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Sábado , 20.10.2018 / 23:46 Hoy

'Blue Skies' y la voz de Fitzgerald

Las normas están hechas para romperse, la absurda ley seca de Semana Santa después de la medianoche me dejó sedienta de algo. Rondando por la Juárez, recordé aquel local en la calle de Milán #14, las entradas para el homenaje a Ella.

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Reina la oscuridad, golpea los sentidos con siniestra belleza, indomable fragmento de la existencia. Estoy aquí para escuchar jazz, no es mi género favorito. Me mueve el blues y sus variantes más fangosas, la música puerca estaba prohibida en los hogares de la clase media, era considerada vulgar, de baja categoría, asociada con bajos fondos. Los cabarets y sitios de mala reputación tenían como sonido el boggie-wooggie, blues y una especie de jazz primitivo. En 1923 el jazz adquiere importancia debido a las grabaciones que antes no se realizaban por la barrera racial, "a los negros todos los rostros de los blancos les resultaban iguales, pero se preocupaban de diferenciarlos. A los blancos todos los rostros de los negros les resultaban iguales, no se molestaban generalmente en fijar el rostro de los negros en su mente", escribió Carson McCullers en 1940, The Heart Is a Lonely Hunter. Situada al sur de Reforma, dividida por la avenida de los Insurgentes, la colonia Juárez es una de las más modernas, demasiado joven, lozana e inexperta si la comparamos con barrios con casi 700 años de historia como Tepito: barrio al que han golpeado con dureza todas las administraciones perredistas. Mancera ordenó un operativo nocturno el 31 de marzo pasado, arrasaron con los puestos situados cerca de las entradas del Metro Lagunilla y Tepito. Molestan a comerciantes que trabajan, ¿a qué los están obligando al arrebatarles el local en el que se ganan la vida?, la respuesta es obvia. ¿Quieren rescatar a Tepito de la delincuencia?, bien, no más extorsiones contra las personas honestas que son mayoría en un barrio estigmatizado, si vives en Panaderos, Hortelanos, Tenochtitlán, no te dan un préstamo bancario o créditos en tiendas departamentales. En los desalojos de más de 167 familias en el predio de Tenochtitlán #40 en febrero de 2007, la policía robó pertenencias de los habitantes del barrio, golpearon todo lo que se atravesó en su camino. Un muerto, una anciana en silla de ruedas se quedó en la calle, esos fueron algunos de los brillantes logros, seguimos esperando sus efectivos programas culturales que nos van a salvar. A lo mejor nuestros salvadores no conocen Tepito Arte Acá, Ñeros, La Tranza, Los Olvidados, entre otros. La sombra del abuso policiaco se refleja en las barricadas de metal sobre el Eje 1, las corporaciones policiacas son fábricas de delincuencia organizada con placa. Si Tepito está atascado de delincuencia, ¿para qué quieren ingresar empresarios en la zona?, ¿será que quieren las calles y expulsar a sus habitantes como ha sucedido en barrios como el Centro?, desde acá está claro: quieren transformarlo para su beneficio, no para los habitantes más vulnerables. La pantalla de transformación es pura transa. Los programitas-limosna-sociales no le sirven a nadie aquí, solo a los despistados que creen que con una cubeta o una playera podrán sobrevivir. Todos, hasta los perros callejeros, saben que sobrevivir no es un acto sujeto a la calderilla que arrojan malos gobernantes.

La Juárez durante alguna temporada fue reflejo de elegancia, progreso y modernidad, aunque es una colonia solitaria, en algunas esquinas se encienden las luces de sitios delirantes como el clásico Bar Milán en el que con algunos milagros puedes comprar unos tragos, a las dos en punto se toca la campana para despedir a sus devotos, no conozco bar más educado, nunca he visto una pelea. Una de las figuras clave: Martínez de la Torre, político, abogado de la ultra derecha, impulsó su creación y crecimiento. La colonia Americana nació oficialmente en 1870, ghetto de apariencia europea a la mexicana, antes de la década de los años 50-60, época en la que los cambios de la ciudad arrasaron con las casonas, grandes terrenos fueron derribados. Antaño sus habitantes eran diplomáticos, embajadores, militares, extranjeros. Ostentosas mansiones francesas presenciaron la extravagante vida de sus habitantes. Porfirio Díaz la renombró como colonia Juárez en 1906, resultado de la integración de tres colonias viejas: Del Paseo, Bucareli, Nuevo Paseo. Durante la Decena Trágica en 1913, la colonia fue declarada zona neutral, se refugiaron diplomáticos de otras naciones. La glorieta de Colón sobrevive a todos los cambios. En Dinamarca y Londres en la Plaza Washington estaba la estatua de George Washington, en 1914 los vecinos derribaron la estatua la arrastraron por las calles como respuesta a la ocupación del ejército de Estados Unidos de Norteamérica en Veracruz, ahora está en Chapultepec. En 1985 inició un proceso de abandono, debido al sismo. Más de tres sectores conviven en el perímetro que la forma, el barrio coreano, los gitanos, el barrio rosa. El fantasma del cine París, obra de Sordo Madaleno, cerca de la glorieta de Colón, vigila la lenta transformación. El cine fue uno de los edificios más destacados, con mil 500 butacas, pequeño en comparación con grandes espacios como el Cine Ermita. Metal y cristal. El vestíbulo alojaba un bar cuyo mobiliario diseñó Clara Porse, una galería, desniveles por aquí y por allá coronando una escalera de corte imperial.

La ley está hecha para romperse, la absurda ley seca de Semana Santa después de la medianoche, me dejó sedienta de algo. Rondando por la Juárez, recordé aquel local en la calle de Milán #14, las entradas para el homenaje a Ella Fitzgerald en Parker & Lenox estaban agotadas, logré un sitio en la barra para el miércoles 31 de marzo. Al llegar al lugar la persona que me recibió en la cortina que divide el restaurante del bar, me pidió ver el equipo con el que haría algunas fotos, extraño e inútil, por un momento pensé en largarme. Me acompaña un músico, Javier Zeable, nos conocemos hace más de 20 años. La barra no me decepcionó, me concentré en ella toda la noche, Javier Romero, experto en el oficio, dios nocturno, casi logró tumbarme con su mejor trago: el Negroni. Empecé con un par de cocteles cuya base era la ginebra. Probé dos con pimienta rosa. Cerca de las 11, el grupo Shus Jazz abrió, daba la impresión de estar recién formado para el homenaje a The first lady of song: Ella Fitzgerald; me sorprendí al saber que llevan 10 años tocando, tardó demasiado en deslizarse, durante casi 45 minutos parecía imposible para los músicos entrar al espacio grasoso de la música negra, demasiado blanquitos, sonaban hot casi una hora después, hasta ese momento pude conocer un poco de lo que podía ofrecer la banda, la tímida voz sin disciplina de la cantante Cynthia Snell no me impresionó ni de forma moderada, al iniciar se disculpó con un discurso innecesario, un parto la mantuvo lejos del oficio, "¡a nadie le importa, mejor canta!", gritaron desde una mesa del fondo. La responsabilidad de homenajear una voz monstruosa requiere de mucho más. No fui la única que esperaba una voz negra. Algunas personas se fueron antes de que la banda terminara, nadie pidió otra. La cantante lució insegura, ni de lejos se acercó a la chica que cantaba en 1935 con la banda Chick Webb en el Savoy Ballroom, un sitio de baile situado en la avenida Lenox, Harlem, competencia directa del Cotton Club que no permitía la entrada a personas que no fueran blancas.

Nunca me sentí como en esos speakeasy de los 20, 30 y 40 que siguen vigentes en Nueva York y Chicago. Ante la desilusión rompí el pacto de la templanza, imposible mantenerse sobrio ante una barra majestuosa. Fitzgerald tuvo una vida difícil, madre lavandera, el padre, conductor de tren, las abandonó. Pobreza, opresión. Debutó con la canción Judy en Harlem, 1934.

Al Parker no puede entrar nadie con menos de 100 pesos, queda claro. Antes y ahora: una colonia al alcance de extranjeros y nacionales adinerados, no habitable ni disfrutable para alguien con sueldo mínimo, la gentrificación alcanzó a una colonia que fue desdeñada durante muchos años por la grieta latente del temblor más destructivo del que tiene memoria la ciudad. Aquí nadie escucha música sucia, la perfuman con innecesarios toques de virtuosismos aburrido. El gin mezclado con campari y vermouth rosso, más de 96 años de historia hacen efecto, Romero mezcla sin piedad en la penumbra para regalarnos una noche ebria, le pido que me cuente la historia del trago, sin dudar empieza a contarla. Llega la cuenta, no me da un infarto, buena señal. La noche arde, salimos del local, nos perdemos entre las sombras, ha cambiado tanto desde 1985, nadie recuerda el olor a muertos, la memoria se despedaza entre luces tenues y falsa alegría. El auto de Javier se enfila por Viaducto, nos perdemos momentáneamente en unas calles cerca del viejo amigo Congreso de la Unión, la línea recta siempre funciona, nos estacionamos en unos tacos debajo de un puente cerca de Jamaica. Los tacos de humo, deliciosos, baratos, alejados de la pretensión del Califa & anexas. La noche parece no acabarse. Blue Skies y la voz sombría de Fitzgerald suena muy dentro.

* Escritora. Autora de la novela 'Señorita Vodka' (Tusquets)

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