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Domingo , 27.05.2018 / 03:38 Hoy

De Dios al gobierno, la disputa por el amor indio

San Juan de Ocotán, un pueblo indio de Zapopan, se dividió entre la fe sencilla de sus parroquianos y las promesas, finalmente cumplidas, del agrarismo (V y última parte)

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Agustín del Castillo

Doña Beatriz González, anciana de piel cobriza de la vieja comunidad de San Juan de Ocotán, en Zapopan, es hija orgullosa de un cristero, Tereso González Vázquez, y a los cuatro años de edad comenzó a padecer en su cuerpo y su conciencia, y a enfrentar socialmente, el conflicto religioso que escindió la engañosa armonía de su pueblo.

“Don Tereso iba con el siglo; tenía un periodiquito, y recuerdo que él decía que se iba a ir, que tenía una misión; se iba con un disfraz, porque si le encontraban esos periódicos lo mataban; era listo, tenía una canasta pescadora como con la que cortan el maíz, la llenaba de lozas, y amero abajo ponía una cazuela grande, y ahí metía el periodiquito, y pos ya le ponía más trastes encima y ya no lo veían […] y andaba por muchos pueblos, y se lo entregaba a pura gente buena, y el Señor nos lo cuidó, nunca le pasó nada”, señala, sentada en el fresco zagúan de su casa de la calle San Juan, a dos cuadras de la histórica iglesia de cantera oscura dedicada a San Juan Bautista, de 1779, que ha vertebrado por más de dos siglos la identidad precaria y violentada del poblado, una historia similar a la de otros pueblos aborígenes, que también se refleja en la fiesta de los tastoanes del mes de julio: una frenética danza guerrera de moros contra cristianos guiados por Santo Santiago, evangelización fast track para la ingenua humanidad del Nuevo Mundo.

Doña Beatriz pronto cumplirá 95 años y tiene el más alto respeto de sus vecinos. Irónica, ocurrente, pacífica y conciliadora, ha sostenido desde muy temprano sus verdades de fe, mérito nada menor en un tiempo en que la profesión pública significaba cárcel y acoso, y posteriormente ayudó a que la división causada por el agrarismo militante del poblado, la disyuntiva del amor a Dios o al “papá Gobierno”, fuera borrada bajo la eficaz fórmula evangélica de la distinción de los deberes con el césar y con la divinidad (Mateo 22, 15-21).

“Es que el gobierno estaba unido, y la gente no comprendía nada de eso, pero sobre todo no comprendían que Dios es la mera unidad del gobierno, y ya de ahí dependen y vienen todos los presidentes y gobernantes; todo eso es verdad y se necesitaba explicar […] yo veía a mí papá que salía con su canastita, ‘ya me voy’, le avisaba a mi mamá, ‘a ver cuándo regreso, pídanle a Dios por mí’; se iba a los ranchos, ‘el Señor me va dirigiendo’, decía; e iba dando con personas de la misma religión, y no le pasó nada, así anduvo, hasta que ya después, todo se fue aplacando…”.

- ¿No se permitían las misas ni las ceremonias en el templo?

- Sí, no dejaban; recuerdo que yo seguía a mi abuelita desde que estaba chiquilla, e íbamos a rezar el rosario, a escondidas, ahí donde está el jardín; estaba encerrado con adobe todo, por una puerta entrábamos a dé a una o de a dos, y había tres puertas, una aquí en la calle San Juan, otra en la 5 de mayo y la otra en Juárez […] no había ni sillas ni nada, estábamos bien pobres; ahí nos poníamos a rezar con un señor que se entendía con la parroquia, que aún no era parroquia, era una capilla...

- ¿Y era nomás para el rosario o había misa?

- No, no había sacerdote, había misa los domingos nada más, pero había que ir a Zapopan, o había que agarrar caballo para traer al sacerdote, y pues no había trasporte; iba uno atravesando sembradíos, había una vereda que llevaba a Zapopan, hacíamos tres horas a pie; los sacerdotes también andaban a caballo, pasaban por el rio de Zapopan, era un río muy bonito que aún está, pero pos ya lo entubaron, y por ahí nos íbamos caminando. Como tres horas para llegar, y ya al otro día venir, porque nos quedábamos allá, en la parroquia había unos corredores. Llegábamos al templo de San Pedro, allí se bautizaba a los niños e íbamos a misa. Allí me tocó casarme, y me casé de negro…

(Fotos antiguas después de un evento religioso)

Dibuja una breve sonrisa que sugiere cierto gusto por el desconcierto del interlocutor. Nada fúnebre, fue solo una expresión más de la pobreza material. “No teníamos nada, nos fuimos caminando a Zapopan y que agarra una tormenta, y llegamos como pollos, empapados de agua, y dijo la hermana del padre: oye, no traes nada, qué te pones; ‘pos no traigo nada’, pero antes se usaba que con lo que usara uno de vestido lo casaban […] el padre se llamaba José García, y su hermana me dijo: yo nomás tengo puros vestidos negros, ah pos no le hace, así que exprimí el que traía y lo tendí, y me puse el vestido negro. Tenía cerca de 18 años, y ya había pasado la guerra, y aunque se supone que no había persecución, en realidad sí había: pero con las mismas personas de aquí, los agraristas de la mesa directiva, perseguían al gente, hasta Zapopan, y los metían a la cárcel, pero no les hacían caso”.

- Pero, ¿Por qué los perseguían?

- Pues porque rezábamos el rosario. Querían quedar bien con el gobierno. Es que eso de la paz fue poco a poquito; la gente no tenía carácter, íbamos poquitas personas en las procesiones del Sagrado Corazón –el Sagrado Corazón es el mismo dios, tiene varios nombre, es como la Virgen, que tiene muchos nombres, pero es una sola, acota-; a mí me gustó eso y yo seguía a mi abuelita, se llamaba Margarita Vázquez Mora, madre de mi papá; salíamos con los estandartes rezando el rosario; mi abuela me decía: hija, no me sigas porque te apresan; yo le contestaba: ah no le hace, a mí me gusta estar en la cárcel.

- ¿Aunque fuera menor de edad la metieron a la cárcel?

- Sí. Aquí en el pueblo la cárcel era un cuarto oscuro con una puerta con quince agujeros, en la casa ejidal. Fue por varios años. A veces metían a una señora grande, Mónica, y ella se agarraba rezando el rosario y cantaba, pero fuerte, hacia adentro, tenía una voz muy bonita: ‘la Virgen María es nuestra protectora, es nuestra defensora, no hay nada que temer; somos cristianos, somos mexicanos, guerra, guerra contra Lucifer’. A estos señores les daba mucho coraje. Ya después se fueron muriendo y con el paso de los años se calmó. Ellos andaban con el agrarismo, querían a Zapata y todo eso.

A los diez años, la niña Beatriz, que nunca había ido a la escuela, sabía leer y escribir y enseñaba catecismo en la capilla aunque la acosaran y burlaran los viejos agraristas. “Yo me sentaba con seis señoras para enseñarlas a persignar, el Padre Nuestro, el Ave María, lo de todo buen cristiano, y no le hacía caso a los señores, ellos se sentaban ahí, fumando, con sus sombreros puestos, adentro de la capilla. Nomás me veían, riéndose a carcajadas”.

POBREZA Y PACIENCIA

Si Zapopan estaba a tres horas, Guadalajara estaba a cinco. Y el recorrido era con los mismos medios: a pie.

“Yo estaba chiquilla, tenía doce o trece años; me llevó mi abuelita porque ella vendía cositas para ayudarse, y para ayudar a mi papá; tenían a un hermano ciego de los dos ojos, le salieron viruelas y se quedó cieguito. Vendía nopales, vendía flores, girasoles, cuando había, en las lluvias; estaban los potreros llenos de girasoles amarrillos y blancos, se daban solos, en plan de El Bajío, íbamos y los cortábamos, para vender. Luego se daban las salamarias, unas flores grandotas, muy bonitas. Lo echábamos en canastas. También juntábamos piedra pómez, se usaba para limpiar comales y había mucha en El Bajío. Salíamos a las cuatro de la mañana y llegábamos a las nueve, como tres o cuatro veces por semana…”.

Mientras, don Tereso trabajaba de jornalero “y con sus burritos iba al cerro de La Ratonera, allá por La Primavera, cortaba y acarreaba leña para vender, no había estufas antes; él llevaba su leña a vender, y nosotros caminando, estábamos impuestos a caminar”. Cuando se casó, a su esposo le tocaron tierras ejidales, y la pareja a mano limpia la trabajaba y la hacía producir.

El padre de Beatriz vivió 75 años. Su esposo se fue, diez años después. Todavía vive una de sus hermanas menores: Zenaida. Va a los oficios religiosos, pero la deben mover en silla de ruedas. También escucha con dificultad. Pero es incurablemente optimista. “En mi larga vida nunca he amanecido de malas, qué quiere”, se ufana. Tuvo 12 hijos pero solamente cuatro llegaron a adultos, piensa que es porque no estaba bien de la sangre, y había médicos pero no medicinas para curarse. Uno se le murió a los ocho días, otro a los dos años. Ninguno rebasó los cuatro. De los que llegaron a adultos, uno de ellos arrebató las tierras heredadas por su esposo y las vendió, para desconsuelo de la viuda y daño al precario patrimonio familiar. Beatriz lamenta la decisión pero no siente rencor. Dice que los bienes materiales no se llevan a la verdadera vida que espera después de la muerte.

Eso les enseñó su padre: “ustedes nunca estén en contra de la iglesia, porque vamos a morirnos, y si morimos y estamos en contra, vamos a morir como un perrito, como un animalito, sin Dios y sin nada, y tenemos un alma que salvar; así que tenemos que luchar para que no nos perdamos, sino luchamos nos perdemos, y perdemos el alma para siempre”.

(Muchos fueron perseguidos por sus creencias religiosas)

Los antiguos jacobinos han regresado, con los años, al templo, en lo cual no tiene mérito menor su labor conciliadora. Curiosamente, ellos combatían como superstición una tradición que doña Beatriz no le consta que conserve San Juan de Ocotán: la brujería y la magia. Algunos agraristas “les pegaban a la mujeres que porque eran brujas”. Son solo historias que le han llegado.

“A mí no me consta; mi papá decía que una vez, en la víspera de su cumpleaños, que era el 15 de octubre, andaba en las tejas, y alguien le dijo: oye Tereso, mañana es tu cumpleaños, y empezó a tocarle música de tambor. ‘Bueno ya vete, no toques esa música, no le des tu alma al diablo sino a Dios, y empezó a rezar”.

El poblado escondido en la orilla del valle de Tesistán, tierra maicera como ninguna en los tiempos de la “revolución verde” (1940-1980), fue absorbido por el gigantismo de la alguna vez lejana capital de Jalisco. Hoy está conurbado, y con problemas sociales que eran desconocidos, como la inseguridad y la violencia más crudas.

¿Vio cristeros muertos? “Nunca, había mucho chisme y habladuría, no nos dejaban rezar, pero eso no sucedió aquí”, advierte. “Ahora a uno lo arrebatan: hace como dos o tres años, se paró casi en frente de aquí un carro, se bajaron y agarraron a un muchacho, era mi bisnieto, y hasta ahora no aparece. Es muy triste...”.
Doña Beatriz sabe que en algún momento será “llamada”, pero tiene plena confianza. Los “limpios de corazón”, esa reducida prole de humanidad a la que parece pertenecer sin haberlo decidido –cosa del carácter, quizás- tienen la promesa insondable e indefinible de que algún día podrán “mirar a Dios” (San Mateo, 5 1-12).

LA FRASE

“[…] Por la fe católica los indios, en situación de orfandad, rotos los lazos con sus antiguas culturas, muertos sus dioses tanto como sus ciudades, encuentran un lugar en el mundo. Esa posibilidad de pertenecer a un orden vivo, así fuese en la base de la pirámide social, les fue despiadadamente negada a los nativos por los protestantes de Nueva Inglaterra. Se olvida con frecuencia que pertenecer a la fe católica significaba encontrar un sitio en el Cosmos. La huida de los dioses y la muerte de los jefes habían dejado al indígena en una soledad tan completa como difícil de imaginar para un hombre moderno. El catolicismo le hace reanudar sus lazos con el mundo y el trasmundo. Devuelve sentido a su presencia en la tierra, alimenta sus esperanzas y justifica su vida y su muerte”.

Octavio Paz, El laberinto de la soledad

MC

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