Buscan recuperar a sus muertos y rehacer su vida en La Pintada

A pico y pala y con trascabos, habitantes de La Pintada, en Guerrero, siguen buscando el resto de los cadáveres sepultados desde hace un mes por un alud.
El poblado quedó bajo tierra.
El poblado quedó bajo tierra. (Jorge Carballo)

Atoyac de Álvarez, Guerrero

Un sobreviviente, un campesino cafetalero, mira su reloj. El segundero de su reloj de plástico. Cuenta: uno, dos, tres… Así, hasta treinta. Treinta segundos. Eso fue lo que duró la pesadilla. Aunque el terror, ése se sigue sintiendo hasta hoy. Treinta segundos. El tiempo que se llevan diez respiraciones. Diez inhalaciones y exhalaciones. Eso fue lo que, hace un mes, un cerro tardó un en desgajarse sobre La Pintada, poblado de poco más de 600 habitantes ubicados en la Sierra Madre del Sur, en el municipio de Atoyac de Álvarez, en Guerrero. Treinta segundos para sepultar bajo toneladas de lodo a 71 personas y decenas de casas, coches, dos escuelas, una iglesia, tiendas. Casi todo el poblado. Medio minuto de pánico, narran los habitantes.

“Primero fue un tronido. Como que estalló algo bien fuerte. Luego como que tembló. Y en 30 segundos toda la tierra se vino encima. Ya que bajó el lodo, se hizo como una nube roja. Era por el color rojizo del lodo. El cielo se veía todo como con una nube roja. Después ya nomás se oían gritos, quejidos. Eso fue a las tres de la tarde. A las ocho hubo otro pequeño derrumbe, se cayó lo que quedaba del cerro. Y ya no se oyó más: puro silencio”.

Así narran los habitantes de La Pintada lo que sufrieron. Las 20 personas que aún permanecen en el lugar, acompañados de algunos soldados y marinos. Un mes después ya no se ve la nube color arcilla que invadió todo durante medio minuto. Ya no se escuchan gritos de pavor, vociferaciones suplicando auxilio. Hoy, solo hay silencio.

El antiguo poblado cafetalero parece una imagen congelada donde nada se mueve. Una foto. Una secuencia inane. Para donde se voltee no hay vida, solo destrucción: la iglesia de diez metros yace sepultada en barro, apenas sobresale lo que fue su campanario: su cruz yace tirada igual que su campana negra. Hay casas ladeadas y aplastadas, hogares comprimidos que apenas dejan asomar sus azoteas. Algunos perros enflaquecidos pasean solitarios buscando a quien arrimarse, algunas gallinas escuálidas picotean la tierra desesperadamente a la pesca de un granito de los que sea. Nada. De pronto un trascabo irrumpe con su ruido. Seis personas lo rodean. Son familiares de algunos de los muertos.

De 71 personas fallecidas, solo se han recuperado 23 cuerpos. De éstos, 21 han podido ser identificados, dos más no: demasiadas toneladas de peso sobre los difuntos que quedaron irreconocibles. Les van a hacer pruebas de ADN. Se acerca y llora una mujer. Suplica que envíen maquinaria. Perdió mucha gente bajo la devastación: sus gemelas, sus niñas de siete años. A su hijo de 15. A su madre también. Llora ella. Y lloran otras tres familias más que se niegan a irse hasta que puedan darle sepultura a sus muertos. Un hombre de plano coge una pala. Y ahí está, bajo la lluvia que no se va de aquí, paleando barro donde supone que los suyos vivieron sus últimos 30 segundos…

Pasan los días y aunque la gran mayoría de lugareños ya no están aquí, sino en refugios de damnificados ubicados en Atoyac y en Acapulco, la demanda es la misma: que se rescaten los cuerpos de los muertos. El problema es cómo hacerlo. Es tal la cantidad de tierra endurecida. Es tal la cantidad de barro. Pero los deudos insisten:

—De aquí no nos vamos. ¿Sabe usted lo que es no tener dónde poner veladoras? ¿No saber dónde rezarle a nuestros muertos? ¿Cómo les ponemos flores si no tenemos los cuerpos? Que nos den este descanso, por favor… -suplica un chaval de 17 años que perdió a sus padres.

La tragedia en La Pintada también es macabra…

Cesáreo Moreno, uno de los líderes de la comunidad y de la cooperativa cafetalera cuenta…

—El lodo cayó en el río que atraviesa la población. Lo tapó, luego la fuerza del río se llevó el lodo, desbloqueó el cauce. Y con los días hemos ido encontrando, río abajo, pedazos…

—¿Cómo pedazos?

—Antier hallaron un cuerpo, un tronco sin pies ni brazos ni cabeza. No sabemos de quién era. Lo sepultamos en el panteón mientras averiguamos. Lo enterramos con otros 21 cuerpos que ya sabemos por sus ropas quiénes eran, cada quien en su espacio. Los enterramos junto a otros sepulcros de dos cuerpos que no sabemos de quiénes son. Otro día encontramos el brazo de una mujer. Otro día la pierna de un hombre. Ha sido duro…

La ruindad de la catástrofe…

En La Pintada alguien clavó una bandera mexicana en medio de la montaña de lodo en la que se convirtió el poblado. Ahí está, empapada, sucia, a la mitad del gigantesco sepulcro de barro. Llueve copiosamente. El huracán Raymundo amenaza con ensañarse de nuevo con este lugar de dolor donde, un mes después, sí, sigue impregnado de ese inconfundible olor agridulce que es el olor a muerte. A muertos…

Y en Acapulco, en el refugio de los habitantes de La Pintada, la gente no deja de sufrir. Sí, como tres veces al día gracias a la Marina que los asiste, pero padece el calor sofocante del puerto, ellos acostumbrados al frío de la zona boscosa. Y ahí están, sin casas, sin sus pertenencias, algunos deambulando como zombis, como este pequeño de 13 años que no quiere hablar, que no quiere comer, que ya tiene un mese de flacura, que ya tiene los ojos extraviados, una mueca insondable en su boca, yace tirado en una colchoneta.

—Es que, yo estaba en el campo trabajando, soy viuda, y él salió de la casa cuando cayó el cerro, iba a un mandado. Alcanzó a correr cuando ya estaba en la puerta, pero sus hermanitos no, ni mi papá. Él vio cómo quedaban ahí, enterrados. Y ya no habla. A mí el corazón me quiere explotar de dolor, señor… —llora y llora la madre.

La gente de La Pintada, además de recuperar a sus muertos, solo quiere una cosa: rehacer sus vidas. Que los pongan en un refugio pero cerca de su comunidad. Y que, como les prometió el Presidente, que les ayuden a reconstruir su pueblo, cerca, no muy lejos de La Pintada original, de esa piedra oscura, esa roca enorme y negra, que quién sabe de qué magia y misterio salió (ahí no hay piedras de ese color más que esa), y que hace décadas le dio nombre a su hogar hoy sepultado…