Pocos discuten la calidad plástica. Cuando me rechazan guardo la ilustración con cariño especial. Lo ideal es dedicarte a lo tuyo, disfrutar lo que haces, sin nadie correteándote para que cumplas el encargo.

—El mercado del arte en México, ¿alcanza para los artistas en ejercicio y para los que vienen detrás?

—Creo que es amplio y que hay para todos, aunque cada vez sale más gente de las escuelas. Yo vendía entre los cuates que iban a la casa: les gustaba algo y se lo llevaban; ahí empieza el mercado y la obra se hace para todo público, aunque hay uno especializado que va a las galerías y está adquiriendo mis obras.

*Escritor. Cronista de 'Neza'

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