Coahuila en 38 tomas

La publicación del volumen sobre la entidad fronteriza sobresale por ser un caleidoscopio enfocado en la riqueza de las particularidades regionales y reivindicar la importancia de la microhistoria.

Coahuila

Fue en 1687 cuando el rey de España decretó la creación de la provincia de San Francisco de Coahuila Nueva Extremadura. Poco más de 100 años antes, alrededor de la década de 1570, los primeros colonizadores habían llegado a esas tierras atraídos por las riquezas mineras. Eran ambiciosos y emprendedores y, de la mano de jesuitas y franciscanos, fundaron algunos ranchos y pueblos. Combatieron a huachichiles, borrados y coahuiltecos —los pobladores originales—, resistieron las incursiones de apaches, comanches, mezcaleros y lipanes, introdujeron la cría de ganado y ovejas a gran escala. Como otras provincias de la Nueva España, igualmente indígenas, criollas y mestizas, San Francisco de Coahuila Nueva Extremadura apenas podía conciliar los intereses peninsulares y locales.

De sus inicios; de casi 450 años de historia política, social, económica y cultural; de su memoria y de sus grandes transformaciones se ocupa la obra, en cuatro tomos, Coahuila a través de sus municipios (coordinación: Lucas Martínez Sánchez, Francisco Rodríguez Gutiérrez, María Isabel Saldaña Villarreal; Agencia Promotora de Publicaciones, México, 2013), un esfuerzo más que notable de investigación iconográfica, documental y oral que convoca a más de 30 historiadores, cronistas, lingüistas, periodistas, editores, educadores y poetas.

La arqueología sabe que durante el periodo Jurásico la región donde se asienta la ciudad de Saltillo —actual capital del estado— yacía bajo las aguas del Mar de Tetis. La historia, por su parte, sabe que Saltillo fue la primera de las poblaciones fundadas por los españoles —y algunos soldados portugueses— en el septentrión novohispano. La fecha: 25 de julio de 1577. Un censo realizado en 1604 refiere la existencia de tan solo dos docenas de habitantes. Era la última frontera de la empresa colonial. Más allá prosperaban los pueblos nómadas y bárbaros, hechos para el ataque por sorpresa y para huir de inmediato a la sierra o al desierto.

Palomas —hoy Arteaga— nació unos años después con el arribo de 400 familias tlaxcaltecas que recibieron el derecho a montar a caballo y no pagar tributos. Casi de la mano, surgió Parras, una misión jesuita que recibió la difícil encomienda de convertir a los indios. Todavía a fines del siglo XVIII la Nueva Extremadura no pasaba de ser un puñado de villas y caseríos que operaban de milagro como puestos de avanzada militar y religiosa.

La provincia sirvió de escenario a uno de los episodios más sonados de la guerra de Independencia. Con el propósito de reagruparse tras la derrota en Guadalajara y de adquirir armas en Estados Unidos, las tropas insurgentes al mando de Ignacio Allende tomaron Saltillo en febrero de 1811. El 21 de marzo, mientras avanzaban por Norias de Baján, fueron emboscados por 250 hombres, entre paisanos y presidiarios, más que probados en el conocimiento de las sendas ocultas y los accidentes geográficos. Baján marcó un nuevo derrotero: la muerte de los primeros caudillos y la irrupción de los líderes del sur, José María Morelos e Ignacio López Rayón.

Durante el siglo XIX Coahuila conoció la pérdida y la confusión. Padeció las divisiones políticas y una cruenta epidemia de cólera. Texas, que tras la Constitución de 1824 se había convertido en un apéndice de Coahuila, dio un paso hacia la separación definitiva en 1836 luego de la desastrosa campaña de Antonio López de Santa Anna. Los impulsos autonomistas cedían una y otra vez a los dictados del centro. En 1847, el general estadunidense Zacarías Taylor entró en Monclova, tomó Parras y venció al ejército federal en la hacienda de Buenavista. Mientras tanto, los indios continuaban en pie de guerra, sordos frente a esa otra guerra que protagonizaban liberales y conservadores. Fue en La Laguna donde Juárez, en su paso hacia la frontera, dejó a resguardo el Archivo de la Presidencia. Fue en Monclova donde el levantisco general Porfirio Díaz padeció hambre y desazón antes de tomar el poder en diciembre de 1876. Hubo, sin embargo, dos notas discordantes en ese convulso siglo XIX: la creación del Ateneo Fuente en 1867 y de la Escuela Normal de Profesores en 1897, y el nacimiento de Torreón, una villa concebida como surtidor de agua mediante la construcción de presas y canales.

La Revolución y su promesa de un orden justo dio a Coahuila un papel protagónico. En 1909, contrariando los deseos de Porfirio Díaz, el senador Venustiano Carranza anunció su candidatura al gobierno estatal. Perdió las elecciones por una abrumadora mayoría y se declaró secretamente en rebelión. Al año siguiente, Francisco I. Madero llamó a la población a crear verdaderas reglas democráticas. Coahuila no solo fue campo de batalla sino también el escenario desde el cual Venustiano Carranza proyectó su liderazgo sobre el Ejército Constitucionalista y desde donde las fuerzas villistas asestaron sus mejores golpes a los seguidores de Victoriano Huerta.

La estabilidad trajo consigo el impulso a la educación, la reforma agraria, el crecimiento demográfico y un flujo inusitado de inversiones. La lista de las fortalezas industriales de Coahuila puede resultar fatigosa pero no menos justa. A partir de la década de 1950, La Laguna se convirtió en la principal cuenca lechera del país. Torreón acoge a uno de los complejos metalúrgicos más importantes de América Latina —capaz de generar oro y plata con el 99 por ciento de pureza— y a un número heterogéneo de empresas extranjeras. Nueva Rosita y Piedras Negras son el asiento de ricos mantos de carbón. Monclova no es enteramente Monclova si excluimos la presencia de Altos Hornos de México. Cuatro Ciénegas produce vinos de una incomprendida calidad.

Coahuila a través de sus municipios responde a la necesidad de pensar la historia en términos regionales antes que entregarse a una visión que de tan ambiciosa termina resultando insuficiente. De esta manera se imponen las particularidades y no las generalizaciones. Cada uno de los 38 municipios de Coahuila tiene por tanto un trato exclusivo y diferenciado. En el relato de Arteaga, por ejemplo, prevalece la enumeración y un deliberado manejo de las estadísticas; en el de Frontera, el presente y el pasado no demasiado lejano inhiben toda mención a las vicisitudes de los primeros colonizadores europeos; en el de Saltillo, en cambio, la guerra contra los pueblos originales marca un tono y un punto de vista. Encontramos autores demasiado preocupados por celebrar a las celebridades nativas de su municipio y otros de verdad inclinados a iluminar algunos aspectos de la historia matria —esa disciplina inconcebible sin Luis González y González— que permanecían bajo las sombras. Encontramos también autores a quienes deleitan las minucias y a unos cuantos que saben cómo narrar el paso del tiempo. El lector tiene así frente a él no una sino múltiples identidades, no un retrato sino un caleidoscopio.

El lector está obligado asimismo a ver. Coahuila a través de sus municipios avanza de la mano de una iconografía que ofrece por igual tomas áreas, estampas de la vida cotidiana, mapas, fotografías de época —muchas de ellas tomadas en los años revolucionarios—, reproducciones facsimilares, planos geográficos, planos interiores, provenientes de archivos públicos y privados. Una sensación de inmensidad y azoro se impone al final del recorrido: la misma sensación que aparece del contraste entre los rudos desiertos y los tibios vergeles.