Arte, recuerdo y muerte en el ejido Maclovio Rojas

Una especie de antimemorial para aliviar el sufrimiento y sanar tanto dolor.

Tecate

Sucede por rumbos de la alejada comunidad Maclovio Rojas, en dirección a Tecate, en uno de los predios donde Santiago Meza, El Pozolero, se encargaba de desintegrar en ácido cientos de cuerpos por encargo de un narcotraficante conocido como El Teo. Las fosas donde yacen los restos de más de 300 personas se han sellado con unas enormes mandalas de mosaico y espejos, realizadas con ayuda de los residentes del propio Maclovio Rojas como parte de un proyecto para sanar este espacio de muerte. Las paredes de ladrillo que limitan el espacio también cambian su fisonomía de abandono; en ellas de pronto van apareciendo flores blancas, aves y otras figuras de colores intensos y brillantes. Son los murales que han ido pintando una docena de niños y jóvenes de la colonia para dar un nuevo significado al tétrico espacio conocido como Las Galleras. Los chicos son dirigidos por Alfredo Libre Gutiérrez, artista y arquitecto invitado a participar en este proyecto junto con otros artistas por el Instituto de Investigaciones Culturales de la Universidad Autónoma de Baja California (UABC) y la Asociación RECO.

Después de una semana de intervenir y transformar este espacio, a las 12 del día del sábado 22 de febrero se realizó una ceremonia donde asistieron alrededor de 50 personas, familiares de desaparecidos. Días antes las madres, abuelas, esposas o hermanas de las víctimas bordaron sobre tela blanca los nombres de aquellos que un día salieron de su casa y no regresaron nunca más; en los lienzos se incluye la fecha de la última vez que los vieron, incluso algunos narran la forma en que los sacaron de sus propios hogares. Al centro de las mandalas, donde abajo yacen más de mil litros de materia orgánica, sobre un círculo de espejos que refleja el cielo, se han encendido varias veladoras y los familiares han formado otro enorme circulo alrededor, en un gesto espontáneo se han tomado de las manos, sollozan, con las cabezas bajas rezan y se abre un silencio pesado interrumpido apenas por el click de alguna cámara registrando el suceso.

La madre de Fabián habla de ese silencio, de ese vacío: “Salió mi hijo de la casa y no volvió nunca, nunca más, parece que se lo tragó la tierra, desde entonces solo vivo este gran silencio, nadie sabe nada. Pegué su fotografía en muchas partes, aquí y las ciudades cercanas, me decían que no pusiera mi teléfono porque me llamarían para molestarme, pero ni eso, ni una sola llamada de nadie recibí, solo esto, el silencio”. Sobre la tierra seca se han colocado muchas lonas con fotos de los desaparecidos, con sus nombres y la fecha en que se les vio por última vez: Quirino, Juan, Víctor, Alejandro, Lidia… la lista es larga.

La comunidad del Maclovio Rojas crece con el estigma de haber sido fundada en 1988 por un grupo de 25 familias que se asentaron de manera irregular en estas tierras. Desde entonces, se ha sostenido una lucha por legitimar las necesidades de atención de un poblado que hoy en día cuenta con unos 12 mil habitantes. Por décadas han padecido la marginación mientras sus líderes sufren de la persecución sistemática de las autoridades. Los colonos de manera precaria han levantado sus viviendas, carentes de servicios básicos, en tanto ven cómo alrededor el gobierno invierte sus recursos en atender a las maquiladoras que llegan a instalarse buscando alcanzar los terrenos del Maclovio Rojas.

No es tampoco la primera vez que grupos de artistas acuden a realizar actividades, los habitantes del poblado se han organizado de manera autónoma y cuentan ya con alrededor de 40 programas comunitarios; han logrado levantar algunas escuelas para sus hijos, por su propio esfuerzo, pagando un alto costo como su libertad o su vida misma. Después de que se llevaron al Pozolero el predio se convirtió en un picadero, en un lugar oscuro y siniestro, en una afrenta para los residentes que no sabían lo que pasaba ahí. Al terminar el encuentro, un montón de niños rodean al pintor Libre Gutiérrez, un artista del grafiti que les enseñó a usar los aerosoles para transformar e iluminar su entorno, quizá sus vidas. Los chicos le hacen preguntas antes de que se vaya. Le escucho responder: “No, no es tan difícil ser arquitecto, sigan estudiando, si fuera difícil, no hubiera tantos arquitectos”. Yo me pregunté si eso sería posible para estos niños, y me fui pensativa, en silencio.