Tradición que sobrevive: Cacao, el pueblo del tunkul

A 45 minutos de Mérida, este poblado luce semiabandonado; muchos de sus habitantes han emigrado, pero sus niños persisten en el trabajo de tallar y tocar este instrumento prehispánico.

Yucatán

La maleza pasó de invadir los jardines de las decenas de casas abandonadas en la comunidad de Cacao, a propagarse hasta sus habitaciones, mientras que la humedad llenó de salitre las paredes. Hay pocas personas en las calles sin pavimentar del poblado y un silencio que agobia.

Solo hay una cosa que logra romper el silencio en Cacao: la música de un instrumento llamado tunkul, que sale del Centro de Desarrollo Artístico (CDA). Cada sábado, las actividades del CDA comienzan con el llamado del sonido del caracol. Así como hace siglos, antes de la llegada de los españoles a la península de Yucatán, los habitantes de esta tierra maya se comunicaban a grandes distancias. Pero ahora, quienes responden a este llamado no son guerreros ni esclavos, sino una docena de pequeños músicos, que además de practicar con este instrumento prehispánico, también lo fabrican, tratando de llevar recursos a sus casas y su comunidad.

Esta pequeña comunidad del municipio yucateco de Abalá, localizada a poco más de 45 minutos del centro de Mérida, cuenta con muy pocos habitantes y un número indeterminado de casas abandonadas. Una comunidad que pareciera borrada del mapa.

 Hace más de 50 años Cacao vivió un momento de esplendor gracias a la industria del henequén. El suelo de Mérida y las condiciones climáticas propiciaron el cultivo de esta planta, muy parecida al maguey, de la cual se extrae una especie de hilado que al procesarlo textilmente de distintas formas, se obtiene una gama de productos de uso doméstico, comercial, agrícola e industrial. La fibra del henequén era esencial para el amarre de embarcaciones o el embalaje del heno y la paja. En Mérida, quienes por casualidad recuerdan Cacao, lo hacen por este motivo. Pero la “fiebre del henequén” terminó con la invención de las fibras sintéticas y con ello, el auge de Cacao.

Quienes decidieron permanecer aquí debieron dedicarse a la elaboración de miel, actividad que no les deja mucha ganancia. Por el contrario, quienes se fueron, en su mayoría emigraron a Mérida en busca de mejores oportunidades. Muchas casas quedaron abandonadas. Aunque sus puertas fueron tapiadas con gruesos tablones, con el tiempo la naturaleza se encargó de deteriorarlas. Esa es la imagen que predomina hoy en Cacao.

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El tunkul no es un instrumento originario de la zona maya, ya que fue empleado por distintas culturas prehispánicas de México, desde el norte hasta el sur, en ceremonias y rituales religiosos. “Mi mamá dice que es importante que siga viniendo al taller porque aquí aprendo todo sobre mi cultura y los instrumentos que elaboraban”, comenta Gaspar, uno de los primeros alumnos que llegó al taller y que gracias a su constancia y compromiso se ha convertido en uno de los más sobresalientes de los 15 alumnos del grupo.

Como muchos proyectos, el taller de tunkul surgió hace tres años como una idea del artesano Arsenio Rosado, originario de la localidad, quien paseaba por el parque local y se detuvo a tocar de forma espontánea el instrumento; entonces varios niños se sentaron a su alrededor a escuchar las melodías que salían de su pequeña caja de madera. En un principio, su objetivo era acercar la cultura maya a los niños de la zona, quienes a pesar de tener apellidos en esa lengua, poco sabían de ella.

El taller se estableció en un predio abandonado de apenas 20 metros de ancho por 40 de largo. Solo dos cuartos forman la escuela. El primero, a la entrada, fue acondicionado como una galería. En la pared de la izquierda hay un mural en el que se colocan dibujos a relieve que son elaborados con gran dedicación por los alumnos. Resalta una serpiente de gran tamaño, un cuervo, una mariposa y un perro. Es clara la inclinación que los niños tienen por estos animales con los que conviven todos los días.

A la derecha de la sala hay unos cajones de madera que sirven de estantes para colocar los trabajos concluidos. Y sobre el piso están los tunkules. Los hay pequeños, medianos y grandes, en proceso o terminados. Lo que todos tienen en común es que en la parte de abajo tienen grabado con lápiz el nombre de su escultor. “Esta casa que nos donó el anterior Comisario es de las mismas que la gente abandonó cuando se les acabó el henequén y tuvieron que irse a Mérida. Nadie volvió para reclamar la casa. Yo mismo fui de los que se fueron, lo que me hizo regresar fue ver que esos niños de verdad tenían ganas de aprender a tocar el tunkul”, recuerda Arsenio.

Al salir de este cuarto está el patio donde se labra el tunkul; es un espacio pequeño en el que podrían caber dos autos de cuatro puertas. Los alumnos soportan el intenso calor de hasta 42 grados centígrados, los habituales en Cacao, gracias a un par de láminas que fueron colocadas recientemente. Los niños llegan al lugar en punto de las 10 de la mañana. Sacan sus herramientas, básicamente un cincel, y un trozo de madera. El proceso para elaborar un tunkul comienza con el dibujo plano sobre una hoja.

“Lo primero que hacemos cuando un alumno llega al taller es enseñarle a dibujar, como en el caso de Josué, el más pequeño del grupo, que tiene seis años de edad. Una vez que tienen dominados los conceptos básicos, es hora de trasladar el dibujo a la madera. Ellos me dicen qué quieren hacer y yo los ayudo a que esa figura se la imaginen de forma tridimensional y así se comienza a tallar la madera”, cuenta Mariza Briceño, maestra de dibujo del taller.

El taller de tunkul es una actividad extra curricular para los niños, pues cada uno de ellos acude de lunes a viernes a sus clases en la escuela pública de la localidad. Las clases en el CDA se dan dos días a la semana: los jueves son de práctica para la orquesta y los sábados son de labrado. “Mi casa está llena de los trabajos que he hecho, más de los primeros, cuando solo hacía grabados. Los cuelgo en la sala y en mi cuarto. Mi hermano Josué empezó a venir conmigo porque le gustaba ver lo que hacía y ahora entre todos le estamos enseñando”, cuenta Alan, uno de los primeros alumnos que llegaron al taller.

En apariencia el tunkul es un instrumento sencillo. Se elabora con un tronco de madera de distintos tipos: caoba, cedro y zapote, porque son las que tienen la calidad necesaria y son lo suficientemente moldeables para ser trabajadas por los niños. Tiene básicamente dos teclas, una para conseguir una nota aguda y otra para la grave. Entre más se raspa por dentro el tunkul, la nota es más aguda. Durante su elaboración, los alumnos van afinando el trozo de madera con unas baquetas que también son elaboradas por ellos.

A pesar de las bellas melodías que se obtienen, lo que más llama la atención son los diseños del tunkul. Hay animales como grillos o perros, y algunos más complicados en su elaboración, como un cisne. Pero también hay quienes desean ser originales como Moisés Pech, quien decidió tallar un elote. También hay algunos que son un rectángulo decorado con jeroglíficos mayas.

Los alumnos que pasan con éxito la parte del dibujo y del labrado se integran al grupo musical llamado Chichan Pall Tu Kaay (niños que cantan). El grupo cuenta con 10 canciones de su autoría, algunas en castellano y otras en maya. Sus integrantes se encuentran en la búsqueda de recursos para grabar su primer disco y, con las ventas, obtener más dinero para sostener el taller. Por el momento se apoyan con las ganancias que reciben de las presentaciones privadas que realizan, que en muchas ocasiones se convierten también en una oportunidad para exhibir sus tunkules y vender algunos.

El material para elaborar un tunkul mediano cuesta hasta 300 pesos, un precio oneroso para estos pequeños artesanos. Los precios de las piezas terminadas van desde mil hasta 10 mil pesos, dependiendo del tamaño y la decoración que tenga. La mayor parte de las ventas se consiguen en los periodos vacacionales, pues los turistas extranjeros no dudan en pagar lo que estas artesanías valen. El 60 por ciento de las ganancias va para los niños, porque cada uno, dice Arsenio, “representa a una familia con necesidades”, el resto se va al taller, básicamente para reinvertir en el material y seguir elaborando los instrumentos.

“Yo le diría a las personas que vinieran a visitar Cacao. Es un lugar muy bonito y muy tranquilo. Creo que si seguimos tocando el tunkul más personas van a saber lo que estamos haciendo aquí”, se despide Magda, una de las alumnas del taller, mientras entona con sus compañeros una canción de la autoría del profesor Arsenio Rosado, llamada “Soy de Yucatán”:

“Yo soy de Yucatán/ yo soy de Yucatán.

De la tierra del venado/ de la tierra del venado y del faisán.

Yo soy de un lugar/ yo soy de un lugar,

De belleza natural/ y de gente muy valiosa/ y de gente muy valiosa”.