“Tacus, joven, tacus”

El hombre de 69 años, con filipina refulgente de blanca, pica cachete, trompa, lengua, ojo... Su mayor orgullo es haber sacado adelante a sus cuatro hijos con los beneficios de su puesto.
“Tacus, joven, tacus”
“Tacus, joven, tacus” (Arturo Black Fonseca)

México

El vapor que emana del puesto de tacos, a la medianoche del viernes, otorga un aire mágico a ese hombre que con filipina de cocinero refulgente de blanca y cofia en el pelo pica cachete, trompa, lengua, ojo; rebana sesos cocidos al vapor, a la espera de quienes, hambrientos, se detendrán para echarse un tentempié antes de arribar al hogar, dulce hogar.

Los exquisitos tacos de cabeza salpicados con guacamole o salsa de chile pasilla o de chile serrano con tomate verde, ajo, cebolla y cilantro picado, devuelven el alma al cuerpo de quienes, con paciencia, esperan turno para ser atendidos por el hombre de 69 años que llegó a la Ciudad de México proveniente de Tejupilco, Estado de México, huyendo de las rudas y mal pagadas faenas del campo.

Suertudo, encontró empleo como asistente de cocina, pinche, en el hotel María Isabel. No le interesaba la vida campirana y sí el torbellino urbano. Se esmeró en el aprendizaje y muy chavo aún lo enviaron a la escuela para que aprendiera los secretos de la cocina internacional, pues se avecinaban los Juegos Olímpicos de 1968 y él se integraría al equipo de cocineros que atendería a los deportistas de todo el mundo y planetas aledaños.

No hubo queja de sus superiores en la cocina del María Isabel, y a quien quiera escucharlo le desgrana anécdotas de su estancia en la Villa Olímpica, gustoso de poner todo el empeño para obtener el mejor sazón en la diversidad de alimentos que a diario consumían los deportistas.

Se jacta de haber conocido (cuando menos de lejitos, aclara) a gente importante: políticos, deportistas, médicos, artistas, abogados, economistas, la fauna diversa que hizo del María Isabel su comedero predilecto.

Pero su mayor orgullo es haber sacado adelante a sus tres hijas y a su hijo, con los beneficios que obtiene del puesto de tacos que, al quedarse sin empleo durante uno de los sísmicos cambios de sexenio tan comunes en nuestro país, decidió establecer en una esquina de la colonia Estado de México, en Nezayork.

Una de las muchachas se graduó de contadora pública, otra de administradora de empresas; una más, experta en relaciones internacionales, y el muchachito que durante la infancia y adolescencia lo acompaño en el puesto es contador y feliz propietario de una farmacia, en la que orienta principalmente a sus vecinos de la tercera edad, carentes de seguridad social y sin recursos para consultar al médico.

—Siempre quiso ser dotor —dice el taquero mientras con su pañuelo impecable seca el sudor que le perla el labio superior—, pero prefirió los números y ahora algo de sus inquietudes aplica desde la farmacia... Los viejitos lo quieren mucho y viera que eso me da mucho orgullo, que al igual que mis hijas todos hayan salido buenos...

El taquero respinga cuando le digo que no agregue cilantro a mis tacos. “Yo sí lo lavo y desinfecto, no como esos que nomás lo enjuagan en un bote con agua puerca. No me gusta exponer la salud de mis clientes”.

Cuando adolescente, pasaba a este puesto. Parada estratégica antes de llegar a casa y disfrutar lo que mi madre, La Gordis pa’ los cuates, hubiera apartado para mí. El taquero y su blanca filipina destacaban por su seriedad, de él y la de su mujer, quien rebanaba pepinos, rábanos y cebolla desflemada con limón y sal y los ofrecía como guarnición para los tacus-tacus de cachete o suadero, bistec y cecina. La salsa verde de molcajete, ahhh: quería uno beberla de tan deliciosa, aunque horas después el de atrás pagara las consecuencias de tal osadía.

Ahora, me dice el taquero, ya tengo 69 años de edad. Sus retoños se han casado y le han dado nietos. “Vieras que feliz me siento de haberme ganado la vida honradamente, atendiendo el hambre de las personas que llegaban al barrio cansadas, hartas de la chamba, el transporte, lo pesado del tráfico. Al llegar a su casa ya iban de mejor ánimo, gracias a su paso por mi puesto de tacos. No te rías, pero estoy seguro que muchos fueron felices gracias a mi producto: tacus, joven, tacus”.

*Escritor. Cronista de Neza.