Sierra Norte de Puebla: El corazón en una cuenca

Un recorrido natural de montañas, lagos y ríos lleva a la antigua Villa de Ahuacatlán de Santos Degollado, donde la población indígena lucha por preservar sus iglesias coloniales.

Puebla

Lo mejor de viajar es poder disfrutar de la sorpresa de los encuentros y el mejor de los encuentros es la belleza. La belleza entretejida de naturaleza, costumbres, cultura...

El camino sinuoso y gobernando por la bruma poco a poco te deja descubrir los paisajes y rincones que la Sierra Norte de Puebla ofrece entre sus pueblos compartidos por las poblaciones indígenas nahua, totonaca y, en menor medida, otomí, cuyas batalla por mantener sus costumbres y espacios religiosos se ha vuelto cotidiana.

En el corazón de esta región, clavada en una cuenca, esta Ahuacatlán, comunidad atravesada por un río y la multiculturalidad de sus habitantes, un centro económico donde varias poblaciones indígenas aledañas hacen uno de los mercados dominicales más grandes de la región.

La Villa de Ahuacatlán de Santos Degollado, como se le nombró hace más de un siglo, o el hoy Municipio de Ahuacatlán, está a dos horas del pueblo mágico de Zacatlán de las Manzanas, siendo ésta la puerta de entrada para un recorrido natural de montañas, lagos y ríos. Pero esa abundante belleza envuelve sus pequeñas joyas invaluables e irrepetibles, y al menos dos de ellas han vivido los estragos del tiempo, el abandono y el saqueo, a pesar de los esfuerzos de la comunidad por conservarlas.

Las iglesias hermanas de San Juan Bautista en Ahuacatlán y la de San Andrés Tlayehualoncingo son dos joyas coloniales cuya simple arquitectura debiera ser conservada por la pura muestra del barroco indígena que hay en sus portones y fachadas, pero también porque su patrimonio religioso ha sido casi en su totalidad saqueado.

Ambas iglesias, edificadas una a principios y otra a finales del siglo XVIII, con bellos contrafuertes en arco, columnas salomónicas y ornamentos tallados en piedra y madera, son de innegable hechura indígena, lo que resalta por el ímpetu del simbolismo que se observa en sus detalles.

El sincretismo religioso está o flor de piel en estas poblaciones, que a partir de colectas y trabajo comunitario luchan por mantener en pie los espacios donde conservan vivas sus tradiciones rituales y donde conviven todavía los voladores totonacos con las danzas nahuas y los rezos en lengua indígena frente a sus altares barrocos carcomidos por el polvo y la polilla.

Sobre los retablos las pocas pinturas que sobreviven, entre la humedad y los hongos de tres siglos, intentan recobrar el color con los rezos de la gente, pero la mayoría fueron robadas por pertenecer a una etapa donde la pintura novohispana era esplendorosa, a pesar de su anonimato.

La comunidad resiste, los creyentes resisten y las pocas imágenes restauradas toman su lugar entre otras casi destruidas y muchas más arrancadas de sus retablos. A pesar de ello, estas iglesias siguen en pie, en las cimas de sus montañas o dentro del corazón de sus cuencas.