Ayotzinapa: del rifle de Lucio Cabañas a los 43 desaparecidos

La Normal es un lugar en el que los jóvenes realmente creen que sus movilizaciones pueden ser la semilla para una nueva insurrección, pacífica o armada, contra "el opresor sistema capitalista".
Los rostros de Che Guevara, Engels y Lenin vigilan el sitio.
Los rostros de Che Guevara, Engels y Lenin "vigilan el sitio". (Héctor Téllez)

Iguala

En cuanto uno franquea el portón negro que da la bienvenida a la normal de Ayotzinapa, adornado con un par de tortugas verdes (“lugar de tortugas”, dicen los pobladores que significa Ayotzinapa), y vigilado por una media docena de estudiantes que no dejan entrar a nadie que los dirigentes normalistas no avalen, se desciende por unas escaleras de piedra hasta una cancha deportiva con techo de lámina a cuyo costado, en un muro, fueron pintados unos rostros que no dejan lugar a dudas del pensamiento social que predomina en el lugar: las caras, dibujadas con pintura negra, del Che Guevara, Marx, Engels y Lenin, vigilan el sitio. Al lado, reinan la hoz y el martillo de las luchas proletarias y campesinas del siglo pasado.

Aquí, en la normal rural Raúl Isidro Burgos, manda la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México. Mandan e inspiran los fantasmas de los líderes magisteriales y luego dirigentes guerrilleros de los años 60 Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y Othón Salazar. Ellos son los héroes del lugar. La motivación de alrededor de 500 estudiantes del lugar, hijos de campesinos pobres de Guerrero, Oaxaca y Morelos y otros estados que reciben una dieta de $40 pesos diarios.

Aquí, a esos jóvenes de miradas chispeantes, les ilustran las mentes con frases de lucha tatuadas en las paredes, las cuales recitan cosas así:

“Si avanzo, sígueme. Si no avanzo, empújame. Si te traicionó, mátame. Si me matan, véngame”.

“Ayotzinapa, cuna de la conciencia social”.

“Nos podrán faltar recursos, pero nunca nos faltará la razón”.

Una y otra vez los rostros de Emiliano Zapata y Che Guevara adornan los pasillos de la escuela, junto a señores águila y tigre, antiguos mexicanos que cayeron ante los conquistadores españoles. Y es que Ayotzinapa, además de ser una escuela para preparar maestros de primaria y de educación física, es un lugar en el que los jóvenes realmente creen que sus movilizaciones pueden ser la semilla para una nueva insurrección, pacífica o eventualmente armada, contra “el opresor sistema capitalista”. Por estos días los jóvenes, mientras escuchan canciones de lucha social de fines del siglo XX, comentan, en tanto hacen sus guardias y observan a sus guapas compañeras barrer los andadores, esos comunicados del ERPI y el EPR que les abren la esperanza de ser como Lucio, como Genaro, como el Che: el primero de los grupos guerrilleros llamó a crear una brigada de ajusticiamiento contra los Guerreros Unidos, el cártel que opera en Iguala. Y el EPR ha dicho que los ataques contra sus compañeros se tratan de “un crimen de Estado planificado por el mando único policiaco-militar, el cual coordina la agresión permanente contra el pueblo”.

Una regresión a los 70 en octubre del 2014. Pero desde hace 20 días, más que citar discursos de adoctrinamiento para ejercitar espiritualmente la lucha de clases, los jóvenes andan en otra cosa: tienen reuniones para planear tomar casetas, alcaldías, edificios de gobierno y por ello las clases magisteriales y los trabajos campesinos en las huertas de la escuela fueron suspendidos. Todo se explica al ver esos cuartos vacíos del internado, esos rincones en algunos de las habitaciones donde las pertenencias de los 43 desaparecidos quedaron ahí, regadas en el piso, porque es en el piso es donde duermen los alumnos de primer grado. Esos espacios silenciosos han detonado la furia de los jóvenes que, como si ejercitaran una estrategia guerrillera sin armas, hace unos días fueron al Palacio de Gobierno, lo hicieron suyo, y uno de sus edificios, el de Tierra Caliente, lo quemaron. Manual de guerrilla: llegar, atacar, apoderarse y retirarse. Pegar en la sede del Poder Ejecutivo y retirarse.

“Depende del Estado, de los gobiernos de Guerrero y federal, de que resuelvan el caso, de que aparezcan nuestros compañeros y de que se castigue a los culpables, hasta dónde vamos a llegar nosotros”, dice uno de los dirigentes, que como todos tiene su apodo (el cual pidió omitir), y que este día está encargado del teléfono celular para recibir las llamadas de la prensa y las solicitudes de entrada en el portón negro de las tortugas.

La furia es su mecha. Y el dolor. El dolor de esos hombres y mujeres de ropas humildes que nada más ves y esperan. Los padres de los jóvenes que aguardan, cada hora, cada día, noticias que les den una pista de dónde demonios están sus hijos. Furia y dolor. Y miedo, porque los sobrevivientes, quedaron tocados por el horror. Cuenta el campesino de sombrero y piel curtida, de cabellos encanecidos:

“Soy Dionisio, papá de Jerónimo. Él tiene 18 años. No, no desapareció. Huyó. Él desapareció con lo de Iguala y luego apareció. El domingo. Él iba en el segundo camión, porque eran tres camiones. Mientras atendieron al primero que le estaban tirando, dice que el chofer que los llevaba en el segundo camión se pasó, Y les dijo que corriendo, que se bajaran. Se bajaron y dice que los columbraron y que les empezaron a tirar. En una casa los llamaron que se metieran. Y ahí escaparon. No sabemos en qué casa fue. Se quedó ahí desde el viernes en la noche y el domingo aparecieron. Los trajeron de allá en un autobús resguardados con la policía. Apenas es el primer año que entró aquí. ¿Cómo está? Lo curamos de espanto. De noche averigua dormido…”.

El espanto de Jerónimo, el joven de Ayotzinapa, de esta escuela normal a la que, como todos sus compañeros, solo pudo ingresar luego de terminar preparatoria y un promedio mínimo de 8 de calificación. Ayotzinapa, este sitio que tiene una larga historia de 88 años…

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La escuela, se lee en su sitio web, empezó a funcionar en los diferentes barrios de Tixtla en 1926, porque no tenía un local propio. Las clases se impartían los fines de semana. El 30 de marzo de 1933, Raúl Isidro Burgos, como director, la inauguró. En aquella época empezó a funcionar con secundaria y normal a la vez y como internado mixto.

Doña Estela Cervantes Basilio, cronista de Tixtla, dedicó 33 años de su vida a la normal de Ayotzinapa, según dijo en una entrevista al reportero Jesús Pintor de La Jornada de Guerrero. Fue —contaba— forjadora del desarrollo intelectual de sus “angelitos”, como llamaba a sus estudiantes, gente como Lucio Cabañas y Genaro Vázquez. Los que luego tomarían el fusil para organizar guerrillas. La primera piedra del sitio se puso el 1 de mayo de 1926. La primera piedra de José Vasconcelos:

“De allí deviene toda la historia. La normal surge gracias al impulso que da José Vasconcelos con las misiones culturales de la época”, decía la autora de un libro sobre la normal. “La normal puede ser una gran amiga del gobierno, pero también una gran enemiga, que lo sepan todos”, enfatizaba.

Como parte de un plan de masificación educativa implementado por el Estado, a partir de la década de los 20 las normales rurales estaban basadas en la idea de llevar la educación al pueblo, idea que con Vasconcelos se materializó en las llamadas “misiones culturales”. Durante el periodo de Cárdenas, las normales rurales incorporaron la idea de la educación socialista.

Y luego, por aquellas actividades de sus egresados, Cabañas, Vázquez y Salazar, Ayotzinapa fue considerada semillero de guerrilleros. Hasta ahora, que le asesinaron a tres de los suyos y le desaparecieron a otros 43. Hasta ahora, que con esto, sus jóvenes del siglo XXI, por la furia, por la rabia, por el dolor, escarcean de nuevo… con la tentación guerrillera.

ATAQUES, FOSAS Y RENUNCIA

26 septiembre

Dos ataques en diferentes partes de Iguala dejaron como saldo tres normalistas muertos.


27 septiembre

Los maestros señalan que por lo menos 44 de sus compañeros están extraviados.


1 octubre

Aparecen 14 normalistas, pero desaparece el alcalde de Iguala, José Luis Abarca.


4 octubre

Autoridades anuncian el hallazgo de varias fosas con 28 cuerpos  en la localidad de Pueblo Viejo en Iguala.


16 octubre

Renuncia Lázaro Mazón, secretario de Salud estatal. Es padrino del alcalde prófugo de Iguala.