Una mirada a Tijuana

Después de los tiempos violentos.
Tijuana
Tijuana (Reuters)

Tijuana

Por diversas circunstancias la vida me mandó al norte de nuestro país. Era la ocasión de conocer ese enigma de Baja California que para muchos es Tijuana, el signo de una cultura peculiar y diversa. Un día y medio para palpar la ciudad no era mucho, pero gracias a la generosidad de mis anfitriones no perdimos ni un segundo.

Enseguida saliendo del aeropuerto rumbo al centro, como carta de presentación para recordarnos dónde estamos, nos topamos con el infinito muro que divide México de Estados Unidos. “No parece alto ni dificultoso”, le solté, ingenua, al chofer del taxi mientras el muro seguía su curso largo, interminable. “Ya nadie lo cruza. Así como lo ve parece fácil, pero del otro lado las cámaras, radares y patrullas detectan el vuelo de una mosca”, me dijo el taxista.

Apenas avanzamos unos metros y aparecen las cruces, algunas con nombres pintados en negro, otras sin nada, solo cruces blancas, solitas o amontonadas, superpuestas, invertidas. Cada cruz una vida, un aventurado. Existencias interrumpidas en el intento de una vida mejor, paradojas del capitalismo salvaje en el que navegamos. Por aquí y por allá se vislumbran siluetas, personajes de frontera, buscando algo, tal vez vender, tal vez comprar. Enseguida llegamos al centro donde un Cuauhtémoc majestuoso da la bienvenida. El aire claro ilumina las sierras que coronan la ciudad.

Primer punto de visita obligado: Playas de Tijuana, que se extienden sobre la costa del Pacífico. Cuando uno piensa en Tijuana no piensa en playas, se piensa en fronteras. Sin embargo, allí están, extensas y hermosas, anticipadas por un malecón alegre poblado de restaurantes, bares, cafeterías, artesanos y músicos.

En la playa uno se olvida del muro. Allí no hay fronteras, solo horizonte. Al atardecer el sol se pone en el mar ofreciendo un espectáculo de rojos fluorescentes mientras los niños juegan a sortear el frío del agua para salir corriendo.

Playas de Tijuana termina en “La esquina del mundo”, como indica un letrero que está entre el mar, la playa y el muro que a estas alturas es solo palos de madera. Cuentan los lugareños que en otros tiempos las familias divididas compartían atardeceres gracias a los generosos intersticios del muro, que les permitían intercambiar comidas, bebidas, miradas y hasta caricias. El día claro ofrece la vista de un San Diego que se pavonea puro, limpio, brillante y silencioso del otro lado del muro. Me quedo con la algarabía de este lado.

Domingo en la noche, de regreso a la ciudad, ¿a descansar? No. Tijuana no descansa, la gente se divierte. En la Calle Primera muchachas y señoras ofrecen sus bondades. Bares, dancing, tables, cines porno, enmarcados por paredes de neón. También en la calle Sexta todos buscan diversión. Mañana es lunes pero hoy a “chelear” y a bailar. La rocola del bar Dandy suena fuerte y para todos los gustos, y la pista de La Estrella está a tope al ritmo de cumbias y sones.

El lunes, recorrido por la ciudad. A diferencia de otras grandes urbes, no hay embotellamientos y el tráfico fluido nos lleva rápido de un lugar a otro.

Primera visita, el Centro Cultural Tijuana (CECUT), que no tiene nada que envidiar a los centros culturales del primer mundo. Acoge tanto a artistas jóvenes del norte como ofrece conciertos, espectáculos, cine de arte, exposiciones diversas. Un jardín norteño poblado por cactus, vides, esculturas y fuentes completan el encanto del lugar.

Desde el CECUT a la Casa de la Cultura. Una antigua escuela muy bien cuidada abre sus puertas a niños y grandes que deseen tomar cursos de danza, música, teatro...,, para lo cual cuenta con grandes salones bien equipados.

En contraste con otras grandes ciudades del país donde el trato cotidiano está fuertemente marcado por la diferencia de clases, en Tijuana las cosas son más al “tú por tú” y todo viene más mezcladito. Junto a la iglesia hay un table dance y un poquito más allá, el casino. El llamado Barrio Alto con sus lujosas mansiones y sus calles privadas está a solo 100 metros de lo que se llama Cartolandia, paupérrimas casas hechas de cartón. La geografía urbana parece no requerir tantos muros al interior, lo cual no quita los salvajes contrastes riqueza-pobreza. Pero entre estos contrastes no parecen mediar distancia, como sucede en otros sitios, donde la pobreza es en sí misma el signo de peligro.

Como toda ciudad fronteriza, Tijuana es un entramado plural y diverso. Las filas para cruzar al otro lado pueden durar horas. Solo de acá para allá, pues en sentido inverso casi no hay carros. El flujo de la población ida y vuelta hace a la vida de la frontera. Muchos trabajan en San Diego y viven en Tijuana; es un poco el sueño de todos: ganar en dólares y gastar en pesos.

Como todo extremo, las fronteras muestran el centro y constituyen un termómetro social. A lo largo de su historia Tijuana ha sido punto de cruce, no solo de personas, sino de tráfico de todo tipo. En otros tiempos, al igual que en Ciudad Juárez, los estadunidenses venían a realizar los sueños que en su país estaban prohibidos: sexo y alcohol, que Tijuana ofrecía a manos llenas. El hecho de acoger lo que es ilegal del otro lado, da a cualquier ciudad fronteriza un carácter único, problemático y complejo. Tal situación geográfica y política (entre México y Estados Unidos, entre lo legal y lo ilegal) se presta siempre como terreno fértil para el despliegue de todo tipo de violencia y corrupción donde la cuenta la pagan los lugareños.

Sin duda Tijuana vio y vivió todos los colores de las formas violentas: injusticia social, misoginia, explotación en las maquilas, tráfico de drogas y de personas. Hoy la ciudad recibe visitantes de todo México. Muchos vienen “mientras cruzo”, pero se quedan. El flujo de esta población diversa y cambiante, que vive en un “mientras” definitivo, imprime a la ciudad un estilo único cuya diversidad estética y pluralidad cultural hacen, a sus principales atractivos, como una invitación al mundo entero.

En 2007 la ciudad se vio sacudida por la presencia fuerte del narco. Secuestros y asesinatos anunciaban tiempos violentos. Y si bien todo México está bajo esta espada sobre la cabeza, si mi apreciación no es falsa, Tijuana respira hoy un aire calmo que ojalá ya nunca nadie le venga a robar.