Fauna urbana y hogareña

No estamos solos. Nadie se llame a engaño. Un mundo nos vigila. Animales de todo tipo conviven a nuestro alrededor urbanita. Aves, cánidos, felinos, ácaros, peces, roedores de las atarjeas, ...
Fauna
(Arturo Fonseca)

Nezahualcóyotl

Es media mañana. Soleada. Flota un tenue polvillo dorado. Un perro solitario rasguña la puerta de su casa. Nadie acude a abrirle. Te consideras afortunado: una parte de esta temporada de calor tienes que pasarla en cama, porque te dio un torzón (contractura, le llaman ahora), y no precisamente en lides amorosas. La columna presiona el nervio ciático, dijo el doc. Reposo y ejercicio.

Te gustaría que las condiciones fuesen otras para decir que el día está tequilero, amerita cobija de tripa y ¡cómo se antoja tirar la güeva! para, desde la ventana, ponerse melancólico, lacio o zonzo, pasar la mirada una y otra vez por la calle solitaria.

Y engañarte diciendo que nada se mueve, que la gente tiene miedo de asolearse, que la vida parece suspendida, que seguramente las gallinas que tu madre cría en esta azotea urbana no ponen porque con esta temperatura los huevos se hacen hueros; por el tiempecito, hasta los conejos urbanos son diezmados por sepa Dios qué enfermedades propias de su especie.

Las gallinas... Don Ángel, jubilado, tiene varias y un gallo; son la furia de su doña, pues a quién se le ocurre más trabajo encima, cuando apenas puede una con los achaques, él nomás las trae y se olvida… El canto del gallo madrugador da un toque rural al vecindario megaurbanizado.

Reflexionas. Dicen que Tepito produce más calzado que la ciudad de León, y que en Nezahualcóyotl se crían más cuinos, cochinos o marranos que en La Piedad de Cabadas, Michoacán... Por eso y muchas causas más los drenajes se obstruyen con las heces cochicuinas y colaboran en las inundaciones.

—Cuando dicen que en las ciudades no existe fauna, siempre me dan ganas de poner cara de: aaah, ¿les cae? Lo que es el ocio, en lugar de estar rascándome los talayotes, aprovechando que estoy solo, me da por pensar que, la neta, ¿estoy solo? Respuesta: no-no-no...

Porque desde la madrugada contemplabas a la araña que se columpiaba en la pantalla del amarillento foco, atestado de cagarrutas de mosca: alimento de la tejedora, junto con mosquitos y zancudos.

Se columpiaba. De un almohadazo la despanzurraste en el cielo raso. ¿Qué tanta vida te rodea y no te percatabas antes de este ocio? Échale: cuando la aurora inicia, a los árboles cercanos arriban parvadas de gorriones y verdines, de vez en cuando loritos australianos e incluso cardenales, para comer los desperdicios de alpiste y avena que el par de canarios de tu amá deja caer.

Ahí se pasan buen rato, en la zotehuela donde la recién lavada ropa se seca hasta tostarse. Ahí llegan zanates, negros pajarracos que no se tientan el alma para vaciar de croquetas los recipientes de los perros de azotea, especie que cayó en manos de seres que a las alturas los remitieron.

Alguna vez las golondrinas hicieron, bajo el repisón de tu ventana, sus nidos: iban y venían con hilos, cabellos, zacate y lodo y adosaban ese cuarto de esfera a la pared, para depositar los huevecillos que en breve se tornaban cabecitas con enormes y anchos picos, insaciables, atendidas por sus madres mientras las crías agitaban sus pelonas alas, bracitos deformes, hasta que emplumaban, aprendían a volar y un día desaparecían…

Las hormiguitas negras y anaranjadas no descansan: cualquier borona de pan, grano de azúcar o sal —por mencionar algo de lo que acarrean— lo atrapan con sus tenazas y van rumbo al invisible hormiguero que la ñora de la casa ansía encontrar para exterminar a su población; los mismos sentimientos alberga con las cucarachas que parecen cotorrearla cuando enciende la luz y ahí están: mirándola y meneando sus antenitas y pegar la carrera justo al tiempo que el trapo o el matamoscas se estampa donde ellas... estuvieron.

Por las noches, ¿quién del barrio puede negar la existencia de felinos?

—Cuando la luna se pone regrandota, como una pelotota...

Tristes gatos viudos o jovenazos arrechos, dispuestísimos a ponerle con las micifucitas que gusten y manden, perfilan sus siluetas en bardas y azoteas. Agazapados entre los tinacos o tras las macetas, esperan a sus presas: pajarillos o ratones, atontejadas mariposas y libélulas que buscan algún charco dónde posarse; colibríes, crías de tórtolas: Tortolita cantadora/ que a pesar de la calor/ mi sigues acompañando/ con tu añorosa canción.

En no pocas ocasiones esos gatos son el terror de las cocinas entreabiertas: son hábiles para eso de meter la zarpa en la olla y arrear con los trozos de retazo de res cocido o pollo con verduras, y de igual modo proceden ante la jaula de los canarios y en los gallineros menguan la población de polluelos recién salidos del cascarón.

Eso, a falta de ratones de orejitas simpáticas, diezmados por los raticidas. Pero a ver, ¿por qué los mininos enfrentan a las ratas de albañal? Esas de cola pelada y sarnosa, hollollosas que se cuelan a las habitaciones por las cañerías de baños y cocinas, dando pie a espeluznantes hechos: “Bebita devorada por las ratas mientras su progenitora dábale vuelo a la hilacha”... “Estaba en el excusado leyendo muy quitado de la pena, cuando sentí los bigotes de la ratotota rozar mi trastero…”

Menos horror y asco causan las lagartijas: en ocasiones se cuelan por las rendijas y adheridas a las cortinas disfrutan los primeros rayos del sol. Pero si tienen la desgracia de caer en piso liso, son fácil presa de quienes, armados con escobas, las destripan nomás porque sí o por su aspecto antidiluviano...

Muy de vez en cuando, si uno tiene esa rara costumbre de mirar al cielo, verá sobrevolar en círculo a los zopilotes, agentes sanitarios sin placa, que desde las alturas pastorean algún despojo animal arrojado a los basureros del Xochiaca. Antaño, cuando el servicio de limpia escaseaba, eran frecuentes los muladares en cualquier baldío, y los zopilotes bajaban a socializar y darse tremendo atracón con el perro inflado, el gato tieso, el perico que dejó de hablar…

También puedes gozar el espectáculo de los patos canadienses, que volvieron a la monstruópolis gracias al lago Nabor Carrillo, y si sabes diferenciar entre las aves, de cuando en cuando halcones, gavilancillos, cotorras verdeamarillas y águilas surcan los cielos de la urbe.

—Y con tanto animalejo en casa todavía da por pensar: la neta, ¿estoy solo?

Bueno: casi, si ignoras a los zancudos: en picada y a piquetes atarantan; a las cochinillas, que al tocarlas se blindan como balines; a las chinches, que provocan insomnio, horror, rasquiña y necesidad de deshacerse de tu colchón. Pulgas de los perros, corucos de las aves, garrapatas de los cerditos, pulgones y lombrices de las macetas, tijerillas y pinacates de la humedad, suelen abandonar sus rincones y apersonarse para que nuestra repugnancia se manifieste… y sintamos su compañía.

*Escritor. Cronista de Neza.