"American dream": de "mojarras" y otros peces

Si vas creyendo que el pariente, el paisano, te recibirá con los brazos abiertos, estás mal. Claro que varía. No por ser familiares te hacen el paro.
Si vas creyendo que el pariente, el paisano, te recibirá con los brazos abiertos, estás mal.
Si vas creyendo que el pariente, el paisano, te recibirá con los brazos abiertos, estás mal. (Ilustración: Luis M. Morales)

Fernando volvió del trabajo. Enorme, casi dos metros de estatura, colabora con su padre, del mismo nombre y oficio, en el taller de tapicería que toda la familia (descendientes de hñähñus) atiende: abuelos, hijas, hijo, nietos, yernos; unos cosen, otros cortan tela, hule espuma; restiran, engrapan, empacan sillas, cabeceras, bases de colchón para una tienda departamental que, bromea Fer, “es parte de mi vida”… de sus bajos ingresos.

En agosto de 2014 Fernando volvió de Miami, Florida, donde radicó, primero como carpintero de obra negra y posteriormente como empleado en una empresa de mantenimiento.

—Me fui a Gringolandia en el año 2000, en busca del billete. Como muchos, por necesidad. La pasada era más tranquila, no como ahora que hay mucha delincuencia. En Hidalgo convenimos con varios paisanos abordar el autobús para ir hasta Naco, Sonora, y que nos pasara el coyote.

El taller enclavado en Neza suele verse vacío, triste, ante la carencia de trabajo; esta temporada prenavideña cayó un buen lote de sillas para tapizar; Fernando Galindo (a quien familiares y amigos conocen como Sugus) quiso negociar un precio menos peor para su trabajo. La respuesta del intermediario fue contundente: “Qué prefieres en la bolsa: ¿un peso prometido o 50 centavos en el bolsillo? Atrás de ti hay fila esperando chamba, tú dices”.

El autobús en que viajaron no entró a Naco, ni paró:

—Por miedo a que la autoridad lo acusara de traficante de personas. Bajamos sobre la marcha, de “a mosquita” como decimos en el barrio. Íbamos como 20 personas, el chofer nos señaló: “Vayan hasta aquella casa” y se fue. ¡A correr se ha dicho, hasta allá! Solo llevábamos una mochilita con un pantalón, una chamarra y una camisa. Y lo que traíamos puesto”.

Venimos a ver a Roberto, dijeron y la puerta se abrió. “Entramos tranquilos. Al otro día llegó una persona: ¿Quiénes vienen de Hidalgo? 16 aspirantes a mojarras (mojados) alzaron la mano y a ellos se sumaron otros 15 que acompañaban al sujeto.

—Todos ustedes, conmigo —dijo; entrada la tarde inició la caminata sobre el desértico paisaje: sahuaros, choyas, biznagas, algún paloverde. Caminaron sobre el lecho de un río seco. Si en el reverberante horizonte veían la Border Patrol, el guía, el  encaminador, decía: ¡hagan bolita, bolita!, y las 32 personas se apiñonaban, para que los patrulleros no supieran cuántos eran.

—El encaminador señaló hacia donde cruzaríamos, pero estaba estacionada una patrulla: esperamos casi cuatro horas en cuclillas —remarca Sugus y estira las piernas para desentumecerlas, como en aquella ocasión—. El encaminador se nos desapareció todo ese tiempo, piensas que ahí te abandonarán. Volvió, hizo señas para dar un rodeo. Todo el día caminamos bajo el sol. De repente pasa un helicóptero, una avioneta. ¡Agazapados bajo un matorral!

El agua escaseaba. “No llevábamos la suficiente. Para no gastar fuerzas.

Por inexperiencia, algunos cargaban hasta tres galones, latas de comida, ropa en exceso. El guía hizo que tiráramos todo. Nos convidó totopos de maíz. Si encontrábamos algún charco, bebíamos hasta orines de ganado que por ahí cruzaba. A las seis de la mañana del otro día ya estábamos brincando la frontera: como tres líneas de alambre de púas. El cuate dijo: ya estamos en USA. La sed estaba canija. Caminamos más de 36 horas, hasta el punto de recolección, donde nos recogería una camioneta”.

La vegetación era más amable. Aguardaron más de cuatro horas, a la orilla de un camino secundario, de terracería. Arribó una camioneta tipo Van, solo con asientos delanteros. Cercanas las tres de la madrugada. Ensombrerados unos, otros con gorras beisboleras, les tronaban los dedos: ahora sí, todos arriba, rapidito, rapidito.

—Por inexperiencia fui de los primeros en subir, me senté en cuclillas para que cupieran más, tras del asiento del chofer; en el delantero solo iban el piloto y el copiloto; donde íbamos no había: sentados en el piso viajamos más de tres horas; bajé a caminar encogido por el dolor.

Llegaron a una casa en Tucson, Arizona. Solo entonces pudieron bañarse y descansar. Los polleros organizaron las rutas de entrega de pollos o mojarras: los que iban hacia la costa este, pásenle acá: los de la oeste, p’allá. Dos días después arrancaron en una camioneta con asientos.

—Poco nos duró el gusto —evoca con dolor Sugus—: se descompuso. Nos pasamos a la otra. De nuevo al piso, aunque ya solo íbamos 15 gentes. Fuimos subiendo y entregando mojarritas, como nos decían, hasta Nueva York. En el camino compramos galones de agua, fast food y en chinga. Miábamos en los galones desocupados, y si alguien quería cagar: ¿cuántos? N’hombre, cómo seis, no: de a dos, pa’ no despertar sospechas. Los demás se aguantan hasta la siguiente gasolinera.

El pollero consultaba su lista de teléfonos y llamaba: “Ya traigo a tu pariente, en media hora llego; prepara la feria, el billete”. Como servicio de mensajería: llegó el paquete. Hicieron entregas en Washington, Carolina, Columbia, Atlanta y Miami, en la Florida.

—Con mi cuñado fuimos los últimos en llegar —suspira Sugus—. Como iba sentado detrás del chofer, me di cuenta que por cada entrega recibía mil 500 dólares por persona; el pollero los metía en un portafolio, debajo de su asiento. Un día me animé, lo abrí: montones de billetes verdes; le dije a mi cuñado: mira, brilla el sol, ¿poninas o nones?, mira cuánta lana, ¿nos lo chingamos o no? No conocemos a nadie, nadie nos conocía; el pollero iba solo. No somos gente de delito. Quien nos llevaba estaba violando la ley: no se perdía nada si nos lo chingábamos. Pero en alguna ocasión alguien me dijo: en el gabacho, si te vas por la derecha, trabaja mucho. Pero si quieres levantarla vende coca, mota, heroína, chochos, cristal: pero quién sabe cuánto durará tu buena racha. Decidimos circular por la derecha. Como seis días nos echamos de viaje hasta Miami .

Los entregaron con el pariente del Valle del Mezquital. Pagaron. Abrazos de bienvenida, ¿qué tal de viaje, cómo están por allá, tienen hambre? El pariente ya tiene otra familia acá, advirtieron; también, que el arrimado, como el muerto, a los tres días apesta.

—Si vas creyendo que el pariente, el paisano, te recibirá con los brazos abiertos, estás mal. Claro que varía. No me tocó paciencia, la mínima necesaria para que encuentres trabajo, te encarriles. Al contrario, aportas mucho a su economía. Porque deben el coche, la casa, la escuela. O te mochas o busca otro lugar. No por ser parientes o paisanos te hacen el paro. Desde que llegas y antes de tener ingresos, ya tienes gastos.

El pariente del Sugus, albañil, a veces contratista, les consiguió trabajo. “Aunque no sabíamos nada. Había que trabajar a pleno sol en clima extremoso. Aquí fui jefe de mostrador en una ferretería: cargaba mi block de notas y remisiones en una tablita con clip. Nada pesado”.

En USA debutó como carpintero de obra negra. Recibió casco, un arnés con bolsas plenas de tornillos, clavos, remaches, pinzas, desarmadores, taladro. El American dream para Sugus inició en la construcción de un hotel a la orilla de la playa, en Miami, con el sol del verano encima. Su consuelo: ganaba, por hora, más de lo que aquí gana en un día.

*Escritor. Cronista de "Neza".