Debacle en Cananea, a 8 años de la huelga

Los mineros vacacionaban en Disneylandia, se iban de 'shopping' a Estados Unidos para comprar ropa de marca; ahora viven con deudas, enfermos y algunos hasta divorciados.

Cananea, Sonora

Son los olvidados de la histórica mina de Cananea...

Son los mineros que, cuando estaban en huelga, llegaban a las manifestaciones en coches del año.

Los mineros que iban de vacaciones a Disneylandia.

Los mineros que se iban de shopping a Estados Unidos para adquirir ropa de marca.

Los mineros cuyos hijos cursaban estudios en las mejores escuelas privadas.

Los mineros cuyas utilidades anuales (algunas veces hasta de medio millón de pesos) les permitían remodelar o ampliar sus casas.

Son los mineros que no pagaban gas y luz. Los ex mineros que pasaron, de tener el mejor contrato colectivo del país, con atención médica hasta en el extranjero, a subsistir sin trabajo fijo. Viven en pobreza, endeudados (90 por ciento), enfermos (10 por ciento), con familias desintegradas (30 por ciento), divorciados (35 por ciento), con hijos que truncaron sus estudios (40 por ciento), de acuerdo con datos recabados por ellos.

Algunos, en la ignominia, pululan por las calles a la búsqueda de basura, latas de aluminio y botellas de plástico para vender.

Son los mil 200 mineros olvidados de Cananea que quedaron en medio de una guerra de poder, de la cual son víctimas colaterales...

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Esta es la histórica Cananea, donde el 1 de junio de 1906 más de 2 mil mineros mexicanos que laboraban en la empresa estadunidense Cananea Consolidated Copper Company emprendieron un movimiento para exigir que les pagaran lo mismo que a los mineros de EU que trabajan ahí. Demandaban cinco pesos como salario mínimo. Las jornadas de lucha de los trabajadores, que se extendieron durante un par de días, provocaron enfrentamientos con los cuerpos de seguridad porfirianos, con mineros estadunidenses, y con rangers del país vecino que habían ingresado a México para proteger los intereses del empresario estadunidense William Green, propietario de la mina. Eso dejó un saldo de una veintena de muertos y dos docenas de heridos, según se lee en libros de historia de esta ciudad. Y esa huelga, la de Cananea, es considerada por varios historiadores como precursora de la Revolución mexicana.

Ahora, 109 años después, los herederos de aquella revuelta sindical viven las consecuencias de otra guerra. Una guerra entre Grupo México (una de las mineras más importantes del país y el mundo), propiedad del empresario Germán Larrea, y Napoleón Gómez Urrutia, el líder sindical que enfrenta numerosos pleitos judiciales que lo han llevado a vivir exiliado... en Canadá.

Esta confrontación tuvo su punto más álgido el 30 de julio de 2007, cuando Gómez Urrutia llevó a huelga a sus mineros. Sus opositores dicen que fue para desviar la atención de un presunto desfalco que le imputan por 55 millones de dólares (935 millones de pesos al día de hoy), pertenecientes a un fideicomiso minero del cual alega haber repartido... 20 millones. Sus opositores afirman que no hay prueba de tal afirmación.

En cualquier caso, el epílogo legal del enfrentamiento ocurrió en 2009, cuando la Junta Federal de Conciliación y Arbitraje dio por terminada la relación laboral entre ambas partes, entre el sindicato liderado por Napito (así le llaman porque su padre, Napoleón Gómez Sada, fue líder de su gremio), y la empresa. La resolución fue ratificada en junio de 2010 por la Suprema Corte de Justicia de la Nación.

Perdió Gómez Urrutia, pero sobre todo, perdieron los mineros que lo siguieron.

Con miedo, con mucho miedo a Gómez Urrutia y a sus fieles; con miedo a perder la ayuda de 850 pesos semanales que les da su sindicato por mantenerse en una huelga que ya no existe; con miedo a que los vayan a golpear por contar lo que viven, mineros de Cananea platican con MILENIO, pero suplican para que sus rostros no salgan ante la cámara y para que sus voces sean distorsionadas en las grabaciones...

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Chuy trabajó en Cananea desde los 16 y hasta los 32 años. Era operador de palas en el tajo de la mina.

—¿Y ahora?

—No, pues ahora nada. Hay que buscarle, porque no rinde, no alcanza. Trabaja mi esposa, trabajan mis hijas, trabajo yo, y no me alcanza. Y con lo de la ayuda (sindical), pues tampoco. Tenemos ocho años sobreviviendo, podría decirse.

—Antes tenían buenos servicios médicos por el contrato colectivo...

—Médicos de primera, medicinas de primera, todos los servicios de primera. No pagábamos nada. Y ahora, pues tenemos el Seguro Popular...

—Tenía coche...

—Tenía tres carros. Ahorita tengo uno y muy a fuercita anda. Los otros se descompusieron, quedaron sin llantas, los motores se acabaron, y ya no hubo chance para repararlos ni darles mantenimiento.

—Los hijos, sus estudios...

—Tengo cuatro. Uno terminó y los otros no pudieron seguir. No alcanza. No se puede. Dos están trabajando.

—Los hijos padecen las carencias...

—No sé si estarían malacostumbrados. Sí, más bien eso es: nos malacostumbramos todos y ellos son los que más resienten, porque prácticamente tenían todo, no les faltaba nada: "Que quiero esto", "Órale, ahí está". Había de dónde agarrar. Y ahorita por más que le muevas necesitas sacrificar una cosa para tener otra...

—Les cambió la vida entonces...

—Por completo. Todo esto se fue abajo a raíz de esa huelga que no le veo ni pies ni cabeza. Estábamos muy bien, no había necesidad de esta huelga. Y todo fue por seguirle el rollo a Napoleón. Y él muy a gusto allá. Él no sufre, no batalla...

—¿La última vez que recibió utilidades cuánto obtuvo? ¿Para qué los usó?

—Se me hace que fueron 292 mil pesos. Uh, para muchas cosas. De hecho compramos otro carro. Íbamos del otro lado (a Estados Unidos), comprábamos muebles. Había la manera, estábamos bien, no nos faltaba nada. Puro "vamos para allá", "vamos para acá", y vacaciones. La última vez me dieron 24 mil pesos libres para las vacaciones...

—Se acabó eso...

—Se acabó todo...

—Tristeza y coraje, ¿no?

—Pues, híjole de la madre: de todo un poquito. Coraje, odio, resentimiento. Estos cabrones nos llevaron entre las patas a todos...

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Sonia María es esposa de un minero de 53 años que durante dos décadas ejerció su oficio en la mina.

—Vivíamos bien. No podíamos decir: "No puedo comprar esto", porque todo se podía...

—¿Todo?

—Todo. Porque eran muy buenas las vacaciones, el aguinaldo, el ahorro anual, las utilidades.

—De pronto cambió todo...

—Sí, se vino la huelga y estábamos impuestos a un ritmo de vida y a cambiar drásticamente: se nos vino abajo todo. Todo...

—¿Y ahora qué hacen?

—Vivir al día. A veces comemos, a veces nos aguantamos. O pagas servicios o compras mandado. Antes no pagábamos ni agua, ni luz, ni nada. Ahora nada más tenemos la pura ayuda sindical que son 850 pesos semanales. Mi esposo está desempleado. Hace trabajitos, que una pintada de casa, que una limpia de corral, que anda de mecánico. Yo he tenido que hacer tamales para vender...

—¿Y sus hijos tienen trabajo?

—No, no les dan.

—¿Por qué?

—Por ser "hijos" de Napo.

—¿Así les dicen?

—Sí. Por ser de Cananea. Dicen que la gente de Cananea es muy grillera. Ya están boletinados donde quiera.

—Les desgració la vida...

—A todos. Y a mucha gente de Cananea, porque la vida de mucha gente dependía de la mina. Los que hoy trabajan ahí son de fuera y el dinero no se queda aquí.

—¿Desintegración familiar?

—Se puede decir que 50 por ciento está divorciado, separado. O emigró.

—Se quedaron en medio de una guerra...

—Sí. Los que estamos batallando somos nosotros porque él vive muy a gusto por allá donde anda. Él tiene cadenas de restaurantes y nosotros aquí nos faltan hasta los frijoles para comer.

—Una desgracia...

—Sí (se le quiebra la voz)...

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Viviana está separada de su esposo, un ex minero de Cananea, donde trabajó 26 años. Tiene tres hijos. Uno se volvió adicto a drogas y es violento. A veces se pone loco y la ahorca. Ella lo mira con terror cuando el mozalbete deambula cerca.

—A mis hijos los afectó mucho todo esto. Uno de ellos se fue por el mal camino. Y ahorita ya no hallo cómo controlarlo. Antes no les faltaba nada. Vivíamos muy bien. Teníamos dos coches. Ahora ni uno. La educación estaba al cien. Y de repente se acabó todo. Sobrevivimos con 500, 600 pesos a la semana que él les trae. Tengo que trabajar, que limpio una casa, que limpio otra, y así. Y agarro una feriecita para el gas: que le pongo 50 pesos, que le pongo 100. Poquito a poco.

—Tristeza, shock...

—No sé cómo explicarle. Es coraje porque otras personas tienen y nosotros no. A veces comen mis hijos y a veces no comen (su refri, cuando saca agua, se mira vacío). Fue como pasar de un mundo a otro muy de repente. Muy feo. La gente no nos trata bien. Yo entré a trabajar en la mina y hacen como un recuento y dicen: "Esa señora es esposa del Napo". Y a un ladito. Vivimos del puro recuerdo...

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Roberto trabajó 12 años en la mina, desde los 19...

—¿Qué hiciste la última vez que recibiste utilidades?

—Hice ampliaciones de unas casas y fuimos de vacaciones. A Disneylandia llevé a los hijos. Y ahorita, de dónde. De dónde podemos agarrar ese dinero que agarrábamos antes. Estábamos acostumbrados a un buen nivel de vida. Ahora a batallarle. A juntar. Por ejemplo, para las escuelas. Te atrasas y te los sacan de la escuela hasta que pagues.

—¿Problemas familiares?

—Pues sí porque ya no puedes solventar. Yo me separé con hijos de 15 y 10 años. Esa huelga no debió estallar. Nunca, nunca. Económicamente estábamos muy bien. Requete bien. No te preocupabas de nada.

—¿Enojo?

—La gente está enojada pero mucha gente tiene miedo. Le tiene miedo al sindicato.

—¿Por qué?

—Porque vaya a haber represalias contra ellos.

—¿Por eso no quiere dar la cara?

—Exactamente. Hay muchos que viven de la ayuda, los más viejos sobre todo, ¿me entiendes?

—Se arrepienten de estallar la huelga...

—Pues sí.

—Les jodió la vida...

—Sí. Bastante. Bastante...

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Manuel fue minero durante 25 años...

—¿Qué hace?

—Lo que caiga. Tiene que chambear uno de lo que caiga. Por desgracia no podemos acomodarnos en lo que uno hacía, en lo que uno se dedicó tantos años. Estamos tachados tanto por la empresa como por el mismo sindicato, porque no te deja, quiere tenerte ahí todo el día cuidando las instalaciones. Nos echamos un tatuaje.

—¿En qué usó sus utilidades los dos últimos dos años?

—Ampliar la casa. Salir con la familia y cambiar de carro. Iba a Navojoa, Guaymas, Empalme, Obregón, Huatabampo, Valle Kino. O iba al otro lado para ajuarear a la familia, ¿no? A comprar tenis de marca pa los hijos, como dice uno.

—Esa vida se acabó...

—Esa vida se acabó totalmente. Por el contrato colectivo podíamos atendernos hasta en hospitales del extranjero...

—¿Depresivo?

—La verdad sí. Se han adelantado (han muerto desde la huelga) quince compañeros. A lo mejor fue hasta por lo mismo. Eran de los mayores que estaban enfermos. Llega la desesperación y la ruina y te puedes enfermar.

—Buen contrato colectivo tenían...

—¡El salario que teníamos! Un salario integrado que no le tenía ningún contrato de la República mexicana. Ejemplo: si un trabajador en equis empresa cobraba 6 mil pesos de vacaciones, pues yo cobraba 40. Nos dio la vida una vuelta de 180 grados...

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Julio trabajó 13 años en la mina...

—Ha sido difícil para la familia. "Papi, no tenemos de comer, qué vas a traer de comer". Y tú amarrado de manos que no puedes hacer nada. No se lo deseo a ningún trabajador lo que nos hicieron Napoleón, el sindicato y la empresa. Acabamos peleados dentro de las familias. Hermanos que nos decían: "No la frieguen, tienen un trabajo excelente, ganando el mejor salario, ve tu casa, ve tu carro, cómo te puedes ir a una huelga por cosas que no son". Tuvimos una manifestación un día que llegamos al zócalo de Hermosillo con puro carro del año y la gente se nos fue en contra. La gente decía: "Vean los carros que traen, vean sus casas, cómo es posible que se vayan a un movimiento de huelga". Un rechazo social bárbaro.

—Qué duro...

—Mucha tristeza, coraje, depresión. Mi hija que estaba en preparatoria me decía: "Papi, qué vamos a hacer, yo quiero seguir mi estudio, ponte a hacer algo". Dejaron sus estudios. Otros no los podías controlar. En la adolescencia, tú sabes, tienen la espinita de buscar otro mundo y algunos se perdieron en la drogadicción. Se fueron refugiando en cosas malas. Hasta robar...

—Y no hay trabajo fijo para ustedes...

—Menos con la tacha que nos dejó Gómez Urrutia de grilleros, de huevones, de que no queremos trabajar. Eso se nos quedó en todo el estado. Si tú vas y pides un trabajo en cualquier empresa de Sonora ya el simple hecho de que eres de Cananea te ponen las cruces, te dicen: "Aquí no vas a hacer una huelga, o no vas a venir de huevón". Muchos migraron a EU, muchos andan en el sur, allá donde no los conozcan para que les puedan dar trabajo. Éramos muy buenos trabajadores, muy buena mano de obra, nada más que esa tacha nos dejó Napoleón Gómez Urrutia. Le valimos madres...

Lo que todos suplican es que Grupo México se compadezca de ellos y los liquide conforme al contrato colectivo de trabajo que tenían. "Es el último sueño que nos queda", se despide Julio en una loma desde donde se queda mirando, absorto, la mina de Cananea, donde ya no puede entrar como el resto de sus compañeros...