Recuerdos de la Liga 23 de Septiembre

En esta memoria personal, el autor revive las circunstancias en las que se enteró de la existencia de la guerrilla en México, mientras estudiaba en una escuela católica donde se temía a los ...
Liga 23 de septiembre
Liga 23 de septiembre (Especial)

Ciudad de México

Era el año 1973. Yo estaba comenzando el primer año de secundaria. Era septiembre y como todos los años al comenzar el ciclo escolar, llovía y no paraba de llover todos los días y las mañanas eran grises. El campo de futbol de la escuela estaba hecho un lodazal, pero a mí no me importaba porque a mí no me dejaban jugar futbol. Yo era poco hábil. Los días eran mejores cuando no llovía.

Una mañana de lunes, el peor día de la semana pues parecía que todavía faltaban cinco días para que llegara el sábado, el profesor Laguardia, un venerable anciano con calva y siempre vestido de traje, nos recibió con la noticia. Llevaba un periódico en la mano y extendió la primera página para que todos la viéramos: “Secuestran al empresario Eugenio Garza”. Las palabras enormes iban acompañadas de la foto de un hombre calvo vestido con un traje, en una foto que seguramente estaba colgada en su oficina.

“Sí, muchachos, lo que antes era una noticia que solamente sucedía muy lejos de aquí, hoy ha llegado a nuestro país”, nos decía el profesor de la clase de civismo, el hombre que manejaba un modesto sedán Volskwagen, el que siempre vestía trajes oscuros y camisas bien planchadas; el padre de dos de nuestros compañeros, que eran rubios y excelentes jugadores de futbol. Aquella era una escuela privada, con solo algunas decenas de alumnos en cada grupo, para padres de familia que creían en que los hijos debían recibir una buena educación moral. Y el profesor Laguardia era la persona que se encargaba de que siguiéramos la línea moral que habían trazado nuestros padres al solicitar nuestra admisión en la escuela.

Los autores del secuestro eran miembros de la Liga 23 de Septiembre. Una organización guerrillera que se formó en Guadalajara a principios de los años setenta. El nombre de la guerrilla coincidía con la fecha por las que las lluvias caían torrencialmente. Pero más allá de eso, a mí no me decía nada. En aquella época se vivía un feroz anticomunismo. Los estudiantes de las escuelas profesionales eran considerados comunistas o simpatizantes. Y ser estudiante de preparatoria o vocacional era sinónimo de ser guerrillero. En las avenidas por las que circulábamos para ir a la escuela, se apostaban grupos de estudiantes con barricadas que detenían a los automovilistas para exigirles que cooperaran para tal o cual causa y ponían un bote de metal con un orificio cerca de la cara del conductor, para coaccionarlo a “entregar su contribución”, so pena de tomar una represalia revolucionaria contra el vehículo en el que transitaba.

No obstante, había otro tipo de jóvenes, o de adolescentes, que soñábamos con una revolución más benévola, que cambiara las estructuras religiosas y que nos permitiera disponer de las libertades que tenían los jóvenes en San Francisco o en Londres; ellos sí, pensábamos, tenían todo para hacer la revolución del amor y paz, el rock, la psicodelia, los conciertos de rock masivos, las playas nudistas. Ese tipo de libertades parecían más apetecibles que el estado proletario anti-burgués que planteaba la Liga.

Aquella tarde, al llegar a casa le conté a mis padres la noticia que nos había comentado el profesor de civismo. No les cayó nada bien, pues mi padre dijo que no se debería hacer publicidad en la escuela a los guerrilleros comunistas, pues esos “solo buscan la fama”. Mi madre, más esteticista, nos dijo que esos melenudos eran un puñado de imitadores del Che Guevara y de la guerrilla cubana, apoyada y financiada por el imperio comunista soviético. Ambos dijeron a coro que la escuela era para estudiar y no para preparar a la gente para levantarse en armas o adoctrinarlos en el dogmatismo ideológico.

Internamente me sentí complacido porque me pareció que mi comentario sobre las actividades de la Liga era un disparador. Había roto la paz del hogar católico con la sola mención de un satán que estaba pululando por las escuelas, adocenando a los adolescentes y jóvenes para meterlos en sus filas. Aquello, me pareció una forma de romper con la monotonía de nuestra vida.

Muchos de los alumnos de la escuela pensaban como yo. Todos queríamos llegar a la escuela vocacional para poder dejarnos el pelo largo, vestirnos con ropas viejas y gastadas, los pantalones rotos, pulseras de cuero en las muñecas y collares de cuentas coloridas en el cuello y un chaleco de piel tatuado con la lengua de Los Rolling Stones, que semejaba el símbolo de un partido político de avanzada. Además de esa bisutería, habíamos quienes nos tatuábamos suásticas en la palma de la mano. La suástica era un símbolo tomado de los motociclistas Hell’s Angeles, que aparecían enfundados en trajes de cuero negro en una película de moda (Born to Loose/ Nacidos para perder), una cinta que nos ofrecía un escaparte a un modo de vida muy alejado de la clase media mexicana. Aunque no teníamos ni una bicicleta podíamos voltear la palma de la mano y, con una aguja entintada levantar la piel y depositar la tinta del bolígrafo entre la piel. Yo no sabía cómo dibujar la suástica porque era disléxico y siempre me quedaba al revés. Pero me sentía muy “en onda” por tener un tatuaje temporal que podía borrar con agua y jabón.

A la semana siguiente seguía lloviendo. El profesor Laguardia, viendo que su tarea docente despertaba en él el imperativo categórico de educar a los jóvenes en política, decidió tomar toda una clase para explicar la diferencia entre el capitalismo y el comunismo. Esa fue una de las clases más inolvidables de mis días de estudiante. El profesor tenía una vocación histriónica, podía expresar con su cuerpo y su voz todas las sutilezas de un guión teatral, que él mismo improvisaba frente a la clase. Nadie se perdía detalle de lo que decía: “En el capitalismo el dueño de una empresa es quien decide el destino de los trabajadores”. Sentado en el escritorio sosteniendo un puro imaginario entre los dedos el empresario despachaba a los trabajadores que no cumplían con su jornada de trabajo, aun a costa de dejar a toda una familia en la inopia. Y cuando decía estas palabras Laguardia subía los pies sobre el escritorio, echaba el respaldo hacía atrás y se balanceaba sobre la silla. “En cambio, en una comuna estatal comunista, donde el trabajador manda…” y mientras decía esto tomaba su eterno portafolio de piel, comenzaba a caminar arrastrando los pies echando los hombros hacia delante, cabizbajo y apesadumbrado. “Los trabajadores tomaban turnos para humillar al trabajador pequeño burgués que con su edad arrastra los viejos vicios del capitalismo”. El personaje era enviado a un campo de reeducación donde se le harían olvidar los abusos cometidos por la burguesía y se plantaría en él la conciencia proletaria”.

En aquel compás de posturas ideológicas no había lugar para un sistema como el que vivíamos en México. La revolución estaba en el poder, los guerrilleros querían hacer la revolución armada para derrocar a los revolucionarios de escritorio, y los jóvenes queríamos un cambio más estético que político, en el que pudiéramos oír rock en las estaciones de radio, ver más conciertos campestres como Avándaro, y evitar el servicio militar, en el cual solo se iba a marchar los fines de semana y en el cual el cabello largo y la patilla estaban prohibidos.

La Liga 23 de Septiembre se volvió un tema tabú en el hogar y la escuela; había la certeza de que sus miembros infiltraban escuelas y fábricas. Robaban armas de la policía y colocaban explosivos caseros que accionaban en sucursales bancarias. Del otro lado, las fuerzas policiales y el ejército se dedicaban a golpear y vejar a jóvenes que levantaban en las calles, especialmente si estos llevaban libros de sociología o filosofía, o tenían el cabello un poco más largo de lo permitido en la escuela. Entre estas dos situaciones, cada quien en su casa o en su barrio tenía que optar por permanecer indiferente ante la violencia de ambos bandos o allegarse los medios para hacer la revolución en casa, en la familia. La revolución sexual había comenzado en un frente totalmente inesperado. Un condón era casi tan peligroso como una granada, era una declaración de que se había tomado partido contra la institución matrimonial.

Cerca de mi casa vivía una familia mixta, de padre alemán y madre mexicana, que tenían una sola hija que era la quintaesencia de una hippie. Se llamaba Mónica y todos la conocían como La Moni; había vivido en Estados Unidos y usaba pantalón de campana ancha con adornos bordados con hilos de colores. Los pantalones estaban ajustados en la cintura y dejaban ver parte de su vientre. La Moni tenía 14 años y ya era una diosa venérea, que dejaba a todos pasmados con su melena negra hasta la cintura. Ella asistía a una escuela religiosa en la que solo le permitían llevar un uniforme convencional, pero aún en esa vestimenta su cabello lacio y los movimientos de su cuerpo resultaban casi tan subversivos como las acciones de la Liga.

Yo me comencé a interesar en el activismo revolucionario cuando me enteré que La Moni era novia de uno de los líderes estudiantiles de la Prepa 9. La escuela se había vuelto legendaria entre los que, como yo, éramos adictos al rock nacional, pues ahí hacían tocadas los grupos proscritos en los espacios culturales oficiales. Así que todo parecía un entramado: ideología de izquierda, rock, sexualidad desinhibida, mujeres trepidantes, ropa provocativa, juventud pues.

Y aunque la Liga era un tema prohibido en la escuela, yo pensaba que era la mejor ruta para acercarse a la revolución sexual, que ya estaba sucediendo dentro de los hogares pequeño-burgueses. En una de las clases de civismo con el profesor Laguardia decidí hacer una pregunta que sabía que podría anunciarles a todos mis compañeros mi toma de posición con respecto al estado de cosas. La pregunta era si los estudiantes como nosotros tendríamos la responsabilidad de encabezar el cambio social para acceder a una sociedad más justa, donde todos pudiéramos ejercer libremente nuestros gustos, sin temor a ser reprimidos por la autoridad. Yo estaba pensando en una liberación de tipo moral, que tuviera consecuencias sobre el deseo y la seducción, en la que todos pudiéramos ir a bañarnos desnudos al río luego de escuchar un buen concierto de rock y hacer el amor con una odalisca entre los árboles sin temor a ser castigados.

La pregunta fue recibida con una carcajada por todos los gandules de la clase, por aquellos que veían a escondidas las revistas Playboy de sus padres o que presumían de haber perdido la virginidad con la sirvienta de su casa o con una prostituta de la avenida Juanacatlán, vecina de la escuela. Pero lo que me salvó de ser lapidado por las burlas fue que el profesor se tomó la pregunta con toda seriedad. Y apuntó con su dedo a los compañeros de las filas traseras, los estrellas del futbol y “expertos” en mujeres. “No. No crean que porque se han expuesto a la carne están liberados y ya son mayores. Porque ustedes son las víctimas pero también los que prolongan el sistema. Son los que se benefician de la desigualdad…” y al decir esta última palabra se escuchó el grito del gordo Zubieta, el capitán del equipo de futbol. “¿Beneficiados del sistema? —vociferó—. Mis padres han trabajado toda su vida para que yo venga a la escuela. Nada de lo que tenemos nos ha sido regalado. Hay gente que no trabaja y quiere que el gobierno la mantenga”.

Nuevamente, aquella tarde me di cuenta cómo un comentario puede encender la mecha de una conflagración verbal de consecuencias. La provocación fue el motivo por el cual me expulsaron de esa escuela y con ello mi vocación por la lucha de clases se convirtió en un signo que no puedo decir que haya revolucionado mi existencia, siempre marcada por el deseo estético de ver un mundo diferente al que me tocó vivir.

Pocos meses más adelante, el gobierno anunció la liquidación de los líderes de la Liga 23 de Septiembre en un barrio de Guadalajara. En diciembre de 1974, Lucio Cabañas, líder del Partido del Pueblo cayó muerto en las montañas de Guerrero. Latinoamérica era un hervidero de guerrillas y gobiernos militaristas de ultraderecha. Por esos días, La Moni cumplió 15 años y se había quedado embarazada. La última vez que la vi su padre la llevaba en un auto blanco a la iglesia donde contrajo matrimonio con un rockero de melena y barba de candado que no había cumplido la mayoría de edad. Ambos tuvieron tres hijos más antes de cumplir los 20 años y luego se separaron. Aquella revolución sexual en la que yo había soñado se desvaneció. Nadie nos había enseñado a los jóvenes el valor de un condón en el terreno de la intimidad.