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Sábado , 22.09.2018 / 18:45 Hoy

Más de cien años de tradición, Semana Santa en Cuajimalpa

Un pueblo en las entrañas de la Ciudad de México exaltado por su fiesta anual más importante, donde revive la antigua comunidad prehispánica y colonial

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Acaso los lugares donde inicia nuestra vida son los lugares más inhóspitos, los más difíciles de reconocer… Comienza el llamado entre la gente del pueblo, el tambor junto a la flauta emprende el recorrido. Se levantan las banderas, las niñas comienzan a salir de sus casas vestidas de túnicas blancas y mantas de colores sobre la cabeza. Comenzar el recorrido por los barrios suele ser lo más difícil, cuesta trabajo reencontrar el camino.

Los santos se desempolvan, los judas se preparan, vestidos de rojo y látigo en mano, para castigar a cualquiera que desee “sacarse al diablo”. Para unos es un juego, para otros un ejercicio religioso, ambas cosas se viven desde el mismo pensamiento: hacer una alto en la vida cotidiana para volverse uno con la comunidad.

La Semana Santa en Cuauhxīmalpan (‘sobre las astillas de madera’), con más de cien años de tradición, lucha por integrar su vida rural dentro de las entrañas de la gran Ciudad de México; esta Semana Mayor es de los pocos momentos en que el pueblo entero retoma su herencia agrícola y sus peticiones por agua y buena cosecha, como en su época prehispánica y colonial.

Poco a poco comienzan a salir los personajes que harán posible la representación del Vía Crucis, y la gente se aglutina en los recorridos. Este es un pueblo que se exalta con su fiesta anual más importante: cambiar el mar de automóviles por el río de gente; el tráfico por la feria; las pizzas y hamburguesas por el pan de anís… al final, vuelve a ser el pueblo que fue, y que cambió brutalmente al asentarse a su costado, la zona comercial y corporativa de Santa Fe, hace poco más de 25 años.

Los camiones de cañas que se ofrendan para los asistentes de las procesiones llegan por los caminos viejos que entran al centro de Cuajimalpa, donde la iglesia de finales del siglo XVII se adorna de colores, se llena de gente y personajes vestidos de rojo haciendo maldades, “robando” o, mas bien, pidiendo cooperación en los cientos de puestos de la gran feria donde el barro y la comida de pueblo son las protagonistas.

Hay una ensoñación lejana en el ambiente, tal vez los recuerdos de infancia, la sorpresa de las cosas que no sabía, los momentos perdidos… La gente carga agua para ser bendecida, las matracas ahuyentando al diablo, la intimidad de un pedazo de ciudad que vuelve a su origen comunitario. Volver al origen… siempre volver a su origen.

El Vía Crucis comienza lleno de gente, busca uno de los pocos espacios sin construcciones de departamentos o negocios para levantar su cruz temporal y hacer el sacrificio anual; a pesar de sentir que ya no hay ninguno, encuentra un campo de futbol llanero, aún rodeado de magueyes y huizaches, como los llanos de mi infancia, donde se ponía el circo cuyo protagonista era un King-Kong “gigante” de peluche; los llanos por donde atravesaba tomada de la mano de mi madre ya no existen. El Vía Crucis cobró su víctima.

Después de los momentos de recogimiento comienza la fiesta, donde todos buscan divertirse, donde todos tienes cervezas en la mano a pesar de la ley seca. Los demonios andan sueltos… y esperan la noche. Al siguiente día, muy temprano, el suelo de la iglesia de San Pedro esta tapado de fieles acostados del altar al atrio. Todos se empujan para ver a los Judas brincar entre los cuerpos, expiando sus culpas una vez más. El párroco los libera para que “castiguen” a la gente con su látigo, por que por ellos murió el Señor y fue crucificado.

Los demonios se sueltan, el agua y la manzanilla se bendicen, el caos comienza a tomar forma, pero no del todo, se necesita colgar a los “judas vivos”, para que regalen las cosas robadas entre los comerciantes y quemar el mal, representado por los judas de cartón, que se han vuelto fuente de orgullo de sus cinco barrios: San Pedro Cuajimalpa, San Lorenzo Acopilco, San Mateo Tlaltenango, San Pablo Chimalpa y El Contadero, y el éxtasis comunitario llega a su punto más álgido.

Cuajimalpa es una delegación saqueada en sus recursos naturales y olvidada como tantas otras en la Ciudad de México; durante todo el año es tierra de nadie, pero durante la Semana Santa es tierra de todos y se encuentra a sí misma en sus pequeños e íntimos rituales comunitarios.

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