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Miércoles , 15.08.2018 / 01:20 Hoy

Cuando estuve cerca de ahogarme en Los Cabos

Marcelo Garza Lagüera relata su experiencia al borde de la muerte en este sitio paradisiaco donde las olas y el mar fueron su peor enemigo.

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He estado recibiendo muchas llamadas y mensajes de apoyo, después de mi desafortunada experiencia en el mar de Los Cabos, y por eso estoy infinitamente agradecido. Lo que viví no se lo deseo a nadie; fue una experiencia de mucho sufrimiento físico y emocional.

Al salir el 24 de julio del 2016 a la playa, nunca me imaginé que iba a llegar a estar en algún peligro; de hecho, todo se veía muy bien, en la playa no había mucha gente y todo parecía tranquilo. Ya era después de las 5:30 pm, y el sol ya no estaba tan fuerte cuando bajé a la playa con toda la familia Kalifa; y como buen papá, me puse a jugar con mis niños en la arena.

El mar estaba muy picado y las olas eran muy grandes, y eso para mí se veía muy atractivo, puesto que siempre me ha gustado nadar con las olas, pero yo estaba ocupado con mi trabajo de papá.

Mi suegro, mi cuñada y mi concuño fueron a meterse al mar, y mi niña más grande me pidió que a ella también la llevara, así que dejé la pala y la cubeta a un lado y no desaproveché la invitación de ir al agua.

Con ella a un lado, no podía meterme hasta donde quería, sólo me metía lo suficiente como para que el agua llegara a mojarnos los tobillos, pero llegó su mamá y le dije a mi niña que me iba a meter con su abuelo un ratito, que no tardaba, que ahí me esperara. Como si tuviera prisa, corrí para lanzarme a las olas y alcanzar a mi suegro.

Sólo de pensar en ese momento en que dejé a mi princesa y decidí meterme al mar hace que se me revuelva el estómago. Muy rápido llegué al punto en donde estaban mi suegro, mi cuñada y mi concuño, estuve con ellos por un momento, y luego decidí ir un poco más hacia dentro del mar.

Había hecho lo mismo ese día por la mañana y no había tenido ningún problema, pero no estaba pensando que las olas no eran las mismas que en la mañana; además, no sabía que el huracán Frank se estaba aproximando a Los Cabos y que eso generaba corrientes muy fuertes.

Sea como sea, caminé sólo un poco más al frente de ellos, porque no me animaba a ir a las olas más grandes que se formaban varios metros hacia dentro del mar. Mi cuñada me quiso acompañar, pero afortunadamente mi suegro la detuvo.

Esos pasos que di en frente de ellos fueron suficientes como para que la corriente de agua, que se formaba en esa zona, me jalara hacia el mar. Muy rápido dejé de pisar la arena, pero no me preocupé mucho, yo siempre pensé que no había problema, que cuando decidiera regresar no iba a tener problema; sólo necesitaba esperar una buena ola y me iba a arrastrar hacia la orilla, pero estaba equivocado.

Las olas me estuvieron cansando, y la corriente me llevaba cada vez más lejos, pero por otro lado veía que había una persona que estaba a la misma altura que yo pero varios metros hacia un lado, y por alguna extraña razón, eso me daba tranquilidad.

Después de un tiempo, ya no vi a nadie que estuviera tan lejos, y traté de nadar hacia la playa con más fuerza, pero ya era demasiado tarde. Trataba de nadar hacia la orilla sin lograr avanzar un centímetro, para entonces el mar ya me había jalado hasta en donde se formaban las olas más grandes y yo veía a todos muy lejos.

Estuve desgastándome físicamente pero sin entrar en pánico, todavía pensaba que eventualmente iba a tocar la arena en el fondo e iba poder salir caminando. Llegó un punto en que ya estaba agotado y me empecé a poner nervioso, luego vi que en la orilla se habían dado cuenta de mi situación, vi a mi suegro correr hacia el mar, y oí apenas lo ecos de los gritos de mi mujer, entonces traté de hacer señas de que ya no podía más.

Yo creo que en ese momento yo ya llevaba unos 15 minutos en el agua y estaba a unos 75 metros de la orilla, pero parecía que había pasado una eternidad y que estaba en un lugar desierto.

Varias personas trataron de acercarse a mí, pero no se arriesgaban a llegar tan lejos; las olas eran demasiado grandes, y el mar jalaba con demasiada fuerza. Mi esposa entonces corrió como loca tratando de buscar ayuda, levantó a un gringo de su camastro que se veía que tenía buena condición física y le pidió que me ayudara, esta persona se levantó corriendo y se lanzó a ayudarme, a pesar de que su mujer lo trató de detener.

Yo veía cómo se acercaba a mí y sentía un alivio, pero no podía entender como me iba a ayudar. Me gritó que cómo estaba y yo le contesté que terrible, que ya estaba muy cansado y que no podía seguir nadando. Se logró acercar lo suficiente como para darme la mano y tratar de jalarme, pero era en vano, no había nada que pudiera hacer sin un salvavidas.

Él también se cansó, pero logró regresar a la playa. Este momento fue el más difícil para mí, sentí una soledad horrible, veía a la gente preocupada, y gritando, pero muy lejos de mí, sentía que nadie podía hacer nada para ayudarme, y que mi cuerpo ya no daba más.

Entre cada ola gigante que me arrollaba cada dos segundos como un camión, pensé en mi esposa y mis hijos, pensé en los sueños que yo tenía, pensé en que los quería ver crecer, pensé en el futuro, no en el pasado, y cuando ya no podía más, empecé a pensar en lo más triste.

Podría sonar difícil de creer, pero es real, de un momento a otro se fueron esas imágenes de mi cabeza y empecé a resignarme, lo único que pensé fue en lo terrible que iba a ser ahogarme, pensaba en cómo iba a dar mi primer trago de agua, si era mejor hundirme y dar un trago de golpe, o ir tragando agua despacio, pero creía que estaba a unos minutos de ahogarme.

No sentía miedo a morirme, no tuve remordimientos de ningún tipo, sólo sentía pavor de la forma en que iba a suceder. No tengo palabras para describir estos sentimientos, me acuerdo de la imagen de mucha gente en la playa gritando, tratando de animarme, y de cómo no podía yo acercarme a ellos y me salen lágrimas.

Me di cuenta que no podía ganarle al mar y decidí renunciar a seguir luchando por llegar a la playa. Me volteé boca arriba y traté de aguantar lo más posible con la esperanza de que llegara un equipo con motor, porque no veía otra forma en que pudiera salir vivo.

Sabía que así podía aguantar un poco más, pero no mucho más, porque cada dos segundos me caía una ola gigante encima y me revolcaba. En ese momento empecé a escuchar a la gente gritarme que no me volteara, no entendía porque gritaban eso, pero pensaba que quizá así no me podían ver, así que constantemente volvía a voltear a la playa.

Respirar era cada vez un reto más difícil. En una ocasión que voltee a hacia la orilla vi a mi suegro a lo lejos y podía sentir su angustia, pero yo ya no tenía fuerzas para gritar y sólo le hice una seña con la mano derecha apuntando el dedo pulgar hacia abajo.

No pasó mucho tiempo, cuando vi a una persona que estaba tratando de acercarse a mí con un salvavidas, ahí recobré la esperanza, y volví a luchar por acercarme a él. Ya mis músculos estaban totalmente acabados, pero saqué fuerzas que no pensé que tenía, hasta que me acerqué lo suficiente como para tocar el flotador que era en forma de dona.

En cuanto lo sentí, lo abracé con todas las fuerzas que me quedaban. La persona que me lo llevó se tuvo que regresar inmediatamente, y otra vez volví a estar sólo, aunque en esta ocasión con un flotador de unicel que servía de adorno en un bar, y que jamás hubiera pensado que podría servir para otra cosa más que para decorar una pared.

Por unos instantes cambió mi ánimo, pero por más que trataba de nadar hacia la orilla, no avanzaba, y en cada ola que me revolcaba era un verdadero reto no soltar esa dona. La persona que me llevó el salvavidas se dio cuenta que yo no iba a poder salir, y empezó a gritar que necesitaba una cuerda o un mecate para jalarme, y vi a muchísima gente en la playa cargando un mecate con unos postes de madera llevándolos hacia el mar.

Yo no veía cómo iban a hacerme llegar esa cuerda, y sólo le gritaba a esta persona que por favor buscaran algo con motor. En ese momento vi que otra persona se había metido al mar a tratar de ayudarme y tratando de acercarse a mí, la corriente se lo estaba llevando más lejos.

Lo volteé a ver y me gritó "¿Cómo vas? ¿Verdaderamente ya no puedes?", yo le contesté que verdaderamente ya no podía, que estaba a punto de soltar el salvavidas, y él me respondió que él tampoco podía, pero que aguantara, que sí podíamos salir. Logramos juntarnos y los dos agarramos el salvavidas.

Me insistió en que tratara de nadar con las olas para que me acercaran a la orilla, pero yo ya no tenía fuerzas. Luego vimos que venía una ola grande y me dijo "Esta es la buena, agárrala", y me soltó.

Yo nadé con todas las fuerzas que me quedaban y logré tocar la arena, pero sólo con los dedos de los pies, aunque eso fue suficiente para que la persona que me había llevado el salvavidas me lanzara la cuerda y yo lograra alcanzarla. La agarré apretándola contra la dona, y dejé que me jalara toda la gente en la playa.

Las olas me seguían maltratando, pero ya no me importaba, ya sentía un alivio que no pensé que fuera a volver a sentir. En cuanto mi espalda logró tocar la arena, en ese momento dejé de hacer fuerza y me desvanecí. La gente esperaba que yo saliera feliz, brincando y dando gracias, pero me encontraron tirado en la orilla del mar sin poder moverme.

Escuché a Analucía entrar otra vez en pánico gritando que me cargaran que me sacaran de donde llegaban las olas, y entre mucha gente me cargaron y me acostaron lejos del mar.

Hubo mucha gente que me ayudó en ese momento, porque a pesar de que ya no me amenazaban las olas, tanto esfuerzo me había consumido y ahora sentía que me iba. Nunca perdí conciencia, pero casi no podía hablar y definitivamente no me podía mover.

Uno de los huéspedes decía que era doctor y otro que había sido guarda costas; yo quería algo de tomar, específicamente pedía una coca, quería azúcar, pero ellos insistieron en que por mi bien no me dieran nada, así que me sentaron y una persona se puso en mi espalda para detenerme.

Cada vez me sentía peor, y ya no podía ver bien. Entonces me vino a la mente Rodrigo Quintanilla, el chavo que hace unos días había fallecido subiendo el cerro de La Silla por un golpe de calor; y no quería cerrar los ojos, pensaba que en cualquier momento me podía pasar lo mismo.

Había llevado mi cuerpo a un extremo como nunca en mi vida. Por fin llegó la ambulancia. Yo ya no podía un segundo más, así que rápido me dieron oxígeno, pero al respirarlo me empecé a convulsionar. Sentí que me daban electroshocks por todo el cuerpo, que los músculos se tensaban, e inmediatamente me quitaron la mascarilla.

El doctor que estaba presente les gritó que como me ponían el oxígeno en 10 litros o no sé cuáles sean las unidades; que empezaran por 2. Entonces me volvieron a poner la mascarilla en 2 y pude respirar.

Unos segundos después de sentir los electroshocks, sentí que recuperaba algo de fuerzas, ese golpe de oxígeno al final me había ayudado. Después me cargaron en la camilla y me llevaron al hospital.

Yo no podía hablar mucho, pero lo único que pedía era que por favor mis niños no me vieran salir así. En el hospital me inyectaron suero, me dieron oxígeno y al final me estabilizaron.

Aunque me tardé mucho en bajar mi ritmo cardiaco, especialmente porque no toleraba al doctor de la clínica que me estaba atendiendo. Cada vez que se me acercaba me volvía la arritmia y me subía el ritmo cardiaco.

Me trataba como un objeto; yo estaba perfectamente lúcido, pero nunca se refería a mí, sino que todo se lo preguntaba a la demás gente y cuando por fin me hablaba, me hablaba como si tuviera un retraso mental.

En fin, todavía no he podido superar esta experiencia y no sé si algún día podré hacerlo. Me acuerdo de los momentos de desesperación dentro del mar y se me acelera el corazón. Estoy muy agradecido con toda la gente que me ayudó en la playa, pero sobre todo con las tres personas que arriesgaron su vida para salvarme.

Sin Cristián, el animador del hotel que me llevó el salvavidas y el mecate, no hubiera podido salir nunca. También fue importante Arodi, el capitán de meseros que perdió su ropa y su celular por lanzarse al mar, me dio quizá el último impulso que necesitaba para poder llegar hasta el mecate; y el gringo que ni siquiera se su nombre, él para mi representa las dos caras de mi historia.

Por un lado, cuando él se regresó de adentro del mar sin poder ayudarme, sentí que todo se terminaba, el mundo se me venía abajo, pero luego, él fue el primero en la fila de la gente que jaló el mecate y la primera cara que vi cuando llegué a la playa, eso me llenó de esperanza y alivio.

Esas tres personas fueron clave para que lograra salir del agua. Y bueno no podría dejar de agradecer a toda mi familia Kalifa, que sufrieron conmigo en el agua, yo sentía también su angustia mientras me ahogaba, y en especial mi suegro, que era al que más cerca veía mientras estaba solo en el mar, y me estuvo cuidando cuando logré salir del agua.

Pero sobre todo le agradezco a mi Analucía, que con su desesperación y gritos logró que la gente se levantara a ayudarme, que logró lidiar con nuestros hijos llorando desesperados mientras pensaba que yo me moría, y que siempre estuvo cerca de mi cuando salí del mar.

Gracias a todos por estar al pendiente y preocuparse por mí, afortunadamente y gracias a muchísima gente, ahorita puedo contar esta historia. Esta experiencia me ha hecho reflexionar sobre la fragilidad de la vida, yo podía pensar que la muerte era muy lejana a mí, pero ha sido un recordatorio de que en cualquier momento puede llegar y puede llegar sin avisar. No pretendo estar listo para cuando llegue, sólo quiero aprovechar cada instante al máximo.

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