“Es difícil verlos morir, pero aquí es inevitable”

En la casa hogar Simón de Betania, a menos de una hora de Monterrey, monjas tienen que atender a niños que sufren enfermedades crónicas, como cáncer o VIH.

Mina, Nuevo León

La casa hogar Simón de Betania no es como cualquier otra. Aquí se vive sabiendo que la muerte anda muy cerca: religiosas atienden a niños que padecen cáncer, tuberculosis o VIH... enfermedades crónicas, algunas terminales.

Hará cosa de tres años que llegaron aquí. Es un lugar apartado y solitario del municipio de Mina, Nuevo León. A esta comunidad desierta la conocen como Chupadero, está a menos de una hora de distancia de Monterrey.

La casa hogar la llamaron así en honor al leproso y a la aldea en la que se dio hospedaje y comida a Jesús, según cuentan las creencias cristianas en los evangelios de Mateo y Marcos en la Biblia.

El terreno supera los 3 mil 700 metros cuadrados de extensión, se divide en dos edificios: en uno están los niños y en el otro los adultos. También hay una capilla y un huerto. La casa de las religiosas —que hoy duermen en el mismo inmueble que los enfermos— está en construcción.

Aquí sobresale una ambulancia estacionada frente a la casa principal, lo cual pareciera un recordatorio permanente de que no se sabe cuándo puede llegar esa "compañera final e inevitable", como la llamó Carlos Fuentes.

Aunque paradójicamente, esa misma ambulancia les puede salvar la vida. También es la misma que una vez a la semana los lleva a un hospital para realizarse chequeos.

Aquí, siete religiosas de la orden Siervos del Señor de la Misericordia cuidan a 14 niños originarios de varios estados. La mayoría no tiene padres, algunos murieron, otros los abandonaron y, en el mejor de los casos, viven aquí... pues padecen las mismas enfermedades.

Esta casa hogar es única en México, y lo es también porque dos jóvenes que cursan preparatoria viven aquí para darles educación a los menores, pues en las escuelas públicas no los quisieron aceptar por miedo al cáncer, a la tuberculosis o al VIH.

Por si faltara alguna situación particular, una de las religiosas que hoy atiende a los enfermos fue hace tiempo una de las maestras en la casa hogar...

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Los niños nos llegan por medio de hospitales que ya saben de la casa hogar y nos los mandan, o a través de las personas que nos conocen, asociaciones civiles o voluntarios, explica la monja Rosario Rodríguez, quien conoció este lugar cuando su mamá estaba internada por el cáncer que padecía.

Aquí los menores tienen entre cuatro y 14 años de edad. Algunos han llegado con días de nacidos y su expectativa de vida no era mayor a un par de meses por la enfermedad que se les diagnosticó como una sentencia inaplazable; sin embargo, hoy, muchos años después, continúan aquí...

De acuerdo con los diagnósticos, estos enfermos tienen una expectativa de vida 10 años menor a quienes no tienen esos padecimientos, pero ésta puede crecer si se cuidan de las bajas o altas temperaturas, si mantienen cierta alimentación y un aseo impecable.

Para ello, todos los miércoles son llevados a un hospital para seguir con sus tratamientos y ganar años. Las religiosas también se encargan de que tomen sus medicamentos en la casa hogar, aunque no siempre es fácil.

—Cuando están chiquitos se batalla mucho para que se los tomen, porque hay uno que sabe muy feo, el sabor se queda en la boca por mucho rato... entonces es un martirio para ellos. A los más grandecitos se los cambian por tabletas y cápsulas y ya es menos —detalla Rosario.

Se refiere al Kaletra, un medicamento que una niña dice que sabe a echado a perder; otra dice que a menta muy fuerte. Muchos no lo saben, pero ese debe ser el sabor más dulce para ellos, el de la vida.

Y no lo saben porque hasta la adolescencia, un psicólogo que visita la casa hogar cada semana, les revela las enfermedades que padecen. Hasta entonces, para ellos el tomar medicamentos a diario y tener tantos cuidados es normal.

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La casa Simón de Betania se mantiene de aportaciones voluntarias, se lee en la página de internet que "es un hogar que alberga a enfermos desahuciados"; sin embargo, no es así, aquí muchos niños tienen esperanza todavía de conseguir lo que desean, e incluso piensan en el mañana.

—Nuestra Constitución habla de derechos, pero muchas veces no se ejercen o se pasan por alto y no se respetan. Lo que yo diría es que se respeten esos derechos porque debemos pensar en el futuro, cuando México sea un país más bonito y con más niños que sepan, declama a modo de práctica a quien llamaremos aquí Carmen.

Ella tiene 10 años, es originaria de Monterrey y padece VIH. Llegó de cuatro años a la casa hogar, y hoy es finalista de entre un grupo de niños en la entidad que serán elegidos para viajar a la Ciudad de México y participar en la Cámara de Diputados a algo que llama Parlamento Infantil.

Su materia favorita es el español, "porque me encanta leer", sobre todo las historias de princesas y de Juan Bosco. Ella es una de los siete menores que cursan primaria en esta casa hogar. Seis más secundaria, y hay una de cuatro años que la adecuan para enseñarle nivel preescolar.

Como los rechazaron de las escuelas públicas de la región, las monjitas pidieron el apoyo del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), un órgano descentralizado del gobierno federal, el cual envió a vivir a la casa hogar a dos jóvenes para que instruyan a los menores.

Todos ganan: los niños reciben educación, los jóvenes prestan servicio a cambio de una beca de grado universitario, y Conafe implementa un nuevo modelo de aprendizaje basado en el diálogo. Los menores han incrementado su nivel educativo.

—Para nosotros que estamos aquí, son alumnos normales, los tratamos igual... pero ya tenemos una cultura diferente, Conafe se ha abierto y es el único que en este momento les ha dado atención —enfatiza Norberto García, delegado del Conafe en Nuevo León.

—Quizá la sociedad aún no está preparada para ese tipo de situaciones, pues existe el tabú de que el problemita de salud que padecen se puede contagiar en otras aulas —completa.

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Yadira Villanueva llegó hace 15 años a Monterrey procedente de Chiapas. Vino con toda su familia: buscaban mejores condiciones de vida. Aunque estudió psicología en el Centro de Estudios Universitarios, siempre prefirió la docencia.

Al concluir sus estudios, se convirtió en educadora de Conafe en la sierra de Nuevo León, en el municipio de Santiago. Después la asignaron a esta casa hogar, donde encontró lo que buscaba.

—No pensé ser hermana, eso ya se dio cuando llegué aquí, porque si no hubiera sido por Conafe no conocería Betania, evoca la novicia. Tenía que ir a comunidades en donde no había ni luz ni comida, y la gente te daba lo que tenía... Ahí descubrí, por ejemplo, que lo material no importa —añade.

Aunque no todo es como esperaba...

—No es fácil ver morir a las personas, pero aquí es inevitable, es algo que estoy todavía en el proceso... y saber que están de paso, y lo que yo hago es darles lo mejor en el tiempo que ellos estén. Es inevitable encariñarse, pero también no es bueno apegarse, es dejarlos ir, porque estuvieron un tiempo y se tienen que ir —exclama.

"Qué injusta, qué maldita, qué cabrona es la muerte... La muerte de un joven es la injusticia misma", escribió Carlos Fuentes.