“Hemos sacado como 300 cuerpos en dos años”

Habitantes de Las Parotas, el pueblo más cercano de donde se hallaron las fosas clandestinas, cuentan cómo viven.
Dicen que en las cuevas la sangre cubre gran parte del piso.
Dicen que en las cuevas la sangre cubre gran parte del piso. (Daniel Cruz)

Iguala, Guerrero

La vida en Las Parotas, el poblado más cercano a las fosas clandestinas halladas en los alrededores de Iguala. El poblado campesino de una treintena de casuchas construidas entre milpas a las faldas de los cerros donde hallaron un número indeterminado de restos humanos. Las Parotas y sus gigantescos cementerios clandestinos en medio de la tupida e hirviente vegetación: “Aquí, la verdad, de todos estos cerros, hemos sacado como 300 cuerpos en los últimos dos años”, asegura, entre fumada y fumada de un cigarro, un comandante de la Policía Ministerial de Guerrero, guardián de los senderos que conducen hacia la escena del crimen.

Pero, ¿cómo viven las familias rurales que habitan en las cercanías? Algunos de los pobladores, temerosos, cuentan historias como éstas…

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Una madre y sus dos hijas charlan afuera de su humilde vivienda. Habla primero la más grande y vivaracha entre las jóvenes, veinteañera ella, ataviada con vestimenta de chica urbana más que de mujercita campesina:

En las noches y en las mañanas oíamos pasar coches para arriba. Carros blindados (con vidrios polarizados). Pensábamos que era gente que iba a ver sus terrenos, no pensábamos que venían a tirar muertitos. En la noche sí se oía bien feo, balazos. Nosotros, como hay venados allá arriba, pensábamos que estaban cazándolos. Y no eran venados. Se oían las ráfagas y sí nos asustamos pero, bah… —hace un ademán displicente.

La madre revela:  

“No era diario, nomás de vez en cuando. Pensábamos que venían por los venados, porque en las noches bajan a tomar agua. Está feo vivir cerca de donde entierran los muertos, pero no tenemos dónde ir. Aquí adelante tiraron un muertito. Desde hace dos años encontraron unos huesos humanos. Y en los cerros, fosas clandestinas. Ya queremos paz”.

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Nos permite pasar a su casa una madre de tres hijos que juguetean por todos lados, entre patos, gallinas y chivos. Uno de ellos cuelga en un clavo martillado en una pared dos pieles de víboras de cascabel. Muelen las entrañas de las serpientes para alimentar a sus vacas. Que así dan mejor leche. Dice la señora:  

“A veces oímos los balazos, pero a veces no porque pongo mi música, los perros ladran y me quedo dormida. Ellos no son de aquí, vienen de fuera, y aquí, y con perdón de usted, hacen su desmadre y medio. Yo cierro mi puerta y ya. Hace medio año vinieron del centro de Iguala siguiendo a un chavo a las cinco de la mañana. Un muchacho salió a hacer del baño, no tenía baño dentro de su casa, y los que venían siguiendo al otro pensaron que era al que seguían y que le toca el balazo. Sí está peligroso. Y luego aquí abajo tiraron un cuerpo y lo enterraron. Los policías decían que el hombre tenía tatuado el cuerpo. ¿Cómo sabían si todavía ni lo sacaban de la fosa? Ellos mismos fueron los que lo vinieron a tirar. Mis niños le tienen miedo a los policías. Cuando pasaban las camionetas mi esposo me decía: ‘Veas lo que veas y oigas lo que oigas, no llegues a salir. No salgas, los están tirando, y te dan un balazo para que no hables’. Por eso, sí, la mera verdad sí vivimos con miedito. Y luego aquí al lado, donde está ese rancho, se vino una bandita hace como un año. Y de aquí los estuvieron sacando, a los muertos, los llevaron para allá arriba. Mi esposo me decía: ‘No se te ocurra hablar, no hables, porque si no van a venir sobre nosotros’. Todo el día estaban subiendo y bajando. Cuando los agarraron, la casa que habían puesto la tiramos nosotros. Ahí guardaban a los secuestrados. Muchachos jovencitos. Hace tres meses iban los señores a traer leña (hacia la zona de las fosas), pero ya no los dejaban subir. Una vez les hablaron, la segunda también, y la tercera vez les dieron una buena, les pegaron a los señores para que ya no subieran. Esos hombres iban a cazar venados, pero venados de dos patas”, ríe nerviosamente la mujer. 

Su hijo, que está en la pubertad, quiere platicar. Cuenta:

“Los guardaban también en las cuevas del cerro. Ahí tienen botes, latas de frijol, de pescado (atún). Los golpean. Luego están los lazos colgados (donde amarraban de pie a la gente capturada, supone). En el piso se ve la sangre. Toda así regada (mueve las manos señalando una amplia porción del suelo). Ahí se ve dónde los tiraban. Ya no vamos para allá”. La madre lo reprende y le insiste que ya no suba al cerro.

La vida en Las Parotas, ahí, al pie de los cerros con fosas clandestinas y cuevas de sangre…