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Conchita, la última testigo del martirio de Anacleto

Una mujer centenaria que tuvo en su bautizo al líder de la UP, y lo vio muerto en el féretro, rememora las dificultades de la persecución religiosa.

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Anacleto González Flores es una de las figuras más trágicas de la rebelión cristera, si se toma por buena la definición de lo trágico que propone Johann Wolfgang Goethe: "Todo lo trágico se basa en un contraste que no permite salida alguna. Tan pronto como la salida aparece o se hace posible, lo trágico se esfuma".

El abogado nativo de Tepatitlán ha buscado en su corta vida ser una expresión cristiana de la áhimsa (no violencia) que ha popularizado en su lucha por la independencia india, el egresado de la University College de Londres, Mahatma Gandhi. La palestra es un éxito editorial dentro de la Guadalajara dominada por la Acción Católica, que extiende sus redes a todas las áreas vitales de la cultura local: la educación, los comercios, los sindicatos campesinos y sobre todo obreros. El desliz a lo trágico es precisamente la decisión del dirigente de la Unión Popular de sumarse a la rebelión armada –contraria a la ética de no violencia- que impulsa la Liga Mexicana de Defensa de la Libertad Religiosa, apoyada formalmente por el obispo de Durango, José María González, pero desaconsejada por el históricamente incomprendido obispo tapatío, Francisco Orozco y Jiménez.

(La ciudad de Guadalajara en los años de la Guerra Cristera)

"Lo que vivió Anacleto González Flores se debe a que el [presidente] Calles quería acabar con la fe del pueblo; Anacleto ayudó mucho para orientar al pueblo, y yo tuve el gusto de conocerlo y por eso me interesó lo que hizo", dice la tapatía María Concepción Plascencia Parra, a quien le presentaron al alteño a los nueve años de edad, y hoy traspone el siglo.

- ¿Cómo conoció a González Flores?
- Pues en la calle. El inició la Unión Popular, que consistía que en cada esquina había una persona que repartía un periodiquito, y él lo editaba [Gladium]. Él trataba de informar al pueblo, unirnos en una lucha a los católicos, por los derechos que Calles nos quería quitar.

- ¿Por qué una niña de nueve años tiene interés en conocer a un hombre famoso en la política?
- Yo a los nueve años era ya una persona que estaba al pendiente de todo lo que pasaba alrededor, siempre; era muy despierta en ese sentido, y tengo una hermana que ya murió, pasaban cosas y ella ni cuenta se daba, no yo [...] por eso me di cuenta de Anacleto, es más, yo estuve a un lado de su féretro cuando lo mataron. Recuerdo que él estaba tirado en la banqueta en el piso, dijo: yo muero, pero Dios no muere. A Anacleto lo sacaron de su casa, ahí por la Capilla de Jesús; incluso estoy pensando si fue el que estuvo en mi bautizo, porque era amigo íntimo de mi padrino, Hilario Pérez, eran estudiantes, uno era de leyes y el otro de medicina. Así que me parece que cuando me bautizaron estuvo presente, me tuvo en sus brazos, debió ser en 1917, yo nací el 4 de marzo de ese año.

Y no la contaban entre los vivos. "Cumplí cien años, pero resulta que me estaba muriendo, me estaba asfixiando y me tuvieron que bautizar inmediatamente [...] a Anacleto lo mataron en 1927. Nosotros no fuimos. Mi padre nos decía: aquí ya no se puede vivir, porque la persecución estaba muy fuerte, todo era a escondidas. No había misas porque Calles puso condiciones que no podían aceptar los obispos; así que todo era a escondidas, ya no había culto. Mis papás cumplieron sus 25 años de casados y fue su misa de aniversario, aquí en la sala de esta casa [su domicilio es una casona decorosamente sostenida en la colonia Americana, muy cerca del templo Expiatorio], a escondidas; y cuando mi hermanito hizo su primera comunión, se tuvo que ir a la casa del sacerdote, que era amigo de nosotros; se fue a dormir para cumplir con la comunión muy temprano, porque había espías por las calles viendo dónde se juntaba la gente. Era una auténtica persecución religiosa, por eso decía mi papá que aquí ya no se podía vivir y nos fuimos a Estados Unidos...".

Doña Conchita va a Hollywood

La familia de doña Conchita la conformaron cinco mujeres y cinco hombres. La casa en la que habita, sobre la calle de López Cotilla, fue fruto del trabajo de su padre. Dejaron sus bienes a encargo, en espera de tiempos mejores, y partieron a California, donde crecía la comunidad mexicana.

"Allí estuvimos en la ciudad de los artistas, a dos cuadras del Hollywood Boulevard hicimos vida, y aunque usted no lo crea, había colegios católicos, me tocó estudiar en el de la Inmaculada Concepción; también teníamos parroquia para recibir sacramentos", señala con memoria segura. En 1928, Mickey Mouse estrenaba su segundo cortometraje (The gallopin gaucho), Buster Keaton dirigía y actuaba The Cameraman, Charles Chaplin dirigía y protagonizaba The Circus, dentro de su ciclo estadounidense; John Ford se aventuraba en su Four sons y Lights of New York se constituía como primera película totalmente sonora de la historia del séptimo arte. Los mexicanos Dolores del Río, Ramón Novarro, Lupe Vélez y Lupita Tovar probarían su suerte en la meca del cine durante esos años. Pero ese glamour no absorbía la atención para la familia Plascencia Parra.

- ¿No fue un golpe de cambiar de ciudad y hasta de categoría social? México es país católico, pero en EU son minoría.
- Yo al principio me fui llorando, porque yo quería mucho a mi patria, y mis vecinos me decían, no llores Conchita; de aquí a la estación me fui llorando, pero cuando llegamos había colegio y todavía no estaba terminado el curso escolar; mi papá pensaba en esperar a que comenzara el curso en la escuela parroquial, pues yo no hablaba inglés [...] le dijeron: serán ustedes muy católicos pero los niños no pueden estar en la casa, tienen que ir a una escuela oficial. Pero es muy distinto, allá no había escuela laica, fue una experiencia muy bonita, las maestras se preocupaban porque uno aprendiera inglés; a la hora del recreo una de las maestra me ayudaba a pronunciar, y me decía, ustedes los mexicanos pronuncian igual la b grande que la v chica, pero nosotros no. y me quería enseñar cómo pronunciar en inglés [...] luego resulta que no les parecía mexicana, no me veía como los pochos o los braceros, decían que era española. Yo me defendía, no, soy mexicana, no todas somos indias...

(La persecución religiosa fue muy fuerte durante la Cristiada en Guadalajara, rodeada por montañas y ríos)

La experiencia con la alteridad anglosajona no era nueva para la familia. El padre y un hermano de Conchita ya habían vivido en Chicago. "No nos fuimos a Chicago por el clima; es muy frio, así que mi papá decidió primero ir a San Francisco, pero terminamos en Hollywood porque el clima era más amable. Yo recuerdo que los artistas de cine pasaban en caravanas con los coches abiertos [...] mis hermanos entraron a trabajar a los estudios, mi hermana tenía mucha aptitud para hacer los trajes...".

La fiesta americana se acaba en 1931. "Una de mis hermanas dejó aquí a su novio, ya se quería casar, así que nos venimos para el matrimonio de Lola mi hermana, pero los hombres sí se quedaron allá [...] mi hermana Rosario se quedó y se caso allá, su hija se hizo religiosa". A Conchita le quedaron gustos exóticos: celebrar el Halloween y el día de gracias, por ejemplo. Pero no dudó de su catolicismo.

"Ya había culto, me acuerdo cuando empezó, al primera vez que a los párrocos les dieron permiso, fue un gusto ir a misa, fui al templo de Los Ángeles [ubicado a dos cuadras de su casa]; también me iba con la Generala, todas las ceremonias religiosas que iban a Zapopan, pero todo eso era cuando mi papá estaba bien, ya cuando estaba más grande acabó todo eso; ahora para ir a Zapopan un taxista es el que me lleva".

El testimonio de la fe

Doña Conchita ha sido soltera empedernida y no cree en la educación laica. Cita con entusiasmo la tesis de una de sus hermanas, normalista: "una escuela sin religión es una escuela para el crimen, esa fue su tesis [...] en Estados Unidos un muchacho que cometió un crimen muy notorio, dijo que había planeado su crimen en la universidad, y eso comprueba que una escuela sin religión es una escuela para el crimen", agrega convencida. Considera una desgracia que la sociedad tapatía ya pululen religiones del cristianismo reformado (protestantes), de tradiciones religiosas orientales, e incluso ateos, "y todo eso por la falta de instrucción religiosa".

Su faro en el juicio sobre el mundo siempre fue su progenitor. "Mi papá decía: el dinero es la muerte, por dinero hay asesinatos, hay de todo, ahí tengo el retrato de mi padre, el amó a la iglesia por sobre todo; incluso cuando vino Lefebvre, el fulano creía que todo tenía que ser en latín [...] yo le dije a mi papá: tú estudiaste en el seminario, en latín, y ahora el Papa dice que la misa puede ser en el idioma de cada país, ¿tú qué dices? Y me contestó, hija, lo que la iglesia dice siempre está bien. Ese fue mi padre, tuvo una muerte muy bella, perdió la vista por un glaucoma, llegó cansado del templo, me pidió dejarlo descansar, y al día siguiente ya no se levantó [...] le dije, papá, te preparo una lechita, 'no hija'; papá, ¿quieres que te traiga algo? No... ¿entonces te quieres ir al cielo? Sí, me dijo con su vocecita. Y al cielo se fue. Tenía 98 años".

(La barranca que "protege" a los tapatíos)

Ese reino también debe ser el de Anacleto González Flores, asegura la anciana. Ha cultivado con tal pasión el conocimiento del abogado alteño, que incluso recita sus parodias, como la que le compuso al gobernador obregonista Silvano Barba, aquel que advirtió a Plutarco Elías Calles que sus paisanos jaliscienses se rebelarían contra su política religiosa, alertamiento despreciado por el sonorense con costosas consecuencias.

"Cuál es el número mayor de clérigos, ese que ayer fue un místico y hoy es un lépero gobernador; le dieron órdenes de echarse a uno y desobedeció; Silvano óyeme, cuando eras mendigo los curas daban fe, saliste vivo del cascabel, con leyes tan cínicas como satánicas; Silvano Barba búscalo, si fueras víbora o fueras murciélago, pero eres vástago del cura pérfido, que por metálico vendió a su Dios; Silvano apóstata, ésta es la última que llega rápido, ya están las manos crédulas; a Cristo implóralo y perdónalo". Esa es una parodia de un aguerrido Anacleto que alude a la educación religiosa de Barba, una ferocidad satírica que a Conchita no le causa ruido contra la respetable y serena imagen del líder de la UP, cuyo aval al alzamiento lo sigue persiguiendo a 92 años como principal argumento contra su canonización.

María de la Concepción no tiene necesidad de compartir el destino trágico y contradictorio de Anacleto. Pero confía que su sacrificio haya sido fructífero, por más que el irresistible avance de la secularización sobre el viejo mundo de lo sagrado deje en fuerte predicamento la famosa y ufana sentencia de otro gran incomprendido de la historia del cristianismo: ""Nosotros somos de ayer, sin embargo, llenamos vuestras ciudades, islas, fuertes, pueblos, consejos, así como los campos, tribus, decurias, el palacio, el senado, el foro, solamente os hemos dejado vuestros templos [...] la sangre de los mártires es la semilla de nuevos cristianos" (Ad nationes, Quinto Septimio Florencio Tertuliano).

SRN

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