REPORTAJE | POR ÉRIKA FLORES

En Yucatán, los chinos querían estar juntos después de muertos

Cementerio General de Mérida - Mausoleo de la asociación de descendientes

En 1945 la comunidad china estableció aquí su última morada tras vivir en México; el lugar, construido en 45 metros cuadrados, simboliza una pagoda, está rodeado de hierba, tiene goteras y delgadas capas de musgo en las paredes.

Yucatán

Lo llaman “las tumbas de los chinitos”, pero en realidad es un mausoleo que pertenece a la Asociación de Descendientes Chinos en Yucatán. Mide 15 metros de largo por ocho de ancho (45 metros cuadrados), su forma simboliza una pagoda y se ubica dentro del Cementerio General de Mérida. Está rodeado de hierba, tiene filtraciones de agua, goteras  y delgadas capas de musgo que suben por las paredes indicando quién manda ahí.

En 1945 estaba nuevo, la comunidad china quiso establecer su última morada tras la vida en México; llegaron desde 1880 para trabajar como esclavos en las haciendas henequeneras y el tendido de vías ferroviarias que comunicaría a Yucatán con el resto del país. Visualmente esta pagoda destaca entre las tradicionales tumbas mexicanas como resultado de una simple idea: los chinos querían estar juntos después de la muerte.

“Llegaron huyendo de la guerra con Japón, entraron por barco a Veracruz, de ahí bajaron a Yucatán y se diseminaron como mano de obra para el agave y el henequén. Terminado el periodo de esclavitud se dedicaron a oficios como la panadería, lavandería, tintorería, huertos y hortalizas”, cuenta Limberg Herrera, arqueólogo y especialista en restauración del Cementerio General.

La cornisa del mausoleo tiene grabado un sol rodeado de jeroglíficos, mismo que, por increíble que parezca, ha sido difícil interpretar. En alguna ocasión un grupo de chinos lo intentó pero no pudo hacer una traducción precisa, pues los símbolos están relacionados con una variante del mandarín antiguo.

Laura Sáenz es la subdirectora de patrimonio cultural del municipio, su acento es ciento por ciento yucateco y cuenta así la anécdota: “Interpretaron que aquí solo pueden ser enterrados chinos o sus descendientes. ¡Hay muchos chinitos en Mérida! Podemos verlos porque están en nuestros trabajos, desempeñan diversos oficios, sus apellidos y ojos rasgados hablan por sí solos”.

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Leo Fong Luis trabajaba en la hortaliza cuando vio pasar a Manuela Herrera, una mujer maya de cabello oscuro y piel morena clara, que frecuentemente cruzaba por ahí para llevar la molienda a sus familiares. “Esa mujel es buena, tlabajadola”, dijo en un precario español que a la larga enterró su lengua materna. Su entrada al país quedó registrada en marzo de 1935. La tarjeta de migración número 95525 indica que llegó en 1913 proveniente de Cantón, China. Tenía 19 años de edad e ingresó por el estado de Colima. “Religión: confuciana. Raza: amarilla. Estado civil: soltero. Profesión u ocupación: lavandero” refiere el documento color marrón que fue enmicado para que el tiempo no lo rompiera más.

“Soy Alejandro Gamboa Aguilar bisnieto de Leo Fong y Manuela”, dice un yucateco alto, delgado, cabello oscuro, de ojos semirrasgados, que trabaja como técnico en una clínica de salud en Mérida y quien, además, presidió un tiempo la asociación de descendientes. Su origen está a la vista con el farol chino de papel que luce en la entrada de su modesta casa ubicada en la colonia centro; adentro también hay figuras, calendarios y leyendas orientales junto a otras fotografías familiares. Las hay maltratadas de las orillas o bien dañadas por la humedad del lugar. “Conocí el mausoleo porque mi bisabuelo está enterrado ahí. Rescatamos el lugar en 1993, cuando el gobierno lo quiso expropiar, éramos 30 integrantes en la asociación pero hoy solo quedamos 14, pues muchos exhumaron los restos de sus familiares y se los llevaron”, cuenta.

Antes de emigrar esas familias  intentaron localizar a sus antecesores a través de la embajada China: ninguna lo logró, pues los nichos datan de 1950, la escritura cambió y los apellidos no significan lo mismo. Fue imposible rastrearlos, pues en aquel entonces los empleados de la oficina de migración mexicana (que no entendían chino), pusieron la ciudad origen del migrante como si fuera apellido, por ejemplo Cantón; el otro obstáculo fue que escribieron los apellidos hasta donde su oído les permitió entender: Jam, Chau, Fong.

Dentro del mausoleo hay una pequeña capilla donde las palomas revolotean; un Cristo está flanqueado por tablas escritas en chino y las paredes que alguna vez fueron azules están descarapeladas; el techo se cae en pequeños fragmentos por donde las varillas se asoman  para mirar a los curiosos. Afuera hay cinco tumbas, pero la única lápida legible es la de Fernando Hau Wong, fallecido en 1977. Sin embargo, el secreto de esta pagoda se encuentra abajo, repartido en tres pequeños cuartos que albergan un total de 500 nichos blancos con jeroglíficos chinos de color negro: son de los copartícipes de la historia yucateca. Con el tiempo, solo 200 nichos siguen ocupados; algunos tienen dueño, otros no tuvieron familia y el resto fueron olvidados.

Mantener este mausoleo ha sido costoso; se han reparado techos, estructuras, se ha pintado pero no ha sido suficiente. Cada integrante de la asociación aporta 30 pesos mensuales y, juntos, alcanzan casi 5 mil pesos anuales para hacer lo que se puede.

“Económicamente no podemos dar más, ya no se filtra el agua, pero falta arreglar la mampostería que es de mármol con granito y pulirlo es caro. Lo que juntamos cada año se nos va también en deshierbar y pintar para los meses de noviembre, diciembre y enero, que es cuando recibimos el año nuevo occidental y el chino”.

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Sabido es que esta comunidad fue rechazada en Mérida pese a que compartieron la esclavitud, se les discriminó por rasgos físicos, color de piel, alimentación y/o hábitos. “Pórtate bien porque si no el chino te va a comer”, decían los yucatecos a sus hijos. La única forma en que los orientales protegieron a su descendencia (aún como resultado de matrimonios con mayas, hecho que también era mal visto) fue no enseñándoles su idioma.

Sin embargo, Rubí Aguilar Cantón —nieta de Leo Fong y madre de Alejandro— sabe un poco de maya y chino pues sus abuelos adaptaron su mundo dentro de casa; con frecuencia les guisaban platillos orientales mezclados con condimentos de la región. Usaron el achiote en lugar del ajimoto, verduras y arroz en lugar de carne de puerco; sustituyeron las salas verdes o rojas por la salsa de soya; dieron preferencia a los fideos delgados y dejaron del lado los caldos grasosos. El resultado fue “Café y restaurante Cantón”, el primero en Mérida que vendió comida china y té; estuvo ubicado en el mercado de San Benito en 1960.

“Cuando murió mi abuelo yo iba al mausoleo con mi abuela Manuela; en los días de muertos le gustaba rezar allá y poner una ofrenda con alimentos que le gustaban, como el atole”, recuerda Rubí. La tradición continúa en estas fechas, pues la asociación lleva al Cementerio General flores tradicionales de la región (claveles, bugambilias) y coloca ofrendas de platillos orientales mezclados con recetas yucatecas, en un intento para que el tiempo no borre la totalidad de sus raíces.

Hace 18 años Alejandro Gamboa buscó el apoyo de la embajada china para restaurar el mausoleo y para que en Mérida —los descendientes de su cultura que así lo desearan— pudieran aprender el idioma además de conocer más sobre sus antepasados. En respuesta, se les envío una caja con folletos turísticos del país, además de libros con biografías de ideólogos nacidos allá. Sin embargo, la asociación no se desalentó ni abandonó la restauración del lugar. “Aquí hay una persona a la que quiero mucho y no se me hace justo que si en aquel entonces ellos reunieron recursos para permanecer juntos después de la muerte, ahora nosotros los tengamos que separar”.