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Viernes , 25.05.2018 / 14:43 Hoy

Belén, el albergue del padre Flor

Este religioso italiano lleva 30 años trabajando por los centroamericanos que cruzan por Tapachula con rumbo a EU; fundó una institución de apoyo que es un modelo ejemplar de trato digno y ayuda humanitaria a los viajeros necesitados

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Jessica Guadarrama

En las afueras de la ciudad de Tapachula, al final de una calle rodeada por la selva chiapaneca, se encuentra el albergue Belén. Es un lugar amplio y limpio que, si pudiera describirse en una sola palabra, ésta sería hogar. En sus instalaciones se percibe tranquilidad, tanta que es casi imposible creer que sirve como casa de paso para miles de migrantes al año.

Todos los días el albergue abre sus puertas a mujeres, niños y hombres que viajan con rumbo a Estados Unidos, principalmente centroamericanos, pero también de otros continentes. En sus paredes abundan carteles con información para los huéspedes; la mayoría hace referencia a los derechos humanos: “Migrante: tienes derechos”, “Nadie puede abusar de ti”, “Estamos para ayudarte”, se lee en algunos. Pero como en todo lugar que se respete, también hay reglas: “Si eres un traficante de personas te vamos a denunciar a las autoridades”, se advierte en un letrero a la entrada.

Quienes llegan a Belén encuentran comida, atención médica y un techo seguro para dormir. ¿Pero qué es lo que hace de éste un lugar digno? Que quien lo dirige es también un migrante: el padre Flor, sacerdote que ha dedicado su vida a la gente desplazada de sus lugares de origen. Primero en su país natal, con sus compatriotas italianos, después en África y, desde 1985, en México; por esta razón, el personaje es todo un referente mundial en el tema de la migración.

El padre Flor María Rigoni, asentado en México desde hace 30 años, obtuvo el Premio Nacional de Derechos Humanos 2006 por su incesante labor en favor de los migrantes. Dominical MILENIO conversó con él en este albergue Belén, que fundó en Tapachula y que da refugio a los miles de centroamericanos que cada año cruzan esa ciudad en su intento por llegar a Estados Unidos.

A pesar de sus 72 años, el padre Flor se mantiene activo, tiene un ánimo especial que contagia a los más de 60 migrantes que, en promedio, se hospedan aquí cada día. Sigue escribiendo, a veces poemas y otras veces sus memorias; sobre todo, recuerda un poema que declamó en Tijuana, Baja California, aquel que dice: “Por primera vez cercamos la muralla/ pero con globos”. El padre Flor demuestra todo el tiempo su admiración por las fronteras: “si quieres conocer un país visita sus fronteras, ahí es donde se conjuntan todos sus problemas pero también sus virtudes”, dice.

Asegura que se vive una nueva época de temor hacia los migrantes y la migración en todo el mundo, derivada de los ataques terroristas en París, el 13 de noviembre pasado, en los que murieron más de 120 personas, así como por los múltiples discursos anti-inmigrantes pronunciados por Donald Trump, precandidato del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. “Los atentados pueden tener una matriz que muchos ven como religiosa, pero desde mi punto de vista fundamentalmente es ideológica, hay cosas que no hemos entendido aún”, comenta.

Asegura que el temor a los migrantes se debe al poco conocimiento que las personas tienen de otras culturas. “Yo no le tengo miedo a la migración, conozco este asunto desde hace décadas, pero sí creo que hay muchas personas en el mundo que no entienden lo que está pasando actualmente. El miedo a la migración se debe, creo, a que las periferias se están moviendo. Lo que habías ocultado y lo que habíamos negado en nuestra planificación económica, financiera y de desarrollo, está despertando... y a esta masa nadie la para porque al hambre ni el cañón le ordena”, cuenta mientras agita impaciente sus manos.

El padre Flor insiste en que los atentados en Francia tienen un origen que va más allá de lo que cualquier político o activista contemporáneo podría comprender. “Europa tiene que hacer un examen de conciencia. No debe olvidar que hace mucho tiempo, cientos de años, sembró colonizaciones y opresión en África y un poco en Asia. Ahora es en gran parte responsable del conflicto en Medio Oriente... se nos olvidó que ciertos pecados históricos, los pagas”.

“Se trata de un examen político y social el que debemos hacer. Me duele que muchos cristianos y católicos no estén de acuerdo con ello, porque esto debería movernos el tapete a todos. A nivel histórico ya oramos desde las periferias siempre que hubo un desastre o algo que lastimara a la humanidad, ahora ya no es suficiente. Debemos dejar atrás la idea de que vivimos en un país aislado, que como sea y a pesar de todo, los mexicanos siempre buscan la forma de salir adelante, con ese mismo ánimo debemos apoyar a los otros, los más necesitados”, sentencia.

Ya que menciona a los mexicanos, ¿qué papel juega México en la migración a escala mundial?

Déjame contarte algo. En los años sesenta, cuando estuve en el primer centro de estudios como misionero Scalabriniano* en Italia, acuñamos un término, una frase que ya entonces era cruel y lo sigue siendo: la migración es un control, es como un detector de fallas. Si un migrante que llega a Tapachula es un motivo de problemas, quiere decir que en Tapachula ya había problemas. Te doy un ejemplo más concreto: si el nacimiento de un niño en una familia causa un conflicto, quiere decir que en esa familia ya había problemas, que hay más egoísmo que amor. De eso nos dimos cuenta cuando, en una de nuestras grandes parroquias en Chicago, uno de mis mejores amigos que era el sacerdote encargado, celebró la primera misa para mexicanos. Le quemaron el carro y le dejaron una nota que decía “la próxima vez te quemamos a ti”.

¿Ha cambiado algo desde entonces?

Muy poco. Cuando llegué hace 30 años, el primer lugar en el que estuve fue Tijuana, muy pegado a Estados Unidos, y entre los políticos de aquel país se escuchaba una frase que me parece muy fuerte: “detengamos la marea café: mexicanos, centroamericanos”. Si hubieran dicho “detengamos la marea humana”, quizá habrían hecho leyes de migración desde entonces, leyes justas. Pero ¿qué pasó? el mensaje siguió siendo de odio y ahora existe un tal Trump que habla de construir grandes muros. ¿Crees tú que algo haya cambiado? Y no hay que espantarnos, Trumps existen en todo el mundo, en Europa hay Trumps, en Italia tenemos los nuestros, lo que sí te puedo decir es esto: al ser humano le puedes poner fronteras, pero siempre encontrará la forma de estar del otro lado.

¿Qué se puede hacer contra eso?

Lamentablemente México se encuentra en una posición muy complicada, como un sándwich: está en medio del conflicto. Justo ahora sirve como conducto para llevar desde Costa Rica a Estados Unidos a miles de migrantes cubanos que están varados desde hace meses. Mientras tanto a los suyos los siguen matando en la frontera norte.

¿Nos pesa ser un país de tránsito?

México no puede considerarse un país de tránsito, porque en un país que se define así, las personas pueden entrar y salir por donde quieran y por donde sea; más bien somos un país puente. México no sabe si estar del lado latino o del estadunidense porque por geografía es un país de Norteamérica. Eso sí, siempre apoyamos a Obama. Por ejemplo: muchos se conmovieron cuando vieron a Obama llorar por las víctimas que ha dejado el uso de armas de fuego en Estados Unidos, pero yo nunca lo he visto llorar por los migrantes latinos y mexicanos que sus oficiales matan en la frontera. ¿Es eso doble moral?, solo pregunto.

El padre Flor viste una sotana blanca, un enorme rosario cuelga de su cuello. Camina descalzo por los pasillos y jardines del albergue. Irradia un sentimiento de tranquilidad que invita a la reportera a sentirse como en casa, a pesar de que, como los migrantes, está de paso.

Su día a día consiste en vivir las historias de los demás, por más tristes o amargas que sean. Siempre tiene una palabra de aliento para quien la necesita, la pide, o a quien su mirada delata. Su vida gira alrededor de esta frase: “todos merecen y pueden vivir una vida mejor”.


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*Scalabrinianos, congregación religiosa católica de derecho pontificio, fundada en Italia en 1887 por Juan Bautista Scalabrini, con el objetivo de ayudar a los inmigrantes y refugiados políticos.

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